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Los últimos días de Rodman (I)
Pocos personajes como Dennis Rodman han despertado tanta admiración por su talento como suspicacias por su temperamento. Junto a Gonzalo Vázquez repasamos al detalle los últimos momentos de la carrera del "Gusano", todo un fenómeno dentro y fuera de la cancha

  • Los últimos días de Rodman (II)

  • Los últimos días de Rodman (III)



  • Dennis Rodman necesitaba la atención mediática como una droga

    “Ha aceptado”. Chasman hablaba aprisa pero despreocupadamente. Casi se podía intuir su sonrisa al otro lado del teléfono. “No tendrás que entrenar con el equipo ni llegar a los partidos a la misma hora que ellos, ¿me oyes? ¡Y menudo alojamiento! Cuatro mil metros cuadrados... Es una casa magnífica, propiedad suya, todo lujo, ya sabes, un buen lugar para una fiesta... Ah, y añade también otro regalo de su parte: una bicicleta estática –ahora directamente reía–. Te gustará. Tanto como a él que la montes...”.
    -¿Por cuánto al final?
    -Pues... lo acordado. Me salen unos 470 hasta final de temporada. Es un principio, Dennis. El tipo quiere que te retires aquí. En fin, ¿qué dices a eso?
    -...
    -¿Dennis?
    -Ok, firmemos.


    Y firmaron.

    Así el jueves 3 de febrero de 2000 los Mavericks se hacían con los servicios del agente libre Dennis Rodman para reforzar la plantilla texana hasta final de temporada. Hacía una semana que el equipo había perdido por lesión a Gary Trent, pero por los términos del acuerdo y los enormes privilegios de que al parecer Rodman gozaría, daba la impresión de que los motivos del fichaje excedían lo propiamente técnico. Aquellas condiciones abiertamente discriminatorias para el resto de la plantilla insinuaban que una de las partes codiciaba a Rodman en mucho mayor grado que a la inversa. “¿Cómo puedes dispensar normas especiales para uno de tus jugadores –se preguntaba el técnico de los Hornets, Paul Silas– y esperar que los demás te respeten? Es algo muy difícil de asumir para un entrenador”. En nombre del veterano Don Nelson, su amigo y colega en los Mavs, Silas ponía voz a la sorda indignación que dominaba al cuerpo de entrenadores de la liga. “No imagino a Pat Riley conviviendo con algo así –añadía el propietario de los Heat, Micky Arison–. Pero seguro que atraerá mucho interés a los Mavericks”. El matiz de Arison estaba haciendo diana.

    Exactamente un mes antes del acuerdo el joven Mark Cuban se hacía con el mayor paquete accionarial de la franquicia texana de manos de Ross Perot Jr. El nuevo propietario, de carácter audaz y populista, llegaba a Dallas con la intención de resucitar una entidad deficitaria que no olía los playoffs desde hacía una década. Cuban aspiraba a hacer del equipo un auténtico símbolo de la ciudad en torno a un nuevo pabellón que remontara los ardores perdidos del Reunion Arena. Urgía devolver la ilusión al público texano y hacer de los aficionados auténticos “Mavericks ManiAACs” (American Airlines Center), como aquellos que en el ecuador de los ochenta compraban balones para abrirlos como naranjas y colocárselos de sombrero para animar en la grada. Rodman era, pues, un vehículo de ocasión, el morboso reclamo ideal a los ojos de Cuban, a quien no parecía pesar demasiado lo ocurrido un año antes en Los Ángeles.

    Los meses que siguieron al final de la temporada de 1998 fueron muy intensos para Dennis Rodman. Chicago había salido campeón por tercer año consecutivo y Rodman conquistaba su quinto anillo. No se podía salir de una fiesta desde un punto más alto y con tanto tiempo por delante. Después de doce años consagrado a los rigores del profesionalismo el verano del 98 duró cerca de siete meses. Una huelga sin precedente en la liga iba a alargar las vacaciones más allá de lo razonable. Tiempo suficiente para que Rodman descubriera la cantidad de cosas que el mundo y su inmenso caudal de dinero abiertamente le ofrecían. No es que Rodman descubriera el mundo. Es que tuvo más tiempo que nunca para seguir descubriendo el suyo y alejarse más que de costumbre del que hasta entonces había conocido como deportista. Debido al “No play, no pay” había que hacer caja de algún otro modo y para él fueron meses de televisión y cine, de wrestling y gimnasio, pero también de fiestas, mujeres y alcohol. Y entretanto más fiestas, más mujeres y más alcohol. Y como testigo principal, Las Vegas. Para cuando le recordaron que tal vez era todavía jugador de Baloncesto, Rodman no pertenecía ya a la disciplina de Chicago Bulls.

