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Marcus Slaughter: La profecía del 44
Una tragedia familiar sacudió su infancia pero supo salir del infierno para creer en la vida gracias al basket. Descubre con Daniel Barranquero una de las historias más fascinantes detrás de un jugador ACB

"Si tuvieras una oportunidad para conseguir todo lo que siempre deseaste.... ¿la cogerías o la dejarías escapar?


Slaughter, explosión tardía
“Algún día, tarde o temprano, verás a uno de tus cuatro hijos en la NBA”. La madre de Slaughter temblaba. Ella, contagiada por esa maravillosa fiebre de nombre basket de un marido que rozó con las yemas de sus dedos su particular sueño americano, se estremecía imaginando un marco tan idílico.

Su amigo era vidente pero nunca, nunca había vislumbrado algo tan bello. Y quizá, pensaría solo un año más tarde, jamás tampoco había pronosticado algo tan cruel. Slaughter estaba predestinado a vivir del baloncesto. Poseía algo especial, esa intangible conexión entre magia y talento que deleita más a las pasiones extremas que a la frialdad de la razón. Eléctrico y anotador compulsivo, se convirtió en el referente en el instituto de un equipo en el que había un futuro primera ronda del draft, Corey Benjamin, para llevarlo al título estatal con 26,7 puntos por encuentro.

Las grandes universidades se lo rifaban y acabó dejándose seducir por el canto de una sirena llamada Arizona. Empero, sus problemas de estudios, retrasaban su puesta en escena por lo que su camino al estrellato, que se detuvo bruscamente, de forma más injusta. Slaughter tenía 18 años y charlaba en su apartamento con su novia, de 15, cuando el padre de la chica, un detective de la policía de Los Ángeles, comenzó a llamar a la puerta con insistencia y nerviosismo. Al abrir, un disparo retumbó para la eternidad en Rancho Cucamonga, silenciando los sueños de vida y basket del enérgico Slaughter, que cayó al suelo. Sólo una bala al corazón podía acabar con sus ganas de vivir. Maldita puntería la de aquel loco. Maldita aquella noche de mayo de 1996. Slaughter, la futura estrella Jemall Slaughter… acababa de fallecer.


La jaula de Marcus

Aquel entusiasta niño no se merecía vivir algo así. ¿Acaso algún niño lo merece? Marcus Anthony Slaughter, hasta esa pesadilla, había vivido una infancia “feliz”. Nacido en San Leandro 11 años atrás, una pequeña localidad de California, se había acostumbrado a los cambios. Mudanzas, nuevos proyectos, nuevos amigos. Siempre con el sol californiano de testigo.

Nacido entre balones de basket, él no se enganchó a este deporte. “Era el único de mi familia que no jugaba”. Escuchaba atentamente las anécdotas de su padre Dwight, All American en el High School que llegó a hacer pruebas para jugar con Philadelphia en la NBA, y se divertía viendo dominar a Jemall, un modelo a imitar fuera de las canchas, allá donde su hermano mayor le compraba helados al pequeño Slaughter cuando el camión llegaba al barrio.

“Han disparado a tu hermano, vamos al hospital”. Imposible borrar esa frase ni esa visita, en ropa de pijama al hospital. Casi tan imposible como recuperar los latidos de su referente, al que ni los rezos ni las súplicas sacaron de su coma hacia la vida. Su muerte evaporaba la sonrisa que presidió la niñez de Marcus, dando paso al tormento del adolescente que no entendía la vida sin Jemall.

Su trauma resultó profundo. Dejó de ir al colegio durante tres meses por depresión, acudió a un psicólogo y su modo de ser, descarado y arrollador, derivó en la timidez del introvertido, en los silencios del que mide sus palabras, descreído del mundo y de su propio sino. El tiempo lo cura todo, dicen, mas los años no aliviaron el pesar de un Marcus al que la vuelta a la normalidad no recondujo.

La rutina enjaulaba al pájaro sin alas. Recluido en su habitación, Marcus se pasaba nueve horas al día delante del televisor, jugando a la videoconsola. Un buen día, Dwight dijo basta. “No sé si me sentía capaz de vivir con un joven de 2 metros que prefería jugar a la Nintendo que tirar a canasta”, confesaría años más tarde su padre, que le pidió un paso al frente a su ser más querido: “¿Qué quieres hacer con tu vida? ¿Vas a encontrar trabajo así? ¡Juega al baloncesto! Ahora… te toca a ti”. El hijo asintió, entre lágrimas, antes de darle un abrazo que cambiaría su vida.


