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Pete Newell: Descubriendo al gurú (I)
Para algunos, la persona más influyente en la historia del baloncesto. Para otros, el mejor entrenador de su carrera. Y sin embargo, casi siempre fuera de los focos mediáticos. Campeón de la Triple Corona (NIT, NCAA y Juegos Olímpicos), responsable de la llegada de Abdul-Jabbar a los Lakers y mentor para los mejores pívots de las últimas décadas. Descubre la fascinante historia de Pete Newell, un verdadero gurú en el mundo de la canasta

  • Pete Newell: Descubriendo al gurú (II)


  • Newell, un entrenador de leyenda

    Un 3 de agosto de 1915 nacía en Vancouver Pete Newell. Mismo país de procedencia que James Naismith y en una efémeride particular, ya que justo 34 años después y en esa fecha, surgiría la NBA. El destino estaba escrito. Aunque el futuro del pequeño Pete parecía ir encaminado por otros derroteros. Su madre soñaba con convertir a su hijo en actor y, muy pronto, la familia se estableció en Los Ángeles.

    El anhelo de su madre se hizo realidad con la aparición del niño en varias películas de la época e incluso llegó a ser candidato para un papel en “The Kid”, de Chaplin, representando a un personaje que finalmente interpretó Jackie Coogan, catapultándole a la fama. Sin embargo, el menor de los Newell sentía mucha más devoción por el deporte que por el séptimo arte. “Odio actuar. Sólo quiero volver a casa y jugar con la pelota”.

    Su infancia no fue sencilla. Tras la I Guerra Mundial, en una época con fuertes contrastes en los distintos estamentos sociales norteamericanos, los hábitos de Pete no eran los más saludables para alguien de su edad. Con sólo diez años, además de haber pasado más tiempo en los platós de Hollywood que en la propia escuela, se había convertido en un adicto al café y en un jugador de pocker.

    A la edad de 19, viajó en un barco de vapor por Shanghai, Hong Kong, Manila y Singapur y, a su regreso, ahora sí, pudo probar fortuna en la Universidad de Loyola al baloncesto. Empero, como jugador no era un dechado de virtudes, acumulando prácticamente más faltas personales que puntos por partido, algo que sepultó su ilusión de triunfar en el deporte de la canasta. Al menos de momento.


    El extravagante Newell, comiendo un bocadillo en un momento de tensión

    Entrenador de basket... a tiempo parcial

    Al comienzo de la década de los 40, a Pete Newell le tocó vivir la horrible experiencia de ser testigo de primera mano del horror y crueldad de una guerra, sirviendo en la Marina de Estados Unidos durante el conflicto armado. Un año después de su finalización, en 1946, aceptó un modesto trabajo en la Universidad de San Francisco, donde se encargaría de entrenar al equipo de baloncesto… entre otros. Porque también dirigía al de béisbol, además de encargarse de las clases de golf y tenis del centro. Todo un pluriempleado del deporte.

    Sin embargo, lo que a Pete le apasionaba era el basket y fue en ese mundillo donde acabó por desarrollar su carrera y, por ende, su propia vida. Su trabajo con los “Dons” no se limitó al apartado físico, a rotar con más o menos acierto a sus hombres y a ejercer de maestro con los jóvenes del equipo. Newell era un verdadero apasionado de la estrategia, un enamorado de la táctica, considerando que el basket presentaba numerosas variables que había que aprovechar para enriquecer el juego y obtener mejores resultados.

    Antes de mitad de siglo, el técnico comenzó a hacerse un nombre por su forma de preparar cada partido, adaptándose a las cualidades de su rival, diseñando diferentes planteamientos para conseguir la victoria e innovando en campos casi vírgenes en aquella, como en sistemas defensivos y en nuevas formas de atacar el aro rival.

    Fue uno de los primeros en concretar la posición de cada jugador y asignarles tareas específicas según su rol. Hasta ese momento los más pequeños se quedaban cerca de canasta (de ahí el nombre de guard). El técnico pensó que los hombres más bajo podían ser buenos defensores exteriores y ser, por su velocidad, los primeros en lanzar el contraataque.

    Con San Francisco, ideó una defensa en zona presionante que no se había visto hasta la fecha, algo que convertiría en su santo y seña en temporadas posteriores y en un ejemplo para otros conjuntos. En cuatro años como entrenador de los “Dons”, Newell consiguió un balance de 70-37, ganando prácticamente dos de cada tres encuentros disputados. Su momento cumbre llegó en 1949, en el que tras una gran temporada, con 25 victorias y sólo 5 derrotas, consiguió alzarse con el título del NIT (National Invitation Tournament), en un momento en la que ese torneo universitario nacional tenía el mismo o incluso mayor valor y dificultad de conseguir que la propia NCAA.

    Tras cerrar en 1950 su exitosa etapa en San Francisco, entrenó durante otras cuatro temporadas a Michigan State. Su mejor balance fue un 13-9, consiguiendo el tercer puesto en el Big-Ten, pero, pese a no conseguir ningún título, logró algo que es mucho más importante que engordar un palmarés, dejar huella y hacer amigos para toda la vida. Algo que descubriría con el paso de los años.


