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Jimmy Baron: El búho de Rhode Island
¿Pero de dónde sale Baron? Descubre con Daniel Barranquero la bella historia que hay detrás de la sensación del concurso de triples, un jugador forjado en la madrugada con fe, trabajo... y tiros, muchos tiros

Noche cerrada. Sólo un ruido se atreve a desafiar el silencio. Lírico el sonido del balón acariciando el aro, besando la red y abrazando el suelo. Con la penumbra como compañera de viaje, un joven tira y tira hasta el infinito.

El Ryan Center guardaba el secreto. Oscuro romance el del tirador y el parqué. Encuentros furtivos que duraban un par de horas, quizás más, cuando el sol se acostaba. Noche tras noche, Jimmy Baron acudía fiel a su cita con un único objetivo, superarse. En cada triple, un sueño; en cada enceste, un paso más para conseguirlo. Sesiones extremas, alguna incluso de doce horas. Quinientos tiros al día y un par de horas extra por la noche, cuando ni las luces del pabellón se quedaban despiertas para verle, con el objetivo de perfeccionar su mecánica y reforzar su lanzamiento lejano.

"Al final, los ojos se habituaban a ello y podía ver. Tirar en la oscuridad te da confianza", usaría de pretexto ante aquellos que no entendían su 'estajanovista' rutina. Más tarde, a forma de vela para hacer más romántica cada cita, Baron compró una pequeña luz que instaló en el tablero, quedando únicamente iluminado el aro. Era el centro del mundo para él, su único destino, su mayor premio. Los frutos no tardarían en llegar.

"Al principio de mi etapa universitaria, solía tirar a horas muy tardías, ya por la noche, en el Ryan Center, nuestro pabellón. No es que me gustase lanzar en la oscuridad, era simplemente que no tenía acceso a las luces una vez cerraban el gimnasio. Era un amante del trabajo y pasaba muchas más horas trabajando en mi juego que un jugador normal", comenta hoy, con perspectiva, el ilusionante fichaje del Lagun Aro, que no se arrepiente ni un ápice de aquel amor tan nocturno. "Entrenar de esa forma acabó siendo muy beneficioso, ya que me dio una enorme confianza y feeling en mi tiro".

Corría el año 2005 y Jimmy había logrado el primero de sus anhelos: hacerse un hueco en la NCAA. Empero, incluso para esa meta inicial, el camino no resultó sencillo.

Un destino, un esfuerzo, un sueño

Aquel bebé nacido en East Greenwich en la primavera del 86 estaba predestinado a vivir abrazado a este deporte. Su padre era entrenador, su madre otra apasionada y en su casa se respiraba baloncesto. La vieja bola de cuero de su padre, casi más grande que él, dio paso a los primeros tiros de su niñez en aquel vetusto gimnasio de Sant Francis de Loretto, al oeste de Pennsylvania.

Jugaba con los amigos, hacía de aguador en los equipos de su padre y se pasaba horas estudiando cintas de aquella metralleta de Lobos Cantabria y Fórum de Valladolid Mike Iuzzolino, que jugó en St. Francis para su padre. Éste acabaría aceptando una propuesta para entrenar a St.Bonaventure, todo un punto de inflexión en la carrera de su hijo, para terminar dirigiendo a la Universidad de Rhode Island, donde aún sigue.

Con el mayor de los Baron como entrenador, Jimmy se volcó sin condiciones en su verdadera pasión. "Me recuerdo yendo a todos los entrenamientos y partidos del equipo de su plantilla. Es más, iba un buen rato antes de cada encuentro para poder tirar antes de que los jugadores saliesen a la pista".

Jimmy Baron vivió un periodo "tranquilo" en el instituto, el Bishop Hendricken de Warwick, Rhode Island. En esa etapa, se desveló con un buen lanzador exterior y como una fuente anotadora inagotable. Con 36 puntos, se cargó al equipo del hoy jugador del Cáceres 2016 Jeff Xavier en una final regional y, en su último año, llevó a sus Hawks hasta el título estatal, con 21 puntos y 6 rebotes de media. Era considerado uno de los mejores tiradores de la región, aunque su extrema delgadez y su escasa polivalencia hacían muy lejano su perenne deseo de jugar, algún día, a las órdenes de su progenitor.