Explosión inesperada

Tenía 17 años y, hasta ese momento, Marcus no había jugado prácticamente casi nada. Algún tiro en el recreo o en clase de gimnasia, aquellas que hasta intentaba saltarse con prescripción médica. “Desde que nací, estaba rodeado de baloncesto por todos lados. Me gustó y acabé contagiándome. Era alto, cada año crecía más y mi padre me convenció para aprovechar mi altura".

Con un margen demasiado escaso para llegar a la élite por retrasar tanto su idilio con el balón, su primer año superó todas las previsiones. Incluso las de su optimista padre. El entrenador de Valley View se frotaba los ojos. Aquel chico al que no le apetecía jugar hasta pocos meses antes, lideraba al equipo con medias asombrosas (21 puntos, 14,3 rebotes y 3,5 tapones por encuentro). Al siguiente verano, en un torneo que reunía a 344 equipos y más de 4.500 jugadores, brilló con luz propia, eclipsando a Charles Villanueva en la final. Más tarde, en su segundo y último año de basket en el instituto, en JW North, un centro más potente que el anterior, mantuvo sus cifras, confirmando que no era flor de un día.

“Se me daba bien”, dice hoy casi con extrañeza. “Me permitió conseguir una beca para ir a una buena universidad”. Arizona, Louisville, Seton Hall y Washington State se lo rifaban, aunque resultó San Diego State la elegida por el jugador, que llegó sin complejos a la universidad. Ya en su estreno, saliendo desde el banquillo y con pocos minutos, sorprendía anotando 19 puntos para los ‘Aztecas’. ¿Pero dónde diablos estaba el techo de esas ansias por recuperar el tiempo perdido?

Sus números se estabilizaron en su primera temporada en la NCAA (7,9 puntos y 6,8 rebotes), siempre cumpliendo un rol de suplente y sentando las bases del jugador que llegaría a ser muy poco más tarde. “Mi primer año fue de aclimatación, era nuevo y debía adaptarme. Era un ritmo mucho más rápido que en el instituto, pero al final de mi primera campaña ya empecé a estar más rodado, jugando mejor y sintiéndome más cómodo. En los dos años siguientes podría demostrar más cosas…”. Y tanto que lo haría.


El dueño del 'Matadero'

Sólo había jugado tres años al baloncesto y ya tenía a decenas de ojeadores y especialistas siguiendo cada uno de sus pasos. Y de sus vuelos, mates, tapones o carreras por la pista. El pequeño Slaughter, definitivamente, comenzaba a vivir, y lo hacía desde el parqué, con una superioridad insultante y unas condiciones físicas que le empujaban a entregar la última gota de su sudor, el trocito final de su alma, al baloncesto.

Sus medias se multiplicaron hasta los 17,8 puntos y 9 rebotes por choque. Los rivales le temían, sus aficionados le adoraban. Tanto, que los ‘Aztecas’ rebautizaban con ingenio el nombre del pabellón, Cox Arena, para jugar con el apellido de Marcus y llamarlo “The Slaughterhouse” (“El matadero”). Todo el que pasaba por allí salía trasquilado por un auténtico animal imposible de defender que encandilaba por sus muelles y su explosividad y emocionaba, al mismo tiempo, a su padre, que creía ver a Jemall en el cuerpo de su hermano.

Su carácter impulsivo le condujo a querer presentarse al draft en 2005, después de sólo dos años en San Diego, aunque una hora antes de empezar un work-out en Chicago se lesionó en una mano y, al no haber contratado aún agente, pudo regresar a la universidad. “Todo pasa por una razón… el año que viene me presentaré buscando ser primera ronda”, exclamaría con rabia aquel día.

En su tercera campaña, los números se estancaron (16,5 pt, 11 reb), mas su baloncesto ganó en riqueza. Pulió su pase y su defensa y, si bien el tiro no era su mejor baza –y aún menos, el exterior- fue abriendo su juego y amenazando el aro desde media distancia, quizá consciente de que sus opciones en la NBA pasaban por reconvertirse en alero. Por si fuera poco, llevó a los Aztecas hasta su quinta aparición en su historia en el torneo final de la NCAA donde sólo los Hoosiers del hoy jugador del Cajasol Earl Calloway le despertaron de su sueño en segunda ronda. “Me dieron mucha confianza, el entrenador apostaba por mí y jugando relajado pude hacerlo bien durante esos dos años”. Quizá demasiado bien para tanta impaciencia.

