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Pete Newell: Descubriendo al gurú (II)
Tras su retirada prematura de los banquillos por su delicada salud, la carrera de Pete Newell no se había detenido. El técnico cumplió su sueño de poder despedirse dirigiendo a Estados Unidos y, posteriormente, aportó su conocimiento como General Manager y, especialmente, como responsable del campus de hombres altos más importante del país. Una bella y larga historia de todo un enamorado del baloncesto

  • Pete Newell: Descubriendo al gurú (I)


  • Newell logró con Estados Unidos el oro olímpico en Roma

    Pete Newell había pasado, en una década y media, de dirigir a un equipo de baloncesto, como mero modo de ganarse la vida, a ser el Entrenador del Año en el país (1960), ganándose el respeto de todos y siendo considerado como el mayor estratega del momento y uno de los personajes más importantes en el desarrollo del baloncesto en Estados Unidos.

    Sin embargo, Newell anunció, tras el subcampeonato de la NCAA con Cal, que abandonaba los banquillos por su propia salud. La conmoción en todos los estamentos del basket fue inmensa, aunque al técnico se le logró convencer para tener su última experiencia como entrenador en un marco incomparable: los Juegos Olímpicos de Roma, en 1960.

    El sabio de Vancouver conformó un equipo único, reuniendo a los mejores universitarios del momento, que dejarían huella en la NBA años después. Antiguos discípulos como Darrall Imoff, rivales en la NCAA de la talla de Walter Bellamy, Jerry Lucas, Adrian Smith, Terry Dischinger, Oscar Robertson y el propio Jerry West. Este último, en los partidos de preparación antes de la cita olímpica, mostró su deseo de abandonar el equipo por no sentirse con confianza de estar al nivel de sus compañeros, aunque Newell, tan buen psicólogo como maestro, le respondió para que se quedara con una frase contundente: “Si tú dejas este equipo, yo dejo este equipo”. Convencido.

    El rendimiento de los estadounidenses fue excelso. Vencieron consecutivamente a Italia, Japón, Hungría, Yugoslavia, Uruguay, URRS y Brasil, con una media de 101 puntos a favor y desquiciando a sus adversarios con una gran defensa con el sello de Newell que sólo encajó 59 puntos por choque. Cinco jugadores llegaron a las dobles figuras en ataque de promedio, el combinado nacional acabó invicto, enamoró con su juego y se ganó el cartel del primer “Dream Team” de la historia para los más puristas. El oro, además de un éxito enorme en la despedida de Pete, le permitía obtener una histórica triple corona (NIT, NCAA y JJOO), que sólo han conseguido en la historia Bob Knight y Dean Smith. Meses después, los sistemas defensivos del campeón olímpico serían copiados entre los conjuntos más grandes del viejo continente.

    Un movimiento que cambió la historia en L.A.

    Tras su éxito olímpico, Newell decidió regresar a Cal. En esta ocasión, para ocupar la parcela de la dirección deportiva del equipo, un cargo en el que estuvo hasta 1968. Su buena gestión le hizo ganarse un puesto en la NBA, de la mano de los Rockets de San Diego, equipo en el que estuvo desde su salida de California hasta 1972. Su siguiente parada sería Los Angeles, para ser el GM de los Lakers. Desde el despacho, no podría ensayar sus imitadas y modélicas defensas ganadoras, ni ordenar sistemas de ataque tan valientes y vistosos como los que inventó en Cal. Sin embargo, consiguió un traspaso que cambió la historia de la franquicia angelina. Y es que Newell aprovechó su amistad con el General Manager de los Bucks, Wayne Embry, para lograr la incorporación de Kareem Abdul-Jabbar.


    Una estatua de Pete recuerda el título de la NCAA logrado en 1959

    Pese a que trabajó posteriormente como asesor en los Warriors y como ojeador para los Cavaliers, su paso por Los Ángeles marcó definitivamente el resto de su vida. Cuando los Lakers eligieron, en el draft de 1973 a Kermit Washigton –conocido también por ser el autor del "puñetazo más famoso de la historia de la NBA", el propio jugador, por iniciativa propia, le pidió ayuda a Pete. Era algo donde todos ganaban. El equipo quería convertirle en un jugador más versatil, el entrenador podía volver a hacer lo que más le gustaba, enseñar, y Washington tendría una experiencia única y enriquecedora. Por ello, se decidió que el joven Kermit entrenase todo un verano con Pete para entrenar movimientos bajo el poste y adaptarse a su nueva posición. Era el inicio del campus para hombres altos más importante de Estados Unidos.

    Washington, que siempre se ha mostrado muy agradecido a Newell, pasó de ser carne de banquillo a pisar el All-Star en 1980, un logro al que responsabilizaba directamente al trabajo realizado con el veterano técnico. “Más que un entrenador, era un gran profesor”.