Cuando terminó el High School, nadie se acordó de él. La NCAA le daba de lado y sólo Assumption, de la II Division, le hizo una propuesta. Entonces, el menudo jugador decidió tomarse ese 2004 como un año de aprendizaje, con el objetivo de apurar las opciones de cumplir su sueño. Se fue a la Worcester Academy durante un año, que no pudo ser más productivo.

"Había ambiente universitario, jugadores de calidad y mi nivel aumentó". En esa corta etapa, Baron se hizo adicto a las pesas y a sesiones físicas interminables con un entrenador personal, lo que le permitió aumentar peso y musculatura. En la pista, se sucedías las orgías de puntos (27,4 por choque de media) y de triples con su firma, aunque su mayor trofeo en estos meses fue adquirir una ética de trabajo y de esfuerzo que prolongaría en sus días de Universidad.

Su destino, Rhode Island. Lo había logrado. El aguador pasaba a la pista y las ansias por compartir vestuario con su padre tenían recompensa. Terminaba el sueño y comenzaba la pesadilla.


El hijo del entrenador

Jimmy Baron pasaba a ser ser Jimmy Baron Junior. De promesa a "hijo del entrenador". Todas las ilusiones que alimentaron la fe del jugador se esfumaban tras la primera derrota, cuando en el autobús sus compañeros criticaban sin piedad al técnico en el autobús de vuelta a casa. A su padre.

Triple pesadilla para el neoyorkino. En el vestuario, era menester cambiar el chip para saber diferenciar entre técnico y padre, ambos siempre de la mano. Fuera de él, debía escuchar las burlas de aquellos que creían que estaba ahí sólo por ser "el hijo de", por ser el enchufado. Y en casa, la situación no era mucho más halagüeña.

La tensión en la familia era constante, con un chico que más que entrenar con un padre acabó viviendo con un entrenador. Cindy, su madre, era la mediadora. "¿Por qué no hay una regla en la NCAA que impida estas cosas?", se preguntaba. Tenía que ser madre, padre, amiga, esposa y consejera, secando las lágrimas de su hijo y apagando fuegos al mismo tiempo. "A veces me culpaba por haber ido a Rhode Island, por lo que le estaba haciendo a mi familia", confesaría con el tiempo el escolta.

"Lo peor era no poder desarrollar la relación padre-hijo. Intentábamos no mostrarnos mucho afecto delante del equipo para no perder la perspectiva". Nadie le regaló nada y menos Jim, que se negó a hablar de su hijo en rueda de prensa durante dos años. Eran aquellos días de infinito trabajo, de tiros con aroma a madrugada, de revancha personal. Quería enseñarle al mundo que estaba equivocado con él y sólo podría lograrlo demostrando más que los demás, yendo un poquito más lejos que el resto.

Suplente en su primer año, sus puntos desde el exterior y su prometedor final de campaña disiparon dudas. "Eres uno de los nuestros", le diría por fin un compañero de equipo en su segunda temporada en la URI (University of Rhode Island). Por fin comenzó a sentirse aceptado por su equipo. Esa confianza, unida a la mejora en su tiro, forjado en la oscuridad del Ryan Center, multiplicaron su rendimiento en la 2006-07.

Mil triples para un feliz adiós

Sus puntos casi se doblaron (14,6 de media) e incluso se convirtió en el cuarto triplista más efectivo de todo el país con un 47,8%, batiendo el récord histórico de URI con 97 canastas de tres puntos. ¿Enchufe? Más bien, pura electricidad. Ídolo en Rhode Island y heredero de Odom y Mobley en el corazón de los aficionados, en su tercer año los resultados del equipo mejoraron. Sin embargo, cuando mejor iban las cosas, con la vez más rápida en alcanzar 20 triunfos en la historia de la Universidad, otra vez un lazo familiar cortaba sus alas en la cancha.

Cindy estaba enferma. La que le llevaba en coche para poder jugar en cualquier pista, aquella que le entrenó incluso en el colegio ("Me dejaba tirar más que tú, papá", bromeaba), la artista de éxito que exhibía sus pinturas para orgullo de su hijo y la misma que escuchaba tres veces al día los desahogos de Jimmy. La conciliadora, la constante. La madre. Operación a corazón abierto, cartas y testamento escrito en caso de no salir del quirófano y unos días grises que dejaron a los Rams sin torneo final de la NCAA. El basket era lo de menos.