"Te lo dijimos"

Marcus Slaughter tenía un cartel más que interesante. Sus condiciones físicas llamaban la atención y su evolución en tan corto periodo de tiempo no pasaba desapercibida para la NBA. Los elogios, su confianza y un infarto repentino de su padre, que quedó en mero susto, precipitaron los acontecimientos. Él quiso hacerlo todo a su ritmo, locura descontrolada.

Steve Fisher, su técnico, le rogó que se quedase un año más en el equipo para completar su formación pero él quería presentarse al draft, incluso sin la certeza de ser un Top40, contrató a un agente y ya no había marcha atrás. “No encuentro motivos para volver. Es mi oportunidad, mi sueño”, explicaba, sin intuir la inminente pesadilla.

Qué gris aquella noche del 28 de junio para Marcus, en la que se quedó compuesto, y sin NBA. Desde Santa Monica, compartió su desilusión con varios amigos cercanos, derramando menos lágrimas que las que lloró su madre en la distancia. Había organizado una fiesta, con más de treinta personas, camisetas conmemorativas para la ocasión y hasta periodistas invitados, en el día más importante de la carrera de su hijo.



Velada interminable, agónica espera. “Va a salir pronto, va a salir pronto”, aseguraba. Y pasaron tres horas de la primera ronda sin oír su nombre y otras dos de la segunda para confirmar el olvido. Quizá las dudas que generaba su físico, en alguien bajo para defender a un 4 y sin tiro lejano para ser un 3 en la NBA. Quizá las prisas. Quizá el destino. Muchas preguntas y una sola respuesta del mundo del basket. La más inoportuna, la más hiriente: ”Te lo dijimos”.

“Resultó una decepción muy grande. Tenía razones familiares para dejar la Universidad”, explica el actual jugador del Blancos de Rueda, con la perspectiva y frialdad que sólo el paso del tiempo otorga. “Estaba hablando con un equipo y al mismo tiempo mi agente le decía que no me drafteara, ya que a él no le interesaba esa franquicia. Y no me escogieron. Fue triste para mí y mi familia, me costó un tiempo asimilarlo aunque decidí pasar página, cambiar de agente… y venirme a Europa”. Perecía el soñador y nacía el trotamundos.

Impacto turco

“Al fin y al cabo, es todo una cuestión de ego, hay mucha gente drafteada que no juega. Simplemente, tengo más trabajo por delante que otros”, se consolaba a sí mismo Marcus, que se mentalizaba para reconstruir su camino hacia la élite tras otro golpe de la vida.

Aquel verano coqueteó con los Lakers, con los que llegó a promediar 8,5 puntos y 5,6 rebotes en una liga de verano, renunciando a su estilo con tal de encontrar un hueco en la élite. “En mi universidad era anotador, pero en Los Angeles hay cinco tíos que pueden anotar 20 puntos, especialmente en un equipo con Kobe. Pues yo corro, defiendo y hago lo que me pidan”. Ni ese cambio de filosofía le sirvió para ganarse un contrato, por lo que él y su petate cruzaron el charco hacia otro mundo, para jugar en Izmir, en el Pinar Karsiyaka turco.



“Encontré muchas diferencias allí, no tenía nada que ver con lo que antes había visto. Me costaba adaptarme al idioma y a esa cultura, echaba de menos a mi gente aunque mi familia pudo venir y me sirvió de gran ayuda”. Tanto que le pagaba un 10% de su salario a su padre para que le preparase la comida y le hiciera de chofer durante un año que le pareció “muy largo”.

No obstante, en la pista no se reflejaba ese cansancio mental, todo lo contrario. Muy en sintonía con sus aficionados, que le adoraban tanto como los ‘Aztecas’, Slaughter prometía 13,3 puntos y 10,2 rebotes por encuentro en un conjunto en el que compartía vestuario con el mítico Rashard Griffith que acabó duodécimo en liga y rozó la sorpresa en la Copa, llegando hasta semifinales. También acudió al All Star de Turquía, donde se proclamó MVP. “Si cualquier otro europeo de 21 años jugase así e hiciera estos números aquí, sería una primera ronda del draft”, sostenía su agente, consciente al mismo tiempo de que al jugador no se le caían los anillos por aparcar su obsesión NBA.