    Su buen hacer se extendió pronto entre los pívots y Kiki Vandeweghe sería el próximo en seguir sus pasos. La estrella de UCLA aprendió con el maestro el famoso "paso de Kiki", y su buen rendimiento desde su llegada a la NBA abrió la veda. Los jugadores que querían recibir clases de Newell y así mejorar sus movimientos y técnicas eran ya una avalancha. Así nacía en en 1976 el Pete Newell’s Big Man Camp.

    Muchísimos de los grandes jugadores que han pasado por la NBA en las últimas tres décadas han entrenado con el canadiense. Jóvenes sin experiencia, pívots recién aterrizados a la NBA (el mismo Fernando Martín, el verano previo a jugar con Portland) y estrellas consagradas. Había de todo. El campus, que nunca prohibió oficialmente a baloncestistas que no fueran pívots asistir, tenía un encanto muy especial. Un puntual autobús recogía a los jugadores a las siete y media de la mañana de su hotel en Hawai. Llegaban a la pista de entrenamiento, se ponían un uniforme reversible y con infinidad de patrocinadores. Y tocaban las presentaciones.

    Imaginen a Ralph Sampson, Hakeem Olajuwon, Shaquille O’Neal, Bill Walton, Scottie Pippen, Vlade Divac, James Worthy, Shawn Kemp o, más recientemente, Andrew Bynum dándose a conocer. Por muy famoso que fuera cada jugador, el procedimiento era el mismo, sin excepciones. “Hola, me llamo Shaq y vengo a mejorar mi técnica”. Y similares. Se dividía en grupos a los jugadores y cada uno repetía el ejercicio hasta que lograba realizarlo a la perfección. Se entrenaban los ganchos y se buscaba mejorar el movimiento de los pies a la hora de postear. A los diestros les hacía pivotar con el pie izquierdo y viceversa, dando igualmente consejos para colocarse en el rebote o para minimizar pasos a la hora de ganar la posición. Rutinas teóricamente sencillas pero que muy pocos hacían correctamente. La única regla era que los que estaban en su etapa universitaria no podían hacer mates.

    En 2001 nació la versión femenina del campus y Newell no dejó de acudir en ninguna ocasión. Pese a que la inscripción era cara, el sabio de Vancouver se dedicó en cuerpo y alma al campus por su amor al baloncesto, ya que no sacaba partido económico de sus clases magistrales. Y eso que no era precisamente rico, ya que en toda su carrera no acumuló más de 12.500 dólares entrenando, algo que Newell justificaba afirmando que se lo debía al baloncesto. “No podré devolverle todo lo que me ha dado”. Por su parte, Jeff Fellenzer, director del campus durante varios años, confirmó su oficio por amor al arte. “Nunca sacó un centavo trabajando allí. Quería dar ese mensaje a los jugadores NBA, que no todo es dinero. Realmente logró reinventarse, probablemente impactó a más gente así que cuando incluso era entrenador”.


    Pete Newell, observa desde su asiento el entrenamiento de los pívots de su campus

    Referente entre los profesionales

    Por todos fue querido y admirado. Esos elogios que tan poco le gustaban al humilde técnico le perseguían. Pese a ser un desconocido para las nuevas generaciones e incluso un personaje bastante infravalorado desde fuera del círculo profesional –jugadores y técnicos- teniendo en cuenta su aportación al baloncesto, todo aquel que trabajaba con él sólo tenía buenas palabras para Newell. O’ Neal le definió como el “mejor" entrenador que había visto y Ben Wallace mostró la grandeza del de Vancouver con un significativo ejemplo: “Nada más verme, vio que soltaba la mano izquierda muy rápido, lo que hacía que abriera el codo derecho demasiado y no tirara bien. Tuve resultados inmediatos. Con tanta gente con la que trabajé día a día en mis equipos… y nadie vio nada hasta que él me corrigió eso”.

    El entrenador de los Mavericks Rick Carlisle, que trabajó con Pete en el campus, llegó a afirmar que, “para un jugador, pasar unos días con Pete Newell es como para un estudiante de literatura estar una semana con Hemingway o Frost. Es el padre del baloncesto moderno, no se me ocurre ninguna persona que le haya dado tanto al baloncesto y haya recibido tan poco a cambio”.

    Con su trabajo dentro y fuera de las canchas, Pete consiguió transformar la eterna cuestión de “¿Cuántos campeonatos hubiera ganado si hubiera acabado su carrera?” que pronunció Dick Doughty, un ex jugador suyo, en un reconocimiento tan contundente como el que le tributa Bob Knight: “Nadie ha contribuido más a este juego en la historia que él. Y en mi propia vida”.

    En noviembre de 2003, cuando el viejo coach se acercaba a la barrera de los 90, muchos jugadores de Michigan, a los que él entrenó medio siglo antes, asistieron a sus cumpleaños, algo que emocionó a Newell: “Ni los equipos campeones quedan todos juntos tantos años después. Sois un grupo único, no se os puede pedir más. Fueron años maravillosos”.