Por fortuna, todo salió bien. Tanto, que ahora, rebosante de salud, Cindy incluso se plantea correr una maratón. Aquellas semanas marcaron a Jimmy más que el propio trabajo de su padre o las sesiones de tiro nocturnas. "Me sirvió para recuperar la perspectiva, había cosas más importantes". Aprendido esto, su baloncesto no dejó de crecer.


En la campaña 2008-09, la última en su etapa universitaria, su promedio se disparó hasta los 17,4 puntos, con un buen puñado de récords y reconomientos en el bolsillo. Otro tope en canastas de tres en una sola temporada (117), amén de erigirse como líder histórico en triples en Rhode Island y la Atlantic 10. Como guinda, elegido en un quinteto de conferencia con aroma ACB (Aaron Jackon y el ex Manresa Ahmad Nivins) y con su padre como entrenador ideal.

Despedida idílica dentro y fuera de la pista para aquel búho de medianoche que primero luchó por jugar con su padre y luego por convencerle, tardando cuatro años en ser capaz de disfrutar a su lado. "La experiencia con él fue difícil en ocasiones, era el más duro y exigente de todos conmigo y tenía que hacer un extra por ganarme un hueco. No obstante, ahora lo pienso y no lo cambiaría por nada. ¡Fueron cuatro años fantásticos los de la Universidad!", exclama emocionado en la actualidad.

La auténtica pasión turca

Peldaño a peldaño, Jimmy Baron deseaba pasar a un nuevo tramo en la escalera de su vida, el de la NBA. Parecía al alcance de la mano. "Me dijo mi representante que Portland me eligiría en segunda ronda, que estaba en el top de su lista de candidatos". Maldita la noche en la que su nombre se quedó en el limbo. En aquel draft de 2009 apareció Víctor Claver. Más tarde, Dante Cunningham. En ese momento, su agente le llamó y se sinceró: "Me temo que no va a ocurrir". Y no ocurrió. Patrick Mills fue la otra elección de los Blazers y la NBA debería esperar.

El eterno círculo vicioso del escolta que triunfa en el viejo continente. Escasos centímetros para jugar de 2 y aún menor la confianza en su dirección para hacerlo de 1 al otro lado del charco. Baron apuró sus opciones en las Summer League, vistiendo los colores de Jazz y Wizards, antes de deslumbrar en el PIT (Porsmouth Invitational Tournament), en el que dinamitó el tope de triples en un partido, con 9.

Nada le valió para cumplir su sueño americano, por lo que tuvo que hacer las maletas con destino Turquía. El Mersin le contrataba como sustituto de Lofton, aunque la adaptación no resultó un camino de rosas. "Fue una transición complicada para mí. Era mi primer año profesional, lejos de la Universidad y de mi país. Además, en cuanto al equipo, no tuvimos un buen arranque".

A una hora en avión de una Estambul mucho más idónea para estrenarse en el país, descartado en el primer encuentro por haber ya dos norteamericanos en el club y con un ambiente en las gradas lleno de exaltación, lanzamiento de objetos incluido, Baron empezaba a preguntarse dónde diablos se había metido. Cuatro derrotas seguidas, un entrenador que ni chapurreaba el inglés y una anécdota que se le quedó grabada a fuego, hicieron el resto. Antes de un partido, su equipo cogió a un cordero, lo llevó al centro de la pista y lo degolló. Sus jugadores tocaron la sangre del animal y se la untaron en la frente, como signo de un cambio de racha y de mejor fortuna. Ni en la soledad de la noche había pasado tanto miedo.


Baron no se sentía adaptado, aunque un cambio en el banquillo, con un técnico con el que ahora sí podía hablar en su idioma, propició una gran mejora en su juego. Junto a su compañero Dominic James, asumía el rol de líder, anotando entre ambos la mitad de puntos del equipo. Tiraba sin pensárselo, sí, con poca presión por abusar del balón ya que sus números (16,4 puntos por encuentro y buenos porcentajes) compensaban a su equipo la apuesta.

Otra vez más, finalizó como máximo triplista de la competición, con más de tres por encuentro y un brillante porcentaje del 43% que hizo a Mersin despegar. "Con el cambio de técnico, estuvimos muy fuertes en la segunda parte de la temporada. Nos clasificamos para las finales de Copa, pudimos superar al Fenerbahçe Ulker con una canasta en el último segundo, aunque nos quedamos fuera del Playoff por sólo un partido". Al fin y al cabo, la experiencia turca no había sido un error.

