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Los últimos días de Rodman (II)
Dennis Rodman tensó la cuerda hasta el máximo en el seno de Los Angeles Lakers. Enfrentado a entrenador y compañeros, nadie parecía poder aguantar su excéntrica personalidad. En esta segunda entrega, Gonzalo Vázquez explica el periplo angelino de "El gusano"

  • Los últimos días de Rodman (I)



  • Dennis Rodman generó muchísima polémica en su paso por los Lakers

    Así el día 23 de febrero de 1999 Rodman firmaba por un año con Los Angeles Lakers. Su portavoz, John Black, aclaró las condiciones. Pagarían al jugador el mínimo para un veterano: un millón fraccionado en la parte proporcional restante de la temporada menos los partidos que ya se había perdido. Todo quedó en poco menos de medio millón de dólares que sumar a unos Lakers que ya estaban por encima del tope. Rodman, próximo a los 38 años, escogió el dorsal 73 en tributo a sus siete títulos consecutivos como máximo reboteador y a sus tres anillos con Chicago. Aquel mismo martes los Lakers caían en Vancouver y sumaban su tercera derrota consecutiva en tres días. Las 6 victorias y 6 derrotas despertaron un mar de dudas en un equipo, vigente subcampeón del Oeste, que presuntamente aspiraba a todo en torno a Shaquille O’Neal, Eddie Jones y Kobe Bryant.

    Ni 24 horas después de la firma Rodman ya pedía una exención del entrenamiento y jornada libre para poder acompañar a su esposa a la ceremonia de los Grammy. La petición fue concedida.

    Pero aquel miércoles Del Harris era despedido. La prensa angelina llevaba tiempo cargando tintas contra un entrenador al que consideraba excesivamente blando con los jugadores, uno de los cuales, Nick Van Exel, traspasado a Denver en verano, le había acusado directamente de ser el “cáncer del equipo”. Harris cursaba su quinto año en Los Angeles y según declaró en su despedida, era aquella temporada en la que tenía puestas todas sus esperanzas para poder dedicársela a sus padres, recientemente fallecidos. Un mensaje que parecía viajar directo a la conciencia de Jerry West cuando precisamente había sido West quien evitó su despido el año anterior.

    La victoria contra los Clippers rompía la mala racha pero Rodman aún no había visto su estreno. Ahora le reclamaba el rodaje de la película Simon Sez cuyo título al castellano encerraba cierta ironía: Rescate Explosivo. Aquel mismo día Mitch Kupchak hacía público que Kurt Rambis ocuparía el cargo de Harris hasta final de temporada, horas antes de que Buss cortejara a Phil Jackson ante una prensa doblemente contrariada por que Jerry West hubiese pedido la jornada libre.

    Rodman anduvo cerca de faltar a su primera cita. El tráfico retrasó su llegada al entrenamiento en Southwest College en más de hora y media. Pero no lo hizo el viernes 26, día en que también los Clippers eran el rival y Rodman, esta vez sí, pudo debutar. Se había teñido el pelo de negro, púrpura y oro. Jugó 26 minutos y nada hacía pensar que hubiera estado fuera tanto tiempo. Se fue sin anotar, pero capturó 11 rebotes y repartió 6 asistencias. Elevó considerablemente la temperatura defensiva del equipo y se marchó al banquillo bajo la atronadora ovación del viejo Forum, cuyas operadoras llevaban toda la jornada repitiendo: “I’m sorry, tonight’s game is sold out”. En una sola noche Rodman parecía haber nacido para formar parte de los Lakers. Kupchak se mostraba prudente: “Estamos jugando a los dados”. Shaquille no: “Llevaba mucho tiempo esperando esto”.

    El partido ante Houston fue una fiesta. Segunda victoria consecutiva y un auténtico all star en el pabellón (Shaq, Kobe, Rodman, Pippen, Barkley, Olajuwon), al que se sumaría un espectador de lujo, Michael Jordan. Los Lakers también ganaron en Phoenix. Rodman anotó 7 puntos en la segunda mitad y añadió 16 rebotes. 3-0 con Rodman, 4-0 sin Harris.

