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Francesc Solana: El jugador que vivía en el mundo real
Se va un jugador honesto, sincero e involucrado, con carisma y liderazgo, con calidad y determinación. Francesc Solana cuelga las botas a sus 35 años y Quique Peinado profundiza en le peculiar figura del ya ex jugador catalán, el jugador que vivía en el mundo real, implicado al máximo con todo equipo en el que ha militado. “Nunca fui el más rápido ni el que más saltaba, pero siempre lo di todo. Me voy con la sensación de que la afición me respeta y me quiere. Espero haberles devuelto todo lo que ellos me han dado”, razona el sensato escolta, quién sólo dice un “hasta pronto” a un mundo del baloncesto del que no concibe desvincularse


Compromiso y carisma, dos virtudes que Solana ha hecho suyas a lo largo de toda su carrera

“Jugábamos en una cancha complicada y perdíamos al descanso. En el vestuario, agarré a un compañero mío por la solapa y lo estampé contra la pared. Le dije que o se ponía a jugar o íbamos a perder, que si no sabía lo mucho que nos estábamos jugando. Era uno de esos jugadores que no vive en el mundo real, gente a la que parece que le da igual todo. En la segunda parte metió 18 puntos y ganamos”. Contada de primera mano, la anécdota que relata Francesc Solana es aún más demoledora que cuando te la cuenta otro. En primer lugar, porque define a los dos protagonistas: un jugador comprometido con su equipo y su club frente a un compañero que va pisando de puntillas allá donde va, fuera de ese mundo real en el que siempre ha estado anclado Solana. Y en segundo lugar, porque engrandece la figura del jugador catalán, uno de los jugadores más comprometidos con la camiseta que ha defendido de toda la ACB. La retirada de Franky, como le apodó Javier Imbroda por sus dificultades para pronunciar Francesc, es la de un jugador del que no se conoce una dimensión humana y deportiva alejada de la figura del mercenario. Una parcela que suele pasar desapercibida para el gran público (entre tras cosas, porque historias como la suya no “venden”) y que sólo los que conocen de cerca al tío en cuestión saben valorar. Por eso, los clubes por los que ha pasado lo adoran. Hagan una encuesta en Fuenlabrada si no me creen.

Solana no estampó contra la pared del vestuario a su compañero por gusto. Ni siquiera por figurar delante de nadie. Lo hizo porque quería ganar, y porque ese año ganar partidos en el Baloncesto Fuenlabrada era vital. Se jugaban la vida. Y no sólo la suya. “Cuando descendimos yo lo sentía por los trabajadores del club, la gente de las oficinas, que se podía quedar sin trabajo. Cuando te das cuenta de que el puesto de trabajo de otra gente depende de que tú metas la pelotita, aprendes qué es lo verdaderamente importante de tu trabajo. Al final el club recortó gastos pero no despidió a nadie. De hecho, se habló de la posibilidad de que se marchara Tonino el utillero del Fuenlabrada y hubo cierta “presión popular” para que no se fuese. Para regresar a la ACB teníamos que estar todos juntos. Todos teníamos miedo sobre el futuro del club si no hubiéramos logrado ascender”, dice.

Aquel quinto partido frente al Ciudad de Huelva (semifinal de la LEB, 2004-2005) borró todos los sinsabores del descenso de la campaña anterior, sobre todo ese partido en el Raimundo Saporta contra el Real Madrid en el que los jugadores del “Fuenla” se dieron cuenta de que el Lucentum había ganado al Unicaja –y certificado su descenso- por las lágrimas de la afición en la grada. Esos días de descenso y ascenso marcaron para siempre su carrera y quizá su carácter. Su identificación con el Alta Gestión Fuenlabrada y con su afición creció hasta dar la impresión de ser el jugador de toda la ACB más implicado con sus colores, a pesar de haber nacido y haberse criado a muchos kilómetros de Madrid. Esas canastas dedicadas a la grada, esos gestos de rabia agarrando la camiseta, esas ovaciones al público al acabar cada partido. Todo parecía real, porque lo era. “Todas las cosas que han pasado en el club me han llegado en una edad en la que te das cuenta de la dimensión de todo lo que pasa. Fue un paso de madurez para el Fuenla y para mí. Me siento muy cercano a la afición y valoro cuando 200 personas se pegan la paliza de irnos a ver a Valladolid o a Murcia. Los jugadores hemos hablado mucho con los aficionados y nos hemos dado cuenta de quiénes son ellos, y ellos de quiénes somos nosotros. Fuenlabrada va a ser para mí algo especial siempre”, relata el ya ex jugador. Por eso, su último partido en casa se cerró con un bonito discurso a esa gente de la grada a la que aprecia sinceramente. Por eso, ese “Os quiero mucho” que les dijo sonó tan de verdad. Por eso, ya retirado, reconoce que “hay muchos jugadores que no viven en el mundo real. Quizá porque no lo ven, o porque no lo quieren ver. Y posiblemente porque nadie les cuenta cómo es el mundo real”.