    En realidad Dennis Rodman no pertenecía ya a nada ni nadie.

    Para finales de enero, a las puertas de aquella extraña temporada, toda la fortaleza roja había desaparecido. Los Bulls dejaron ir a Jackson y Jordan y traspasaron a Pippen, el único en dar en el clavo en la multitudinaria fiesta de Grant Park: “Thank you for our last dance”. No hicieron nada por retener a Rodman y éste tampoco hizo nada por seguir. “Menuda broma”, fueron sus últimas palabras aún dentro de la órbita de Illinois cuando fue informado de que el entrenador del equipo iba a ser un tal Tim Floyd.

    Pero en aquel primer mes del 99 había mercado y Rodman aparecía en la agenda de varios equipos. Principalmente tres: Miami, Orlando y Los Angeles Lakers. La franquicia californiana inició los contactos con el jugador semanas antes de iniciarse el curso. Pero Rodman daba continuas largas. Ni siquiera atendía el teléfono. Chasman lo hacía en su nombre. “Tomo nota”. Su representado no estaba disponible “por motivos personales”. Con todo, los Lakers no desfallecían, lo que alentaba al jugador a retrasar la respuesta.

    El 20 de febrero, dos semanas después de arrancar la temporada más corta de la historia, uno de los accionistas del equipo angelino, Magic Johnson, receló públicamente del posible fichaje de Rodman porque según él estaba utilizando a los Lakers como rehenes para que más equipos se sumaran a la puja elevando así su cotización. Entretanto Rodman declaraba a la ESPN que aún no tenía decidido en qué equipo recalar y que estaba empleando aquel tiempo precioso en sondear todas las opciones para decantarse por la más apetecible. Enseguida Jerry West, presidente de operaciones del equipo, se sumó al recelo de Johnson. Con Del Harris concentrado en enmendar el mal inicio de campaña y Kupchak callado, todo parecía apuntar una vez más al capricho de Jerry Buss.

    Tan sólo dos días después una repentina rueda de prensa en el Planet Hollywood de Beverly Hills ponía fin a las especulaciones. Acompañaban a un estrafalario Rodman su hermana Debra, su agente, Steve Chasman, y su esposa, Carmen Electra, por cuya presencia fue casi imposible fotografiar a Rodman a solas. Durante la cita no se separó de su lado y no hubo momento libre de arrumacos y aparentes muestras de consolación. Una vehemencia que contrastaba con la intensa pero discreta relación que el susodicho mantuvo con Madonna durante su periplo en San Antonio y de cuyos ardores sexuales se daría explícita cuenta con la aparición en 1997 de la primera biografía de Rodman, publicitada por él mismo envuelto en un flamante vestido de novia, cuando el transformismo formaba ya parte de sus recurrentes pasiones junto a sus cada vez más irreprimibles impulsos nudistas. Impulsos que no eran un detalle menor. Para cuando en Orlando se dirigió al banquillo –lugar que según decía le incitaba a la masturbación– con las manos bajo el calzón agarrando sus genitales, nadie en la liga dudaba que Rodman cumpliría su expreso deseo de quedar desnudo en plena pista en el último partido de su carrera. No habría mejor despedida ni más visible revancha hacia Stern y sus muchachos.