    Tras otras tres victorias, dos sobre Phoenix y una sobre Seattle –cita en la que Rambis había preguntado a Rodman cuántos minutos deseaba jugar– los Lakers prosiguieron su marcha triunfal con una importante cita en Utah, equipo que les había barrido en las últimas WCF. Era la séptima victoria consecutiva. Rodman no sólo aparecía plenamente integrado, sino que era difícil no señalarle como el auténtico revulsivo amarillo. Así Sports Illustrated le dedicaba una espectacular portada como hecha a su medida: “RODMAN TO THE RESCUE: Dennis the Menace brings discipline, maturity and stability to the Lakers. Say what?” Contra la ironía del subtítulo y la crítica biempensante el veterano Derek Harper declaraba con contundencia: “Face it, a lot of people wish they had the cojones to do and say what he does”. En igual sentido Richard Hoffer definía a Rodman como alguien “who discovered how much fun it is to irritate all of us decent folk”. Con mayor o menor descaro, Rodman acostumbraba a llegar tarde a los entrenamientos y tras las primeras sesiones, en las que comprobó el enorme recelo de sus pares a marcarle con contundencia debido a los piercings y pendientes, pasó a dejar éstos a buen recaudo antes de saltar de corto. Rodman no compartía vestuario con el resto. Los Lakers le habían habilitado una salita adyacente donde poder ritualizar a gusto sus interminables mudanzas de atuendo, de las que eran testigos los mismos dos guardaespaldas ex policías de sus años en Chicago. También a petición suya le fue concedida una bicicleta estática donde poder calentar antes de ingresar a pista.

    Era difícil oponer resistencia a sus extravagancias cuando los resultados fueron desde el primer momento tan favorables.

    Kupchak y West aprovecharon el momento como apuesta y el 10 de marzo enviaron a Eddie Jones y Elden Campbell a Charlotte a cambio de Glen Rice (más B.J. Armstrong y J.R. Reid), un Rice tocado de su codo derecho desde el 4 de febrero. Aquel día 10 los Clippers volvían a caer a manos de los Lakers antes de que los Warriors añadieran una victoria más en el casillero amarillo: la décima consecutiva. Desde que Buddy Jeannette sumara nueve seguidas con Baltimore en 1947 ningún técnico hasta Rambis se había estrenado con igual éxito. Todo marchaba pues sobre ruedas.

    Pero aquel mismo día Rodman solicitaba inesperadamente un segundo permiso “to resolve personal issues”. Los Lakers accedieron a la petición siempre y cuando el jugador regresara al grupo para la importante gira de seis partidos fuera de casa que arrancaba en Sacramento el domingo día 14. Lejos de cumplir el requisito Rodman no se presentó al entrenamiento de la víspera y no tomó el avión con destino a la capital de California, donde los Lakers caerían derrotados poniendo así fin a la racha. El jugador tampoco dio señales de vida al día siguiente y no se presentó al partido en Minnesota. Tampoco lo hizo en Cleveland dos días después –lo que le ocasionó su primera sanción como amarillo– ni en Philaldelphia a la jornada siguiente, ambos duelos saldados con derrota.

    Cuando en las oficinas angelinas empezaban a temer lo peor, Rodman apareció. Lo hizo en Orlando el domingo 21, ocho días después de pedir permiso. La presión de la prensa movió al jugador a aclarar públicamente que aquella misteriosa espantada no guardaba relación ni con el alcohol ni con las apuestas ni con problemas conyugales. Rodman no contó con la posterior declaración de testigos que aseguraban haberle visto apostar en Las Vegas. Con su regreso en Orlando el equipo volvía a ganar. Y también lo haría en Dallas, donde Rodman pareció sentirse especialmente cómodo capturando 17 rebotes y recibiendo una de esas técnicas sin las cuales no dormiría tranquilo. Ken Mauer le concedió ese favor por lanzar un beso al banquillo texano tras anotar un tiro libre. Los datos favorecían abrumadoramente al díscolo alero. Con él de corto el registro del equipo presentaba un 11-0.

    Era cuestión de tiempo que llegara alguna derrota. De vuelta a Los Angeles el equipo caía derrotado en casa ante Phoenix antes de volver a hacerlo ante Sacramento. En este último partido Rambis concedió a Rodman por primera vez la titularidad junto a Harper, Bryant, Rice y O’Neal. A tres minutos del final del tercer cuarto Rambis decidía sentarle. Entrado el último periodo Rodman seguía en el banquillo, algo que en su fuero interno percibió como afrenta. Minutos después el técnico reclamó su presencia obteniendo una negativa por respuesta. “Tengo agujetas, ¿sabes? Es algo que me pasa cuando estoy sin jugar mucho tiempo”. Los Lakers perdieron aquel partido por 109 a 111. Después de salir de titular Rodman había estado en el banquillo los últimos 15 minutos y 42 segundos. Al término el jugador se valió de los micrófonos para lanzar un dardo a su entrenador: “Es algo ridículo. No estoy acostumbrado a algo así”.