“Que vengan si quieren a mi casa y se rían. Si esto es un fracaso, hay mucha gente a la que le gustaría fracasar”, decía con sorna el jugador, cuyo padre era aún más categórico: “Si la NBA nunca quiere a Marcus, se hará millonario en Europa”.


Del hotel al currywurst

La brillante temporada de Slaughter en Turquía no pasó desapercibida. Ni siquiera para Miami. Los Heat apostaron por el jugador, al que veían un clon de James Singleton y con un enorme potencial para defender y rebotear. Así pues, le firmaron en el periodo estival, en el que protagonizó actuaciones meritorias, como las de aquel amistoso frente a los Pistons en el que los máximos anotadores de Miami fueron él y Brian Chase, curiosamente dos jugadores cuyo futuro se colorearía de morado. Y papá Dwight volvió a llorar, esta vez de felicidad. “Era sólo un partido de verano pero cuando vi a Pat Riley poner la mano sobre el hombro de mi hijo, aconsejándole antes de salir a pista, no pude evitar las lágrimas”.

Desafortunadamente, los caminos de Slaughter y Miami se separaron antes de que el ala-pívot pudiese debutar en la NBA, pero nadie le quitaría ya jamás a su progenitor ese instante tan puro del orgullo más salvaje.

Otra vez a hacer las maletas. Ahora, destino Jerusalén. “Me gustó el país, todos hablaban inglés, es mejor para un americano y mucho más fácil de adaptarse así. Me encantaba la comida y conecté con los aficionados”. ¿Qué pasó pues para que su aventura en el Hapoel Migdal durase tan poco?Sus números no fueron los de Turquía (8 puntos, 6,4 rebotes por choque), aunque un suceso lo precipitó todo. El estadounidense fue cortado y el club, para justificarse, sostuvo que en un partido de Eurocup, en Estrasburgo, vieron a una chica en su habitación, dando lugar a todo tipo de especulaciones. Marcus se defendía en su despedida, muy dolido por el trato del club, afirmando que la mujer era una amiga que ya conocía antes de ir a Francia y que además, no estaba solo en el hotel sino con su compañero de habitación Anthony Robinson: “Me mirarán mal en el aeropuerto y me da vergüenza porque es una mentira. Dicen que soy mala persona, me calumnian y nunca he hecho algo así en mi vida, es una locura. La gente sabrá la verdad… pero en un juzgado”.

Con el tiempo y mayor madurez, hoy Slaughter explica una polémica estéril que no manchó su buena imagen y que se quedó en papel mojado: “En Europa tienes mucha presión por ganar partidos. Cuando no se hace, hay que echarle las culpas a alguien y normalmente miran a los americanos del equipo”. Entre risas, prosigue: “Es parte del juego, me pasó a mí, no ganábamos y me cortaron. Así funciona esto”.



Pronto encontró acomodo, en el Gravellines francés, donde alcanzó los 14,9 puntos de valoración por choque (9,5 pt, 7,2 rb, 1,4 asis, 1,3 tap.) y volvió a cautivar a una afición más, después de aparecer en su estreno con un gorro de cowboy para celebrar con sus seguidores el carnaval. “Me sirvió la experiencia, el conjunto no estaba en una situación idónea pero fue un paso más. Venía triste de Israel y había salido todo mal, por lo que acepté esa propuesta. Jugué bien allí”.

Cual trotamundos convencido, continuó su tour europeo, aceptando la oferta del Eisaeren Bremerhaven alemán, donde promedió una más que sobresaliente media de 18 puntos, 9,7 rebotes y 22,7 de valoración por encuentro antes de su salida, aún más sorprendente y surrealista, que ya es complicado, que la de Israel. Siendo el líder destacado del equipo, repentinamente se quedó fuera de la convocatoria para un partido en Colonia, para acabar siendo cortado a la semana siguiente.

La leyenda urbana nació en un periódico y creció con el boca a boca, sosteniendo que el motivo era que Marcus se había comido uno de esos deliciosos manjares que pueblan las calles alemanas de nombre ”currywurst” -salchicha con salsa de curry, en castizo- media hora antes de un partido. Otras fuentes hablaban de mala relación con el entrenador Salakauskas y el propio club habló de distanciamiento con sus compañeros. Pero Marcus lo tiene muy claro “Empezamos mal, con 0 victorias y 7 derrotas y como te he contado, aquí en Europa cuando hay que cambiar algo… ¡se mira al americano! Injusto o no, da igual, como dio igual que fuese el mejor del equipo desde pretemporada. Fuera. Así va esto… y así me tuve que ir”. Aún no lo sabía pero la anécdota se convirtió en catapulta.

