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El inexplicable adiós de Ricky Berry
G Vázquez regresa a las páginas de ACB.COM para adentrarse una vez más en los archivos más recónditos de la historia y rescatar un nombre y un caso que 20 años después siguen rodeados de misterio. Nadie como él para relatar lo sucedido


La carrera de Rick Berry se truncó en 1989

-Kevin, necesito tu ayuda. Es... es algo complicado. Tú eres muy religioso y sé que todo eso te sirve. Pero yo no tengo ni idea de cómo podría servirme... Me gustaría... pero... –resopló mientras agitaba la cabeza con aire preocupado– no sé... no sé...
Hablaron.

Y Kevin Johnson hizo lo posible por persuadirle de que sería algo pasajero, uno de esos temores que de vez en cuando asolan a un hombre. Echó el brazo por la espalda de su amigo y juntos acudieron a la capilla poco antes de iniciarse el partido que enfrentaba en el Veterans de Phoenix a Suns y Kings aquel lunes 17 de abril de 1989. Ambos se conocían desde hacía más de diez años, cuando las decenas de batallas de instituto en Sacramento habían conseguido unirles.

No se volverían a ver.

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Érase un jugador de baloncesto. Joven, alto, fino y ágil. Un chaval sin nada especialmente duro que reprochar al destino. Antes bien un chico afortunado, con ese futuro que cualquier joven de su generación habría deseado firmar en sueños. Hasta su nombre, Ricky Berry, destilaba frescura, juventud, prisa por comerse el mundo.
Nacer en Lansing (Michigan) cinco años después de hacerlo Magic Johnson invitaba a saborear de cerca la gloria que su vecino habría de vivir en 1979. Tan de cerca que con 14 años Ricky hacía las de toallero de aquel equipo campeón universitario para el que además trabajaba su padre, a quien Ricky rogará tras cumplir su año freshman en Oregon State que se lo lleve con él.
Bill Berry, entrenador jefe en San Jose State desde 1979, se había prometido no tenerlo en su equipo, no fuera a ser que la relación entre padre e hijo se viera afectada. “Mamá, convéncele tú, por favor”. Y mamá le convenció.

A las órdenes de su padre el chaval quintuplica su producción (de 3.8 a 18.5), fortalece su juego y mejora su lanzamiento al punto de terminar el curso con un espléndido 60 por ciento en triples, un prodigio para un hombre en torno a los 2.05 de estatura. Dos años después, previo paso por la selección USA plata en los Panamericanos del 87, Ricky alcanza los 24.2 por partido, se convierte en el máximo anotador de la Pacific Coast y la Associated Press, la United Press International y la Sporting News coinciden en referirle como all american.
Había llegado el momento de dar el gran paso. Y Bob Woolf, halcón entre halcones en el bazar de promesas, no le dejaría escapar prometiendo a la familia Berry un primer gran contrato.

El verano de 1988 ningún equipo promovió más atención en el mercado que Atlanta. En la víspera del draft, los Hawks acordaron con los Kings intercambiar posición en la lotería y deshacerse de Randy Wittman con el fin de que Reggie Theus añadiera mordiente anotadora junto a Dominique Wilkins. Todo antes de que Moses Malone firmara con ellos en agosto. Así tocaría a los Kings la suerte de poder elegir en primera ronda haciéndose con los servicios de ese prometedor ejemplar a quien llamaban Ricky Berry.

Berry cayó a la 18ª posición por las razones más habituales: prioridad para los centímetros y las universidades poderosas y un cierto recelo a la aparente delgadez del chico. De ahí la sorpresa del cuerpo técnico de Sacramento cuando entrado el training camp en Yuba City, Ricky exhibió una fuerza y resistencia imprevistas: arrancaba como un velocista y se acercaba a los 190 kilos en press de banca.
Sacto era célebre por la extremada paciencia en las negociaciones, lo que había retrasado hasta lo peligroso la firma de Kenny Smith el año anterior y la de Joe Kleine dos veranos atrás. Con la entrada de agosto todo llegó a buen puerto. Tres años para el novato a razón de 300 mil pavos cada uno. Una suma que acariciaba el millón de dólares. Era un buen comienzo.

Con todo, no se esperaba gran cosa en California. La marcha de Theus y Thorpe restaba unos 40 puntos por noche y las 24 victorias del año anterior figuraban la frontera que superar. Para Ricky Berry, en cambio, el futuro se abría con prometedora claridad. Con la marcha de Theus y Tyler, y la frágil competencia del eterno lesionado Derek Smith (apenas 33 partidos por temporada), Berry tan sólo tendría que aportar algo más que Harold Pressley y hacer de complemento ofensivo a Rodney McGray para quedar en apenas un año como alero titular de un equipo joven diseñado a medio plazo.