    Antiguos alumnos suyos se refirieron a Pete como una influencia profunda en el baloncesto y en la vida. Hablar con Newell era una experiencia única. Daba igual si habías entrado en el Hall of Fame o eras un eterno jugador de banquillo. Él trataba a todos con el mismo respeto, con similar atención.

    Sus reflexiones sobre la situación actual de este deporte eran igualmente enriquecedoras. Según él, el baloncesto actual era “sobre-entrenado e infra-entendido. Los jugadores han ganado en físico pero se han perdido fundamentos de basket”. Además, quería recuperar la figura del pívot como eje de cualquier equipo, trabajando los movimientos de pies de los jugadores interiores para que éstos no se perdieran víctima de los músculos en la zona. “Entre 1959 y 1980, los centers dominaban la NBA, todos eran MVP. En la actualidad, eso no ocurre”.

    Homenajes en vida

    Su vasto conocimiento y los méritos de su carrera le valieron para entrar en el Hall of Fame en 1979, siendo descrito como un técnico asombroso para evaluar el talento y diseñar técnicas innovadoras de entrenamiento y juego. Un maestro en la táctica, creador de una defensa agresiva combinada con un ataque disciplinado. El hombre al que los profesionales acudían cuando necesitaban una opinión experta. Por otro lado, sus clínics por todo el mundo le hicieron ser visto como un auténtico embajador del baloncesto, llegando incluso a recibir el “Orden del Tesoro Sagrado” –la máxima distinción en Japón- de manos del emperador Hiroshito en 1987.


    El técnico llegó a sus 93 años en plenas facultades mentales

    En el año 2000, el premio al mejor pívot de la NCAA pasó a llamarse “Pete Newell Big Man Award", galardón que han obtenido en estas temporadas Marcus Fizer, Jason Collins, Drew Gooden, David West, Emeka Okafor, Andrew Bogut, Glen Davis, Greg Oden y Michael Beasley. Además, en una clasificación elaborada en 2003, fue considerado el séptimo mejor técnico de la historia de Estados Unidos.

    En resumen, ese tipo de distinciones que suelen llegar tras un fallecimiento a modo de homenaje, y que Newell tuvo la inmensa suerte de haber podido disfrutar en vida. Y eso que su estado de salud en sus últimos años se vio resentido. En 2005 le quitaron dos tercios de un pulmón y se sentía muy débil desde ese momento. No obstante, no le faltaron fuerzas ni ganas para asistir a su campus ese año, en el que coincidió con el compañero de Pau Gasol en los Lakers Andrew Bynum. Sentado, hablando con voz baja y serena pero tan magistral como siempre, continuó con su programa habitual de clases y engrandeció un poco más su figura.

    La última lección de su vida se la debió dar a Earl Shultz, un antiguo jugador suyo de Cal que, una vez retirado de su profesión de médico, vivía con Pete , al que además cuidaba. Era el 18 de noviembre. A las 10:45 de la mañana, el ya anciano Newell había quedado con Jerry West y con el periodista que escribía la biografía del mítico jugador. Nunca llegaría a verlos.

    Cinco minutos antes de encontrarse con el jugador al que derrotó con Cal casi seis décadas antes y con el que guardaba una maravillosa amistad desde entonces, su corazón se paró para siempre. “Tenía 93, ha tenido una vida maravillosa y simplemente le llegó la hora”, comentó Earl. “Su salud no era buena y estaba comenzando a ser muy duro para él a nivel psicológico”.

    El dichoso azar quiso que, al día siguiente de su muerte, se jugara un Cal-San Francisco realmente emotivo, en el que dos de los equipos a los que entrenó le tributaron homenaje. Crespones negros, silencio sólo roto por las lágrimas cuando se proyectó en el vídeo-marcador un compendio de lo más destacado de su densa carrera, de su fructífera vida. Sobre un parqué que lleva su nombre y que preside una estatua en su honor que recordará para siempre lo que él logró para su universidad.

    De la lluvia de alabanzas que se recogieron en prensa tras la noticia de su muerte, tal vez la más profunda sea la que el periodista Tim Kawakami utilizó para definir su pérdida: “Es difícil imaginar el baloncesto sin Pete Newell al lado para verlo, analizarlo y hacerlo mejor”.

    A Newell su salud le alejó de los banquillos, pero jamás del baloncesto. 48 años después de conseguir la Triple Corona con NIT, NCAA y Juegos Olímpicos, el mito dijo adiós. Y esta vez fue de verdad. Un punto y final en la vida de alguien que prefirió triunfar en el parqué que en cualquier plató de Hollywood. Un enamorado del basket que no dejó de enseñar y de aportar al deporte de la canasta, desde el banquillo, desde el despacho o sentado en una silla y con voz temblorosa. Un verdadero gurú anónimo para muchos aficionados que merecen conocer su historia para dignificar su figura y engrandecer al propio baloncesto.

    Daniel Barranquero
    @danibarranquero
    ACB.COM

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