El decatleta domina Francia

Otra vez Francia, un país que adora, llamó a su puerta. En esta ocasión el que tocó el timbre fue Le Havre, donde desplegó todos sus fundamentos para acabar firmando en la 2008-09 la mejor temporada de su etapa profesional y convertirse en el jugador más valorado del país galo, con 21,5 de media, merced a sus 16 puntos y 9,5 rebotes –también 1º en la liga- de promedio, con números igualmente brillantes en Eurocup.


“Mejoró muchísimo mi situación. En Le Havre me dejaron jugar bastante, fue una temporada fantástica y me abrió las puertas del Nancy”. En efecto, un conjunto más ambicioso se fijó en sus servicios, tras campar a sus anchas en la zona de cada cancha gala. El SLUC Nancy lo presentaba, a su llegada, como un “decatleta del basket” porque “sabía hacer de todo: correr, saltar, anotar, defender…”

Y no defraudó, con números notables (13 puntos y 7,2 rebotes de media), para una temporada donde deslumbró por sus muelles y sus mates imposibles a Europa entera. “El pasado fue un gran año. En la pista bien y fuera de ella, aún mejor. El equipo era como una familia, había cuatro americanos y todos estábamos muy unidos, comíamos juntos… me encantó esa situación y fue todo mucho más fácil así”.

No le pudo poner la guinda con un mejor puesto de su equipo, 5º finalmente y eliminado en Playoff, otra paradoja más para la lista, por el Gravellines, aunque el de San Leandro no quiso quitarse la espina clavada sino emprender una nueva aventura, ahora en la liga más potente de Europa. “Sentí por momentos que podía hacer lo que quisiera en Francia. Fui líder en rebotes y estaba en los tops de anotación y valoración. Deseaba un reto mayor, jugar contra gente aún mejor, desafiarme a mí mismo. Por eso quise venir a España… tenía que hacerlo”.

El Blancos de Rueda, que le seguía desde hace tiempo, apostó por él buscando “consistencia, juventud y energía” y Slaughter se dejó embelesar, a pesar de tener propuestas de conjuntos de Euroliga. Valladolid se frotaba las manos.


La ambición aterriza en Valladolid

“Me llamo Marcus Slaughter, estoy aquí, en la ciudad de Rueda”, afirmaba divertido en su presentación en español, que ha prometido aprender a marchas forzadas. Su ilusión por el nuevo proyecto contrasta con las dificultades por adaptarse a una liga mucho más exigente que las anteriores y, desde pretemporada, a Slaughter le ha costado encontrar su hueco en un equipo que funciona como un verdadero bloque y no entiende de individualidades.

Hasta el pasado sábado, Marcus sólo había podido aportar unas cifras decentes, con mates maravillosos y una actitud encomiable por su compromiso. Poco bagaje para un jugador que sabe que sus límites están mucho más arriba. Sin embargo Slaughter disipó dudas con una enorme actuación contra el DKV, al que endosó 17 puntos (7/8 T2), 5 rebotes y 28 de valoración en sólo 20 minutos de juego. ¿El secreto? Según él, precisamente ese… los minutos. “Más que adaptación, aún no había jugado mucho, es un momento todavía temprano en la temporada. El otro día jugué bastante tiempo y pude demostrar cosas. Aunque sí que es verdad que esta es una liga mejor, el nivel es más elevado, hay más centímetros y el arbitraje es diferente. Tendré que ajustarme a los cambios, pero me gustan.”.

Amante de España, de su gente y de su comida, Marcus no disimula que está encantado con su ciudad actual y con su club: “Valladolid no es grande pero está muy bien. Además, en el equipo hay bastante química con los compañeros y se está demostrando en forma de victorias. Debemos exprimir nuestro potencial, acabar lo más alto posible, jugar duro y ver lo que pasa.”. Reflexiones de la pieza que le faltaba a uno de los equipos revelación de la ACB para alimentar sus anhelos de grandeza, que el estadounidense resume con un juego de palabras: “No estamos obligados a ser un equipo de Playoff pero nos encantaría convertirnos en un equipo de Playoff”.