    El entrenamiento del sábado tenía una doble relevancia: había que remontar el ánimo tras las dos derrotas y era víspera de un partido ante los Knicks. Rodman volvió a llegar tarde a la sesión. Hora y media esta vez. Rambis prefirió no hacer sangre pero Rodman aún tuvo voluntad de llevarle a un aparte y confesar que, en efecto, tenía agujetas por haber estado tanto tiempo sentado en el banquillo. Rambis ni aludió a la bicicleta. El partido ante los Knicks iba a ser emitido a nivel nacional. Era una de esas noches que Rodman tanto adoraba y por la que podía resarcirse ante su público.


    La piel tatuada de Dennis Rodman, un rasgo más de su personalidad

    El choque resultó una batalla que pareciera soñada por el gusano, principal protagonista del desquiciamiento neoyorquino que dio con dos expulsados (Thomas y Dudley) y un eliminado (Ewing). Dudley fue sancionado con 2500 dólares por arrojar el balón a Shaq. Pero la peor parte se la llevó Kurt Thomas, multado con el doble por emprenderla al final del tercer cuarto con un Rodman que como de costumbre había logrado sacar a su par de sus casillas. Thomas fue expulsado tras arrojar al suelo al gusano después de una fuerte enganchada en la pintura. Rodman anotó 7 puntos (cinco de ellos desde el tiro libre), capturó 12 rebotes y levantó al público del asiento con un soberbio tapón a un mate de Ewing. En el descanso un chico ganó un sorteo patrocinado por Gatorade. Chick Hearn, la voz amarilla, fue el encargado de hacerle entrega del premio –un contrato por un día con los Lakers– y aprovechó la megafonía para aconsejar al chaval, en clara alusión a Rodman, que nunca llegara tarde ni a los entrenamientos ni a los partidos. Los Knicks salieron derrotados (99-91) y la prensa neoyorquina enfurecida. Mike Wise se refirió a Rodman como un “bufón de 37 años que necesita a la NBA más de lo que la NBA le necesita a él”.

    Tras Nueva York el equipo reemprendió otra buena racha con victorias sobre Vancouver, Phoenix y Denver y con una derrota intermedia ante Golden State. Rodman acumuló 62 rebotes aquella semana. Pero el choque del 6 de abril ante los vigentes subcampeones, los Jazz, abriría una herida de difícil cura. Los Lakers llevaron el partido al terreno que tan buen resultado les había dado ante los Knicks. Los codos volaron en la segunda mitad y en el tercer cuarto Sloan fue expulsado. Rodman tuvo su técnica; como Shaq por golpear a Todd Fuller. En los últimos siete minutos los angelinos encajaron un 23-12 que a la postre resultó definitivo. Rodman se mostró extrañamente distante aquella noche. El partido se disputó horas después de la petición expresa de divorcio por parte de su esposa. El matrimonio con Electra había durado menos de cinco meses.

    La victoria en Sacramento del día siguiente actuó de bálsamo como podía haberlo hecho la posterior ante Minnesota de no haberse negado Rodman a ingresar en pista en el último cuarto alegando nuevamente agujetas. Al día siguiente Rodman llegaba cerca de una hora tarde al entrenamiento, una sesión que no sirvió para evitar la derrota en casa ante los Sonics. Algo estaba a punto de romperse.

    El 13 de abril los Lakers se medían al otro rey del Oeste, Portland. Un choque de trenes que resultó un fiasco (113-86). Los Blazers dominaron a placer a un equipo quebrado que recibió las mismas acusaciones que antes de la llegada de Rodman: “lack of hustle, discipline and heart”. Rasheed Wallace declaró que los suyos tan sólo habían aprovechado la renuncia de los Lakers a correr. Rodman había quedado fuera de juego a falta de dos y medio para el descanso y durante toda la segunda mitad. “Me duele el codo izquierdo”, fue el mensaje lanzado a Kurt Rambis, testigo y depositario de la cuarta negativa de Rodman a salir a pista desde su llegada al equipo. La política interna angelina establecía que si un jugador aducía algún tipo de lesión debía llegar una hora antes a la siguiente sesión de entrenamiento para ponerse en manos del equipo médico. Rodman no lo hizo. Bien al contrario asomaba el mediodía de aquella jornada de jueves cuando Rambis fue advertido de que alguien acababa de llegar al pabellón.

