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Earl Manigault: La historia más grande jamás contada
Cuando Kareem Abdul-Jabbar se retiró, había vivido dos tercios de la historia de la NBA y los barrios negros de NY, habiéndose enfrentado a más de 12.000 jugadores. Preguntado sobre quién había sido el mejor...


Earl Manigault

Toda Edad de Oro en una competición no sólo tiene lugar por la presencia de los mejores. Sino por la automática atracción que ejercieron sobre el resto. La excelencia o superioridad de ciertas figuras, hoy legendarias, produjeron un impulso de adhesión que se extendía desde el juego a los ojos, de los protagonistas a los espectadores. De entre todos los genuinos hijos de la calle destacará eternamente una figura casi por encima de todas: Earl 'The Goat' Manigault. Las hazañas de aquel extraño fenómeno fueron admitidas en su lugar y época como algo sobrenatural y con seguridad lo seguirían siendo hoy en día. Rara vez ocurre pero en el curso de la historia surgen prodigios que parecen a salvo de las inexorables leyes de la evolución, de su ritmo lento y gradual, como si dieran un salto a la era que les tocó vivir. La frecuencia de zancada en Jesse Owens o Michael Johnson, o la excelencia dinámica en Nadia Comaneci o Greg Louganis materializan esos saltos sin que el presente logre aún igualarlos. Con Manigault puede ocurrir que su vuelo vertical siga siendo el más asombroso de todos los tiempos. Sólo que el mundo no pudo verlo.

El tiempo no ha hecho más que engrandecer su leyenda, hasta hacerla a menudo caer en la exageración por el encono en mantener viva la llama de su legado a través de sus testigos. Y de quienes no lo fueron. Para algunos, como Abdul-Jabbar, fue el mejor. Pero incluso de serlo cabría preguntarse en qué. Y conviene aquí el gran matiz: Manigault vivió de una sola actividad: el circo, su sentido más genuino, el más fabuloso quizá nunca visto entre dos aros. Pero el circo de principio a fin. Como si obedeciendo a una profunda exigencia de su organismo se entregara apasionadamente al ejercicio de una sola actividad espontánea. “The Goat was only 6-1, but like 'Jumpin' Jackie Jackson before him and 'Jumpin' Artie Green after, he made his name in the air”, acertaba en describirle el periodista Russ Bengtson. El aire. No el suelo.

Se ignora si realmente fue el jugador que más horas de calle entregó al baloncesto. Pero difícilmente hubo algún otro anónimo del asfalto cuyo baloncesto resultara más sensacional. Su biografía, en cambio, fue una tragedia. Y hasta en su grado abría también brecha con otros muchos hijos de la miseria.

Vino al mundo el verano del 44 en Charleston (Carolina del Sur) como el último de nueve hermanos en una familia abandonada al infortunio. Con apenas cinco años su madre, Mary Manigault, emigra al corazón neoyorquino del West Side, en la calle 99, donde se hacina toda una comunidad negra que no disfrutaba de mejores condiciones que los Manigault. O tal vez sí. Porque una triste chabola de madera será el cobijo a la familia durante años, un improvisado refugio sin apenas higiene en medio de la jungla. La madre estará ausente cada jornada metiendo horas a destajo en una lavandería por un puñado de pavos para poder alimentar a sus hijos, que gradualmente van desapareciendo absorbidos por el abismo de las calles.

Las primeras páginas en la vida del pequeño Earl trascurren en un marasmo inhabitable de drogas, violencia y crimen. Donde contempla en infantil silencio las luchas fratricidas entre bandas rivales y muchos de sus vecinos van cayendo como moscas. Otro escenario, también de lucha pero distinta, le marcará muy pronto: la Rucker, nacida en 1946 en tributo a Holcombe Rucker. Allí asiste con ocho años, en 1962, a uno de los partidos más legendarios en el todavía joven curso del torneo: el duelo entre Wilt Chamberlain y Connie Hawkins. Y sin embargo no es ninguno de ellos quien más le impresiona. Lo hará Jackie Jackson en cada uno de sus vuelos, que la gente parece celebrar más que ninguna otra cosa. Y aquéllo fue lo que Earl absorberá con más fuerza. Los saltos, lo que era posible hacer con ellos, la creación improvisada de acrobacias en pleno vuelo. Y sobre todo cuando al cabo supo que por alguna extraña razón saltaba muchísimo más que el resto. Incluso más que jugadores que le doblaban en edad. Con 13 años y midiendo 1.65 ya era capaz de hacer algo más que tocar el aro. Se ganaba el asombro de sus compañeros en el instituto Benjamin Franklin al poder machacar libros y balón simultáneamente. En la Public Athletic League se hizo una estrella promediando 24 puntos y 11 rebotes.

Allí además comienza a jugar con algo más de orden, madurando incluso su juego de ataque. Allí es donde recibe su bautizo. La pésima pronunciación de su apellido por parte de un maestro ('many-goat') le granjeará el sobrenombre que le acompañará para siempre ('The Goat', 'La Cabra'). Pero al mismo tiempo que era capaz de anotar 57 puntos en un partido y establecer la mejor marca en un Junior HS neoyorquino, inicia sus primeros escarceos con la droga, que prácticamente había visto desde que abriera los ojos. Por eso no le escandaliza. Y la marihuana será el primer motivo de su expulsión de la escuela.