Tatuada en el alma, la palabra ambición cobra en su boca un significado más radical: “Más lejos, más lejos, siempre hay que llegar lo más lejos que se pueda. ACB, equipos ambiciosos, después quizás la NBA, que sigue siendo un sueño y una posibilidad, jugar con los mejores… lo que sea. El reto es jugar siempre al límite, darlo todo en cada sitio a donde me conduzca mi baloncesto”. No le ha ido mal con esa fórmula.


Va por Jemall

Enérgico, duro, generoso, agresivo y carne de Youtube, donde sus mates compiten con la faceta de showman del gigante con zapatillas del 51. Machaca sin inmutarse –“para mí son sólo 2 puntos, como una bandeja, aunque parece que a la gente le gusta verlos”- y ya protagonizó uno de los mejores mates de la temporada, aunque hay algo que conecta incluso más que sus vuelos, su implicación.

En Turquía, Israel y Francia ya conocen sus bailes y hasta se le pudo ver tocando el bombo junto a sus propios aficionados. ¿Cuándo le veremos hacerlo en España? “Los fans me querían mucho y quería corresponderles. También era más joven y ahora me estoy haciendo mayor, aunque me encanta la afición pucelana. Quizás si, en un partido grande que ganemos en casa, me hayan apoyado muchísimo y me sienta genial, diga, ‘OK, vamos a pasarlo bien’. Lo veremos”.

Cantante, danzarín y extrovertido sin mesura en la cancha, Slaughter es otra persona más allá del parqué. Voz grave y pausada, serenidad sin fecha de caducidad para aquel que disfruta entrenando o quedándose en casa para ver la tele, hablar con sus seres queridos del otro lado del charco -“No podré visitarles en Navidades, ya vinieron mi padre y mi hermano y pronto lo hará mi madre”- y dormir, dormir todo lo que pueda.

“Me levanto cada día diciéndome que ese puede ser el día más bonito de mi vida”, confesaba en Francia. Y lo hace acordándose de su hermano Jemall, aquel por cuyo espíritu e inspiración queda poseído cada vez que se funde con el naranja del balón y que está presente en sus botas -J-Paul #44- y en su dorsal, al fin en su dorsal.

“¡Por fin he podido! En el instituto su número 44 no estaba disponible y me puse el 42. Llego a la Universidad y también habían retirado el dorsal de Jemall. Llego a Turquía y no aceptaban números altos, por lo que me tuve que aguantar. Qué mala suerte. En cada país al que voy me dicen que no, que sólo del 4 al 15. Cuando llegué aquí y pude me alegré muchísimo. Qué maravilla, adiós 42, me quedo con el 44. Tantos años esperando… aquí me quedaré mucho tiempo que me dejan ponérmelo”, afirma entre carcajadas, para ponerse serio recordando con emoción a aquella perla con su misma sangre a la que un cobarde tiro secó su sonrisa: “Antes de cada partido hablo con mi hermano, que me está viendo desde el cielo. Sé que nos apoya, a mi familia y a mí. Le doy un beso a la camiseta y juego. Juego por él”.


Suena Eminem y su ‘Lose yourself’, banda sonora original de “8 miles”. Marcus sube el volumen, en pleno trance. “Es la canción que usaría para motivarme antes de una final”. “Si tuvieras un disparo... una oportunidad para conseguir todo lo que siempre deseaste.... ¿la cogerías o la dejarías escapar?” “Se puede aplicar a todos los ámbitos: en el basket, en otro deporte, en tu trabajo…cuando tienes una opción de cambiarlo todo, hay que aprovecharla”.

Slaughter hace suya esa canción, sabedor de que cada paso de esa carrera de obstáculos llamada vida merece la pena. Consciente de que sin aquellas duras palabras de su padre y esas lágrimas posteriores quizás hoy estaría perdido, sin rumbo, sin baloncesto, sin nada. A los 17, un balón se cruzó en su camino, ese coloreado por bailes, salchichas y lágrimas, que le llevó hasta Valladolid. Nunca es tarde si el talento es bueno.

Su padre le mira, orgulloso del reflejo de su propia insistencia. Su madre, que jamás se quitó su camiseta del draft, vendrá a España para poder presumir en persona de hijo y su hermano, allá donde esté, le guiña con orgullo, con la paz que da saber que el '44' cayó en buenas manos y que la profecía que un día oyó su madre aún nadie la pudo enterrar. Va por Jemall y por el basket. Va por la maldita vida…

Daniel Barranquero
@danibarranquero
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