    Todos llevaban un buen rato sudando cuando vieron a su entrenador con semblante muy serio camino de vestuarios, donde Rodman parecía enfrascado en sus cosas.

    -¿Se puede saber qué haces?
    -No sé dónde he dejado mis zapatillas... Y tampoco encuentro mis medias, joder...
    -Dennis... el entrenamiento empezaba a las 11...


    Pero Dennis no parecía oírle. Ni miraba a su interlocutor. Desorientado, hurgaba en su mochila como buscando algo.

    -Dennis –era ahora o nunca–, mira déjalo, de verdad, déjalo. Recoge tus cosas y...
    -Ehhh, tranquilo. Enseguida estoy listo...
    -No, Dennis. ¡Márchate a casa! ¡Esto se ha acabado! ¿¡Me oyes!? ¡Acabado!


    Rambis dio media vuelta y salió de allí. El entrenamiento prosiguió como si nada hubiera ocurrido.

    Al día siguiente, viernes, Jerry West salía a la palestra con un discurso propio de un vicepresidente. “Obviamente esto no ha salido como esperábamos. Queremos agradecer a Dennis su contribución al equipo y desearle la mejor suerte para el futuro”. Era víspera de un viaje a Utah, donde los Lakers cayeron con facilidad a manos de unos Jazz en los que Malone, Foster, Ostertagg y Bailey se encontraron particularmente cómodos en la pintura, al modo en que Duncan, Robinson y Rose lo harían un mes después barriendo a los Lakers (4-0) en las semifinales del Oeste poniendo fin a la temporada.

    Rodman desapareció. Y a pesar de que no podía legalmente formar plantilla con ningún otro equipo se postularon diversos destinos, como Seattle, un posible regreso a Detroit o un hueco en los durísimos Heat. Tampoco Rodman ayudaba demasiado. “Not even Riley can control my demons”.

    El paso de Dennis Rodman por Los Angeles Lakers (23 partidos / 54 días) ofreció una doble lectura. Deportivamente era el mismo de siempre; profesionalmente, un monstruo incorregible de condición uncoachable. Debido a aquella profunda disparidad Rodman perdió la inmejorable oportunidad de colocarse otros tres anillos más en un tercer equipo. Una ligerísima paz técnica habría liquidado de este what if la condición de what if. Al equipo llegó Phil Jackson (que en julio declaró su interés en rescatar al jugador) y difícilmente Rodman podría haber evitado sumar en aquel conjunto dominante que abrió el siglo con tres títulos consecutivos.

    Hasta final de año sólo los abismos de la prensa supieron de él. En noviembre fue arrestado en compañía de Carmen Electra por una fuerte disputa en el Bentley Hotel de South Beach, en Miami. El relato de lo ocurrido en la habitación 401 parecía extraído de una pesadilla adolescente. Después de alternar hasta las 4:30 por la noche de Miami, la pareja de ex regresó al hotel. Se acostaron. Pusieron la TV y eligieron la musical MTV. Al poco aparecía un video clip de Limp Bizkit, con cuyo vocalista, Fred Durst, se había relacionado tiempo atrás a Carmen Electra. Rodman montó en cólera. La emprendió a golpes con ella al grito de "¡Puta, vete a la mierda y márchate con él!”. Contusionada, ella salió huyendo a las escaleras antes de que la policía se llevara a ambos a comisaría.

    La denuncia relataba exactamente estos hechos, contra los que Rodman daría tiempo después otra versión. Al parecer dormía plácidamente cuando ella intentó introducirle por el ano un macarrón de considerables proporciones, lo que enfureció a Dennis hasta perder el control. Aquel incidente no parecía el mejor reclamo para un posible regreso. Pero Cuban creyó ser más listo que nadie.

    (Sigue en la próxima entrega)

    Gonzalo Vázquez
    @GVazquezNY

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