Con todo en marcha, no pasaron ni tres meses antes de que se adivinara otro pozo en la Pacific, en la que los Kings se estrenaban tras salir de la Midwest. El equipo hacía aguas por fuera y por dentro y ello obligaba a moverse en el mercado.
El 20 de febrero llegaba Wayman Tisdale y se marchaban a Indiana Randy Wittman y LaSalle Thompson. El técnico del equipo, Jerry Reynolds, hombre confiado en el potencial de Berry, le destina entonces mayor protagonismo. Tres días después tiene lugar un segundo traspaso que da con la llegada desde Boston de Danny Ainge y Brad Lohaus (por Kleine y Pinckney). Curiosamente el día anterior Celtics y Kings se habían enfrentado y Berry había arrojado al suelo con violencia al propio Ainge. Era el tipo de coraje que del novato esperaban y al que Ainge contribuyó como nadie. El veterano escolta de Brigham Young se convertiría en un crucial maestro para Berry el resto de la temporada. Dos meses en los que Ricky ofrece su mejor cara y ratifica muchas de las esperanzas que venía cargando desde su elección.

Berry aportó lo previsto para el minutaje ofrecido. Pero exhibió al mismo tiempo algunas virtudes que por momentos rozaron la excelencia. Era rápido, tenía buena mano y parecía diseñado para convertirse en un futuro gran anotador. Hasta en diez ocasiones se fue por encima de los 20 puntos y en dos de los 30. Endosó 34 puntos a los Warriors, 33 a los Jazz y 28 a los Celtics acumulando 16 aciertos de 29 intentos desde el más lejano perímetro. Firmó el séptimo mejor porcentaje de triples de toda la NBA y completó un mes de abril de 18.3 puntos y 5.8 rebotes. Era como si de repente Berry fuera el tres esperado y los Kings un equipo tan distinto que después de haber estado 15-42, sellaron un 11-10 en los últimos 21 partidos. “Kings’ optimism now justified”, firmaba John Johnson en el Mountain Democrat.

En el verano del 89 había, pues, razones para soñar.

Para el matrimonio Berry, sin embargo, no sería un verano al uso. Como eternamente a salvo de la despreocupación y la pereza, Ricky eludió aquellos meses el asueto y la vacación. Al contrario se entregó a llenar el vacío de que más había sido acusado. El objetivo: ganar nueve kilos de músculo. Mediado el mes de julio los más de 350 mil dólares a desembolsar por la compra de una nueva casa en Fair Oaks (en el 4940 de Keane Drive), al este de Sacramento y próxima a la lujosa American River, parecían satisfacer menos su deseo que el de su mujer. Tal vez por eso Ricky decidiera ponerse a trabajar en la Mazda Volkswagen de Davis como vendedor, un concesionario donde su esposa Valerie, a falta de mejores planes, ejerció como recepcionista empleando parte de su tiempo en estudiar con miras a licenciarse en sociología. La agenda de Ricky seguía devorando compromisos, uno de los cuales le llevó a hacer de héroe ante un centenar de niños desfavorecidos en la quebrantada Stockton, al sur de Sacramento.

Había que escarbar para encontrar días de diversión.

El sábado 12 de agosto Ricky, su amigo Bobby Gerould (hijo del locutor radiofónico de los Kings) y su novia, Kim Miura, pasaron la tarde asistiendo a una carrera de coches en el trazado de Calistoga, a unos 90 kilómetros de casa. Lo pasaron bien y no pararon de hablar y reír tanto a la ida como a la vuelta. “Parecía el chaval con menos problemas del mundo”, aseguraba Gerould. Antes de despedirse Ricky propuso algo más: “Oye, ¿por qué no os venís mañana a casa y pasamos el día juntos?”. La pareja aceptó.

En la calurosa jornada siguiente, domingo 13, la casa de los Berry estuvo concurrida. Una velada entre amigos: Al Joyner (vendedor en la Mazda), Bobby Gerould y su chica, Kim Miura, un primo de Valerie, la propia Valerie y Ricky. Ninguno de los invitados sabía que el convite había sido improvisado por Ricky al margen de su esposa, a la que únicamente ese indisimulado orgullo femenino de exhibir la espléndida residencia que alojaría a los Berry los años venideros, podía compensar su enojo. Tal vez Valerie deseaba la cómoda soledad de un domingo tranquilo junto a su esposo, sin sentirse obligada a forzar una conducta amistosa, sociable o falsamente alegre. Tal vez Valerie tan sólo deseaba que Ricky hubiera contado con ella.

