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Historias de la Copa del Rey: Art Housey, el héroe inesperado
Art Housey fue el héroe inesperado en un partido de leyenda, la semifinal Barcelona - Joventut de 1985: 115-120 para los verdinegros. Y el discreto pívot americano, estelar con 25 puntos y 9 rebotes para tumbar al entonces favorito y anfitrión


Art Housey machaca bajo tableros (Foto Gigantes)

Cáceres, 13 Feb. 2009.- Hay quien piensa que en la Copa del Rey el anfitrión tiene ventaja porque juega en casa, conoce los aros y todas esas zarandajas. Pero nada más lejos de la realidad. Vale, sí, el CAI Zaragoza ganó la primera que se organizó por sistema de concentración en 1984, pero después cayó una profunda “maldición” sobre el organizador que no se rompió hasta el año 2002, cuando el Tau pudo con el Barcelona en el Buesa Arena con aquella canasta de Elmer Bennett. Y desde entonces nadie ha vuelto a levantar el trofeo en su pabellón.

Precisamente fue el Barcelona el que inauguró lo de los chascos coperos de este estilo el 17 de diciembre de 1985. Todavía jugaban la fase final cuatro equipos, y no ocho como ahora, y los azulgranas tenían el camino teóricamente allanado para jugar la final ante el Real Madrid. No entraba en sus cálculos perder con el Ron Negrita Joventut, dirigido por Miquel Nolis, que contaba con un animoso grupo de jóvenes y dos americanos duros y experimentados: Greg Stewart y Art Housey. En este último es más conveniente detenerse por el factor sorpresa que significó y su enorme influencia en la eliminación “culé” en unas semifinales que tuvieron el sello de la espectacularidad y la alegría ofensiva: 115-120 con prórroga, el partido más anotador de la era moderna copera.

Housey era un tipo rocoso, de los que costaba mover un centímetro de su posición en su zona, pero poco dotado en ataque. Aficionado a meterlas para abajo, parecía un pívot adelantado a su tiempo, cuando primaba más la habilidad y la sutileza, incluso en los hombres interiores. Él no. Viendo su físico, parecía que pasaba todo el día en el gimnasio. No era de extrañar: se crió en la prestigiosa universidad de Kansas, adonde acudió desde su Buffalo natal, en el estado de Nueva York, la segunda ciudad con mayor índice de pobreza de EEUU actualmente.


Art Housey y Greg Wiltjer luchan por la posición (Foto Gigantes)

A aquel Joventut le sobraba la pólvora con el juego versátil de Andrés Jiménez, la velocidad de Rafa Jofresa y Jordi Villacampa y los triples de José María Margall. Fue durante gran parte del tiempo por detrás en el marcador, pero se mantuvo porque, entre otros aspectos, a Housey le estaba saliendo el partido de su vida. Su lucha con Greg Wiltjer bajo tableros fue de las que hacen época, intercambiándose canastas en los momentos importantes. A la hora de la verdad nadie pudo con el norteamericano, que alcanzó los 25 puntos (12/18 en tiros de dos y 1/1 en libres) y 9 rebotes, no sentándose en el banquillo ni un solo segundo. Para apreciar cómo se creció, baste señalar que sus promedios ligueros aquel año fueron de 13,4 y 8,2, respectivamente. Y en la final, en la derrota ante el Madrid (87-79), regresó a unos números más terrenales (15 y 4). Si hubiese habido MVP entonces, seguramente se lo habrían dado al actual “showman” televisivo Juan Manuel López Iturriaga (19 puntos, 6/6 en tiros de dos).

-> La estadística de Art Housey

Más villanos

Muchos siguieron la senda abierta por Housey –que luego repartió su carrera entre Lugo, Manresa, Turquía e Israel—a la hora de amargar al anfitrión, de no arrugarse ante un ambiente desafavorable. Lo hizo el gran Audie Norris tres años después en Valladolid (20 puntos en 20 minutos en el Barça-Fórum de semifinales); lo repitió el estudiantil Rickie Winslow en 1991 en cuartos ante el CAI (26 puntos); el bloque del TDK pudo con el Murcia en “semis” de 1996, lo mismo que el Joventut con el León un año después…

Esa “maldición” rota fugazmente por el Tau en el 2002 era tal que al anfitrión le impedía incluso llegar a la final, algo que logró el propio equipo vitoriano hace un año… cayendo ante el DKV Joventut, el equipo que lo inició todo. Aíto García Reneses, aquel día en el banquillo verdinegro, seguro que sonrió en su interior con una paradoja más de su historia: acababa de distribuir la medicina que Housey le hizo probar cuando él dirigía al Barcelona 23 años antes…

Javier Ortiz
@bujacocesto
Redactor del Periódico de Extremadura

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