    Rodman y Electra se habían conocido un febrero del 98 en un nightclub angelino llamado Billboard. Una relación que ocupó un prudente segundo plano mientras Chicago llevaba camino de su tercer anillo. En agosto fallecía la hermana de Carmen y diez días después lo hacía su padre. “Dennis me envió flores como para llenar por completo mi apartamento –declaraba ella a la revista People–. Nadie había hecho eso por mí jamás. Veo cuánto de bueno encierra su interior y por eso me enamoré de él”. El 14 de noviembre el Little Chapel of Flowers de Las Vegas era testigo de la repentina boda entre ambos, un matrimonio del que Rodman reclamó la nulidad a los nueve días. Su abogado, Gerald Phillips, pretendía eludir lo ilegal de aquella solicitud amenazando con emplear a buen número de testigos que aseguraban que en el momento del “Sí, quiero” Rodman estaba completamente borracho. A las pocas semanas de casados Electra descubría a su marido con dos mujeres en la habitación de un hotel. Despechada la actriz decidió pasar unos días en otro hotel con el recién excarcelado Tommy Lee, todavía marido de Pamela Anderson y batería de Motley Crue. Las siguientes semanas Lee redobló su cuerpo de seguridad como anticipando lo que iba a ocurrir. Rodman hizo acto de presencia en un concierto del grupo y los guardaespaldas evitaron que su furia cayera sobre el músico, de la misma manera que los de Rodman se habían echado encima del padre del jugador, un veterano del Vietnam a quien se atribuía una descendencia próxima a la treintena de hijos de diferentes madres, a la menor ocasión que tuvo de acercarse a su hijo Dennis. Hasta la nochevieja, que los cónyuges pasaron juntos y tras la que el jugador manifestó a través de su hermana su intención de revocar la petición de nulidad –“La amo a muerte”–, el affaire con Electra marcaría poderosamente la vida del jugador.


    Dennis Rodman, junto a su esposa, Carmen Electra, en la rueda de prensa en la que anunció su fichaje por los Lakers

    A la rueda de prensa en Planet Hollywood no asistió ningún miembro de la entidad angelina. Ataviado con gafas de sol y gorro rasta de terciopelo, collares y un enjambre de bisutería, Rodman se despachó a gusto. Aclaró que había hablado varias veces con Jerry Buss, a quien reclamaba un contrato por dos o tres años. Y subrayó que estaba deseando jugar junto a Shaquille. Las refriegas pasadas con Rodman aún de rojo quedaban lejos, pero no tanto los desprecios públicos que ambos se habían dedicado tiempo atrás, cuando Shaq tildó de holgazán al autor de la frase “Practice is overrated”. Ahora el pívot parecía pensar diferente: “Necesito un matón en mi vida”. Rodman añadió que los Lakers no eran candidatos al anillo pero que con él podrían serlo. Cuando fue preguntado por qué no se había decidido antes rompió a llorar ante el asombro de los presentes. Entre balbuceos y sollozos –“Haga lo que haga por esta liga...”– Rodman se veía como la víctima propiciatoria –“...nunca voy a ganar” (soy y seré culpable)– de una NBA que, a su juicio, le seguía contemplando como la oveja negra. El silencio invadió la sala y Electra redobló sus achuchones.

    Si algo llevaba tiempo dejando claro Dennis Rodman era la constante necesidad de atención y lo que en su extraño fuero interno entendía por cariño. Una adicta búsqueda de la comprensión que al parecer seguía sin encontrar. Desde su adiós a Detroit la personalidad pública de Dennis Rodman podía dibujarse como una curva ascendente hacia la excentricidad, un desaforado exhibicionismo y un incontable desfile de actos políticamente incorrectos. La atención era su alimento. Dentro y fuera de la pista Rodman figuraba una incesante tragicomedia que llevaba tiempo siendo pasto fácil de las crónicas de sociedad. A nadie pareció causar mayor daño que a él la inevitable ruptura de la familia –“I felt like my life was being taken apart right with it”– que pasaría a ser eternamente conocida como Bad Boys.