Algo más que un especialista

Su letal tiro no pasó inadvertido en Europa y, con la modificación en las normas, la lista de pretendientes aumentó. No fue otro sino el Lagun Aro GBC el que logró firmar a uno de los más excelsos tiradores que había en el mercado. "Nos ayudará a abrir el campo con el triple a 6,75", confesó Pablo Laso en su presentación.

Inteligente en la pista y triplista único, con lanzamientos frontales de ocho metros que convierte como si el aro fuese una piscina. Arma el brazo rápido y anota en estático, en contraataque, tras bote, bloqueo o cayéndose en un lanzamiento forzado. ¡Y hasta sin luz! Aún puede mejorar más en defensa, algo en lo que ya incidía su propio padre. Sus virtudes y su tiro le hacen ser visto como un enorme especialista, si bien él no se conforma con ello: "Puedo adaptarme a otro tipo de situaciones que me pidan, además de anotar o tirar de fuera".

"En Estados Unidos el juego es más físico y aquí hay una filosofía más orientada al equipo, en lugar de al uno contra uno", explica un Baron que tras su paso por Turquía confía en poder adaptarse rápido a la ACB para sumar desde el primer día al cuadro donostiarra.

16, 14, 15, 21 y 18. No es un número de teléfono sino las cifras anotadoras de Jimmy en pretemporada, acariciando los 17 puntos de promedio. Brillante cara de presentación en San Sebastián, una ciudad que ya adora: "No pretendo algo extraordinario. Mi principal objetivo es ayudar al equipo a mejorar respecto a la pasada campaña y mi sueño, ganar un campeonato con el equipo en el que esté. Disfruto enfrentándome a un mayor nivel porque así es como mejora mi juego".

Las ilusionantes vibraciones se confirmaron en Vitoria, por su excelente papel en el concurso de triples. "¿De dónde ha salido este tío?", era la pregunta más repetida por ver cómo un jugador con poco nombre en Europa y sin el sello del draft en su pasaporte, enchufaba tiros lejanos sin pestañear. Paradójicamente, su Triple Mágico, aquel que mejor le define y que convirtió en las sesiones matinales e incluso en la primera ronda del concurso, no quiso entrar y el premio voló a tierras manresanas de la mano de Gladyr. Las buenas sensaciones pesan más que su derrota.


Brillo para el búho en San Sebastián

Poco estridente en sus palabras, la humildad del neoyorkino llega al extremo de que prefiere desmitificar por completo la coletilla que acompaña su nombre, esa leyenda real que le define como "el hombre capaz de convertir 100 triples en 102 intentos", aclarando que realizó esa gesta en un entrenamiento en su época universitaria y con "la distancia de triple NCAA, con la línea a sólo 6 metros". Es la filosofía de alguien que, antes de debutar en el San Sebastián Arena, ya agradece a los aficionados el apoyo y avisa: "Tendréis siempre el 100% de esfuerzo por mi parte. Soy muy afortunado de poder jugar en un gran país". Y su familia lo ha comprobado.

"Mi padre me visitó en agosto una semana entera y, como a mí, le encanta San Sebastián, el club, el cuerpo técnico y el entrenador, Pablo Laso". Su madre, muy recuperada, vendrá a España en Navidades. "A ella, como artista, le encantará pintar la costa norte española". El que más tardará en venir, ya en la próxima primavera, será su hermano Billy, ese que sigue sus pasos. Base, cañonero y con el futuro en sus manos, rechazó la propuesta de Rhode Island para acabar jugando en la Universidad de Virginia, quizás consciente de lo duro que es estar cuatro años comiendo en casa con tu entrenador.

Licenciado en comunicación, amante del golf y con la promesa de aprender español con la velocidad con la que arma el brazo, Jimmy se presenta como una de las grandes atracciones de una ACB que está a punto de comenzar. Expectativas con fundamento para alguien que ha sudado cada premio de su vida. De aguador a jugador, de olvidado a la NCAA, de enchufado a líder. "Nunca se quejó por medir 1,91, ser blanco y no saltar mucho. Hizo lo mejor que pudo con lo que tuvo", apostilla Billy. La ACB espera. San Sebastián se frota las manos. La Playa de la Concha y su color contrastan con la penumbra del que tiraba a oscuras para darle luz a su carrera. El búho de Rhode Island quiere iluminar la liga.

Daniel Barranquero
@danibarranquero
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