Una decisión honesta
“Simplemente, ya no podía hacer lo que Luis Casimiro me pedía. Por eso decidí retirarme”. Habiendo completado una temporada irregular pero bastante buena en lo individual, y con el cupo de nacionales asegurándole un buen contrato en la ACB, Francesc Solana decidió dejar el baloncesto al acabar la presente temporada. “La verdad es que había días que iba a entrenar y no podía con las medias. Los lunes y los martes se me hacían muy cuesta arriba. Yo le dije a Luis hace tiempo que ya no podía tirar del carro en los entrenamientos, hacer lo que me pedía. Él me dio la razón. Me retiro por honestidad conmigo mismo”. ¿Y esconderse? ¿Y poner excusas? ¿Y alargar la carrera pegando algún “atraco” en otro equipo? Habría muchos ejemplos de jugadores que lo han hecho. Todos los que le conocen saben que nunca iba a ser su caso.


Francesc Solana en su rueda de prensa de despedida (Foto Fran Martínez)

Ahora el futuro es otro. “Me reintegro en el mundo real”, dice, como si alguna vez se hubiera apartado de él, aunque teme más por la “reinserción” de su familia: “Dejo una forma de vivir en la que he llevado a mi familia conmigo. Cuando eres jugador profesional metes en ese mundo a los tuyos. Les obligas a llevar una vida de la que les sacas cuando lo dejas”, dice. Sin embargo, aunque ahora llega el momento de buscarle las cosas positivas (“tendré más vacaciones, podré estar más con mi familia”), también llega el momento de plantearse un futuro que abarcará muchos años, los que le quedan de vida laboral. “Es difícil que haga algo fuera del baloncesto. No me veo trabajando en otra cosa. Todo mi círculo de gente pertenece a este mundo”, señala. Se va a vivir a Andorra, de donde es su mujer, el lugar en el que ha pasado muchas vacaciones. Planea fundar un club que empiece a competir desde abajo y llegue a divisiones superiores. También tiene la posibilidad de empezar como representante de jugadores. Lo que es casi seguro de momento es que será comentarista de los partidos del Alta Gestión Fuenlabrada en Globo FM, una emisora local de la ciudad del sur de la Comunidad de Madrid.

Una marca desgraciada
“Sí que tengo la espina de la selección clavada, claro que sí. Es uno de los pocos peros que le pongo a mi carrera”, dice Solana. Llama la atención que un jugador de carrera tan sólida en la ACB jamás haya tenido una llamada de la Federación para ir al combinado nacional. “Ha habido otros jugadores de mi nivel que sí han ido, pero supongo que a mí el no estar en equipos grandes me ha perjudicado”, reconoce. Tampoco Solana tuvo la atención mediática de otros de sus coetáneos ni ha salido jamás a “rajar” sobre su sistemático ninguneo en el equipo nacional. Le pongo como ejemplo a Raúl Pérez, Roger Esteller u Óscar Yebra, jugadores de su nivel y en su posición que han tenido la oportunidad de jugar con España. “Son buenos ejemplos. Yo he estado a su nivel en determinados momentos y no he podido ir. A mi generación la marcó Alberto Herreros, nuestro buque insignia, que era un fijo en la selección. Era una plaza indiscutible”, señala.

La realidad es que su retirada le hace entrar en un curioso club: el de los jugadores que habiendo jugado un gran número de veces en la ACB, jamás fueron internacionales. Él sería el cuarto de este peculiar ranking con sus 466 encuentros en la máxima competición nacional, por detrás de Carlos Montes (605), Salva Díez (519) y Pedro Rodríguez (495). Todos ellos se hartaron de jugar en ACB pero jamás vistieron la camiseta roja del equipo nacional.

En cualquier caso, haya recibido el reconocimiento deportivo que haya recibido, la realidad es que Solana se marcha habiendo marcado humanamente a todos aquellos con los que ha contactado. Poca gente puede hablar mal de un tío que vivió con los pies en el suelo y se negó a pasar por el baloncesto como un profesional que no sentía cosas muy especiales cuando se ponía una camiseta. Por eso, sería presuntuoso para cualquier contador de historias intentar acabar el relato de ésta con otras palabras que no sean con las que Solana resume su carrera: “Nunca fui el más rápido ni el que más saltaba, pero siempre lo di todo. Me voy con la sensación de que la afición me respeta y me quiere. Espero haberles devuelto todo lo que ellos me han dado”.

Quique Peinado
Periodista de laSexta

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