Pidieron unas pizzas para comer. Después todos echaron unas partidas a la Nintendo y a media tarde Joyner y Ricky subieron al improvisado gimnasio que ocupaba una de las estancias, se pusieron los guantes de boxeo y batallaron un buen rato. Ya después, aliviaron el cansancio con un chapuzón en la piscina.
Para entonces el grupo se había dispersado sospechosamente. Valerie luchaba por ocultar su enfado y se sirvió de la otra chica, Kim, para desahogar confidencias en algún rincón de la casa. Confidencias que iban más allá de un simple desencuentro dominical.

Como si supiera perfectamente lo que pasaba, caía la tarde cuando de pronto Ricky pareció ausente. Salió del agua y se sentó en silencio en uno de los bancos que flanqueaban el baño. Ocultó su rostro bajo la toalla, un gesto que de haber estado allí Harold Pressley, su mejor amigo en el equipo, habría reconocido como habitual en el vestuario, cuando Ricky, a veces, parecía pretender que la toalla le enjugara algo más que el sudor o las lágrimas.
Joyner lo notó enseguida. Le extrañó muchísimo porque hacía nada habían estado bromeando. “¿Te pasa algo?”. Pero Ricky no contestó. No podía hacerlo. Era uno de esos hondos malestares que no se pueden explicar en pocas palabras. Una de esas dolencias que Kevin Johnson creyó poder apagar unos meses atrás en una pequeña capilla.
De las incontables disputas domésticas desde su boda, hacía poco más de un año, tan sólo el matrimonio sabía. Cuando él no estaba en casa, casi nunca, ella se marchaba con sus padres a la Bay Area. Y ninguna ausencia era vista con buenos ojos por ninguno de los dos.



En torno a las once el hogar de los Berry quedó libre de visitas. Fue el momento en que el matrimonio descargó con fuerza la tensión acumulada. El momento en que, sin hijos aún, no parecía haber motivo para templar los reproches ni precipitarse a una discusión que, al cabo, se desató con tanta crudeza como para forcejear.

Enfurecida Valerie decidió que ya era suficiente y sin despedirse cogió sus cosas y con un fuerte portazo y un terrible acelerón del Toyota 4Runner abandonó la casa sumiéndola en un silencio que a los pocos minutos se hizo insoportable. Ricky supo desde el primer momento que conciliar el sueño aquella madrugada sería imposible. No hasta que Valerie, su esposa, regresara.
Atormentado por la terrible discusión, entregado al profundo sentimiento de culpa y vulnerable a la ausencia de su amor y a todos aquellos males que ahora se agolpaban juntos, cada minuto le supo a tortura y cada hora sin ella una invitación a la locura. En algún momento de aquella madrugada Ricky Berry perdió la cordura que durante los 24 años de su vida le había acompañado. Tomó de la cocina una hoja de una pequeña libreta y un bolígrafo. Para entonces ya era un autómata. Y haciendo un último esfuerzo por dominar el pulso pasó a escribir torpemente unas líneas, un mensaje a su mujer y a los suyos. Uno de esos inquietantes mensajes que un hombre destina al mundo del que ya no quiere formar parte.

“Valerie, nunca me has querido. (...) Tan sólo deseas aprovecharte de mí. (...) Perdóname por esto. (...) Mamá, papá, os pido perdón. (...) Estad tranquilos, no sentiré ningún dolor. (...) Pamela, hermana mía, todo lo que tengo es para ti. (...) Sé que seré odiado por hacer esto, pero no me importa lo que piensen.
(...)
PSS: PEACE, STOP THE BLACK ON BLACK VIOLENCE.

Ricky B”
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Acto seguido dejó la nota sobre la mesita de noche y acudió a buscar un arma cuya existencia tan sólo él conocía desde hacía un año. Regresó a la habitación, se irguió sin ver nada, levantó su mano derecha y colocó el cañón de la semiautomática de 9 mm sobre su misma sien. El disparo fue lo último que escuchó en vida antes de que la bala le reventara la cabeza y cayera tendido sobre el piso de la habitación.

Después, el silencio.

El reloj marcaba las nueve y media de la mañana de aquel lunes de verano cuando la puerta de los Berry se abría por las manos de la misma mujer que horas antes la había cerrado. Valerie entró en silencio. Esperaba encontrarse con Ricky en algún punto de la casa. Tal vez estuviera dormido. La noche habría sido larga para él como lo fue para ella. Pero era extraño. La puerta de la habitación estaba abierta y la luz entraba a placer. A ella dirigió sus pasos y la macabra visión de un enorme charco de sangre bajo su hombre, quebrado como un muñeco, le congeló la respiración. Allí mismo cayó desmayada.

Poco después la residencia Carmichael estaba completamente tomada por la policía.

Cuando sonó el teléfono en las oficinas del equipo, su vicepresidente Bill Russell acordaba los últimos flecos para la contratación del padre de Ricky, Bill Berry, allí presente.

Era difícil anunciar la noticia. Pero infinitamente menos que recibirla.

Gonzalo Vázquez
@GVazquezNY

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