    El técnico, a la hora de recoger el trofeo de NIT

    Cal: El comienzo del mito

    Su siguiente destino sería California. El verdadero punto de inflexión en su carrera. Cuando comenzó a entrenar a Cal no sospechó que su experiencia en el equipo fuese a ser tan enriquecedora. Claro que tampoco nadie imaginaba que lo que era un técnico afamado e innovador se iba a convertir en poco más de un lustro en una de las mayores influencias de la historia del baloncesto.

    Su estreno no fue fácil. Incomprendido para muchos por sus revolucionarios métodos, el técnico se atrevió a poner por primera vez en la historia de la universidad a varios jugadores de raza negra en la pista. A la plantilla le costó adaptarse a sus esquemas -empezó con un 1-11 en su estreno-, aunque tuvieron paciencia y los resultados no tardaron en llegar.

    Su creatividad no tenía límites. En una época en la que los pases eran poco arriesgados y, normalmente precedidos de bote, Newell apostaba por comenzar a jugar con el espacio, con más fluidez y movimientos en ataque, con asistencias de un lado a otro de la pista, desafiando la defensa rival y pasando la pelota por encima del oponente. Además, empezó a perfeccionar una zona 3-2 que le servía para conservar cualquier ventaja en el marcador, por lo que un buen inicio de Cal, con un técnico tan inteligente en el banquillo, significaba prácticamente una victoria segura del equipo, por la imposibilidad de remontada que tenían sus adversarios.

    Además, Pete planteaba cada partido como una batalla psicológica con el rival. El mejor ejemplo de esto fue un Cal-UCLA, televisado a nivel nacional, un encuentro que marcó un antes y un después en el baloncesto universitario. En UCLA estaba John Wooden, otro mito de los banquillos en Estados Unidos, y el marcador estaba constantemente en un puño. No obstante, ni siquiera en las fases más críticas del choque, ningún entrenador se decidía a pedir tiempo muerto. En esos años se veía como un paso atrás, una forma de reconocer los errores e incluso un síntoma de debilidad. Newell resistió más y Wooden acabó por solicitarlo a pocos minutos para el final. Derrota. Nunca volvería a ganar al Cal de Newell en su vida. Y tuvo ocho ocasiones para ello, algo que Pete achacaba a la fortaleza mental que les dio a sus jugadores salir vencedores de aquel épico envite.

    Conviviendo con las estrellas de la época

    En 1959 consiguió su tercer triunfo de la Conferencia Pacífico consecutivo (acabaría con cuatro en sus seis años entrenando en California) y su equipo, liderado por Imhoff, finalizó la primera fase con un 20-4, recibiendo sólo 51 puntos de media por choque. Los llamados “Golden Bears” alcanzaron la Final Four, aunque se encontraron allí con Oscar Robertson y su Cincinnati. Sin embargo, Cal no se dejó intimidar por uno de los mayores anotadores de todos los tiempos. Newell ideó un sistema defensivo que dejó a la estrella rival en 26 puntos menos de lo que promediaba y el conjunto californiano acabó venciendo por 64-58.


    Pete, salió por la puerta grande de todos sus equipos

    La final era igualmente temible, ya que esperaba West Virginia, con Jerry West al frente. En esta ocasión, el talento de Jerry fue imposible de frenar por parte de los de Newell, peo Cal jugó un partido muy inteligente en ataque y en defensa y acabó consiguiendo la victoria por 71-70. El título de la NCAA era suyo, una década después de conseguir el NIT y en el mismo escenario idílico, el Madison Square Garden. Un doblete histórico.

    La temporada venidera fue aún más impresionante para los de Cal. Con 28 victorias y 2 derrotas se volvieron a plantar en la Final Four, un verdadero hito. Allí, caprichoso destino, volvían a cruzarse con los “Bearcats” de Cincinnati. Robertson acumulaba tres trofeos al Jugador del Año y tres galardones de máximo anotador estatal. Aunque nuevamente la historia se repitió y Oscar se despidió de la NCAA sin el preciado título, tras caer por 77-69 ante Cal.

    Los chicos de Pete Newell eran la mejor defensa del campeonato, con sólo 49,5 puntos recibidos en contra por partido, aunque no pudieron revalidar su trofeo tras caer ante Ohio de Jerry Lucas y John Havlicek, merced a un gran planteamiento defensivo que el técnico rival Fred Taylor había aprendido precisamente por medio de Newell en el pasado.

    Ahí, con 44 años, en la cima del baloncesto y con un futuro grandioso en su mano, Pete sorprendió a todos anunciando que abandonaba los banquillos. Fumador empedernido, consumidor compulsivo de cafeína y con hábitos alimenticios deficientes, la salud del técnico no era buena y los nervios de un deporte tan cargado de emoción y pasiones no eran la mejor forma de llevar una vida tranquila. Además, a Newell, un tipo tan ganador como humilde y reservado, no le gustaban los elogios ue en esos momentos inundaban su día a día. Decir adiós a lo que más le gustaba era traumático aunque esa decisión, paradójicamente, le haría vivir otros 48 años. Y la leyenda no dejó de crecer.

    Daniel Barranquero
    @danibarranquero
    ACB.COM

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