    En la madrugada del 13 de abril de 1993 la vida de Dennis Rodman, el chico negro de un suburbio de Dallas abandonado por su padre a los tres años de venir al mundo, tocó fondo en el parking del mismísimo Palace que tanta gloria le había proporcionado. Aquella noche la oscura soledad del entorno remontaba al cementerio donde tuvo que hacer las de barrendero por unos dólares que poder llevar a madre, vendida hasta en tres empleos distintos que no libraron al hijo de los calabozos por robar un maldito par de relojes. “I sat in the cab of my pickup truck with a rifle in my lap, deciding whether to kill myself”. Rodman tuvo suerte. El sueño, un sueño artificial y poderoso, pudo con él antes del amanecer. Al despertar fue muy consciente de lo que había estado a punto de hacer, de que unos minutos de Pearl Jam le llenaban nuevamente de vida y de que tomaría ésta en adelante como la carretera que ahora devoraba a terribles acelerones.

    Superada aquella crisis suicida, “El Gusano”, así llamado por el modo en que se retorcía cuando de chaval mataba unos centavos en las máquinas de pinball, buscó en San Antonio su resurrección y así lo hizo saber al mundo irrumpiendo en la escena NBA con una ardiente mohicana rubia tributo de una de aquellas cintas de acción –Demolition Man–, que desde niño tanto había soñado con protagonizar. Rodman tiró a la basura todos sus relojes y en adelante el tiempo, a excepción del día y la noche, dejaría de tener sentido para él. “He hated to have a clock –escribía Charley Rosen– determine his whereabouts”. Dos años después había dejado su valiosa impronta en el equipo de Texas. Pero también episodios que durante seis años el padre Chuck Daly había conseguido reprimir en Detroit.

    Tras presentarse tarde a un partido decisivo en Houston, cuando Rodman acumulaba ya 28 técnicas y 5 expulsiones y llevaba camino de batir todos los registros de hostilidad arbitral, John Lucas respondió dejándole fuera de juego porque sabía que nada podía causarle más daño. Así el lento paso de los minutos obró en Rodman la secuencia esperada de inquietud, ira y finalmente resignación. En la esquina del campo Rodman tomó una toalla y un rotulador y mostró a las cámaras un simpático: “I’m sorry. Can I play?”. Por las manos de Lucas habían pasado figuras arrepentidas de su pasado. Pero con Rodman había un problema: no percibía signos de conducta que corregir. Ni siquiera perderse 14 partidos por un hombro dislocado debido a un accidente de moto le resultaba, contra la opinión de la directiva, un acto de riesgo sino una contingencia cualquiera de un hombre libre.

    Al año siguiente nada en la brillante marcha del equipo hacía indicar que episodios tales como arrojar una bolsa de hielo sobre Bob Hill o quitarse las zapatillas en pleno banquillo en señal de protesta por el cambio, tuvieran alguna lógica. Sin embargo nada de aquello contaría demasiado de no haber sido que Robinson, el comedido almirante de la marina de los Estados Unidos, no quería punks a su lado. Y Rodman emigró a Chicago y, esta vez sí, regresó al Olimpo que tanto añoraba.

    Sus gestas en aquel trienio van indisolublemente ligadas a las de un equipo que parecía escapar al siglo XX. Junto a un Jordan al que tanto había contribuido a golpear y sobre el que ahora reconocía su más profunda admiración, Rodman contempló a Phil Jackson como el segundo padre de su carrera tras el viejo Chuck Daly. Y Jackson a él como un niño travieso a quien hacer sentir útil, importante y valioso, bastaba para que no rompiera los juguetes aun sabiendo que para entonces el juguete era él. Pero Jackson no era su único dueño. Al poco de la patada al cámara en el Target Center de Minnesota, un acto de peor calado público que el cabezazo al árbitro Ted Bernhardt que le valió seis partidos de suspensión, la firma Nike rescindió su contrato de tres años y millón y medio de dólares. El cofundador de la marca, Phillip H. Knight, esgrimía un escueto argumento: “Está loco”. En plenas Finales del 98, al término del tercer partido, Rodman voló a Detroit para subirse al cuadrilátero junto a Hulk Hogan. No faltó al cuarto pero sí lo hizo con el entrenamiento intermedio, lo que le valió una doble sanción del equipo y la liga. Aquella misma jornada Rodman recibía la segunda demanda por acoso sexual en menos de tres meses. Las dos tenían como origen sendas fiestas en Las Vegas.

    La trilogía cubrió todo mal.

    Gonzalo Vázquez
    @GVazquezNY

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