Sin embargo consigue el diploma de estudios en el instituto Laurindburg de Carolina del Norte, donde a los 17 años continúa siendo una mezcla de jugador, feriante y amigo de la droga blanda. Pese a todo, su fama como gran jugador (allí promedia en un año los 31 puntos y 13 rebotes) se extiende como la pólvora y representantes de hasta un centenar de universidades le cortejan ofreciéndole becas un total de 75 para su ingreso como estudiantes. Indiana, Duke y North Carolina estaban entre ellas. Pero Manigault, en toda su humana ingenuidad, intuyendo que el peso de lo académico le superaba, elige la minúscula Johnson C. University por acoger únicamente a estudiantes de raza negra. Allí descubre por primera vez la rudeza de un entrenador, Bill McCullough, con quien cruzará una relación imposible que dura tan sólo seis meses. Transcurrido ese período escapa para regresar definitivamente a Harlem, al 'guetto', su líquido elemento.

En adelante y sin estudios toda su existencia girará en torno al baloncesto, allá donde entiende que su indigencia podía ser combatida, como la única forma de ganarse la vida. Para ello disputaba todos los partidos posibles, incansablemente, llegando a apurar jornadas de hasta 20 horas sin descanso. Cientos, miles de partidos anónimos que hacían de innumerables rincones en Harlem y el Upper West un carnaval interminable de aros que nunca se deshacen. Es allí, a finales de los años sesenta, donde la fama de Manigault alcanza su máximo esplendor. Sus acciones no tenían parangón y es seguido por multitudes para verle jugar. En uno de aquellos partidos un jovencito de Roosevelt llamado Julius Erving le abordó de pura admiración para decirle: “Dios, es verdad todo lo que había oído sobre ti”.


Earl Manigault jugando la Rucker League

Nada esclarece mejor el legado de Manigault que su constante voluntad y tremendo poder para despegarse del suelo como, tal vez, ningún otro jugador jamás. El natural uso de las piernas y una asombrosa ligereza actuaban de resortes vigorosos para dispararse hacia el cielo de un solo golpe, como una combustión espontánea. Era, como recogía el New Yorker en palabras de Bill Bradley, “the best description of a basketball played in NYC streets during the sixties and seventies”. Como si Manigault personalizara como nadie la era más relevante en el baloncesto neoyorquino al aire libre. Una ciudad y una era, de cronología muy precisa, que descubren el baloncesto de saltos como nunca antes. Hasta entonces el espacio entre el aro y el suelo era una simple proporción de estaturas: si uno era Russell o Chamberlain la lógica justificaba sus embates a capón. De ahí que ejemplos como Baylor y Cazzie Russell sorprendiesen tanto en la NBA cuando en la Rucker de entre 1965 y 1975 ya anidaban las primeras grandes aves: Jackie Jackson, Connie Hawkins, Earl Manigault, Herman Knowings, Julius Erving y anónimos como Ollie Taylor, Phil Sellers o Artie Green. De entre todos ellos despuntará Manigault como un rey.

El primero de sus grandes números, por el que más será conocido, era el Double Dunk, un gesto de sobradísima galería al tendido. Russ Bengtson lo resumía someramente en SLAM: “Many claim to have witnessed the 'double dunk', where Manigault dunked the ball, caught it in mid-air with the other hand, and dunked it again”. Lo más sorprendente es que era capaz de hacerlo en pleno juego. En 'The City Game' el cronista Pete Axthelm describía la hazaña en estos términos: “Occasionally he would drive past a few defenders, dunk the ball with one hand, catch it with the other and raise it and stuff it through the hoop a second time before returning to earth”. Se trata de una de las maravillas más colosales de la creación en el aire y que la película biográfica Rebound no acertaba a recoger en exactitud. El 'double dunk' no consistía en colgarse del aro un cuerpo muerto para prorrogar pesadamente la maniobra de llevar el balón a un segundo mate. Sino de un prodigioso doble gesto detonado en un mismo salto. Una suspensión suficiente para machacar el balón dos veces con distinta mano. Manigault solía realizarlo bien desde la frontal con una batida a dos piernas o de una segunda forma, mucho más dilatada, que descrita insinúa algo nunca repetido. Una escapada fugaz de la defensa desde el ala derecha del ataque le permitía tomar la suficiente velocidad para despegar desde las letras con su pie izquierdo (desde igual punto que Dr J en su aro pasado de 1980), dar la espalda al tablero, matar aprisa el balón con su mano izquierda, recogerlo con su derecha y levantarla para ejecutar un segundo mate dejando atrás el aro y cayendo en las letras opuestas. 'Two dunks in one'. Una obra de arte que sofisticó magistralmente a cada nuevo ensayo hasta realizarlo a la endiablada velocidad de un dibujo animado, como una recreación virtual de hoy en día. Durante el concurso de mates de 1984 Larry Nance elaboró con dos balones una réplica cercana a la fisonomía del 'double dunk'. Pero no más. Manigault lo hacía con un solo balón en una suspensión salvaje, de tal grado en ocasiones que más de una vez empleó como un acto reflejo su mano izquierda, la del primer mate, para evitar golpear el aro con la cabeza.

La dimensión de algo así para una estatura de 1.85 resulta de difícil comprensión. La sobrehumana condición de un prodigio semejante condujo a Barry Beckham a titular toda una biografía con un simbólico y elocuente 'Double Dunk'.

Manigault combatía la pobreza a través de números circenses pagados en la calle a miseria. La necesidad de dinero motivaba que muchas de sus hazañas vinieran precedidas por mezquinas apuestas que debía ganar para poder alimentarse. Así funcionaba la feria y en eso se convirtió su vida. Y no eran muchos los que ofrecían recompensa ni la recompensa era tal. Una moneda de 25 centavos, un simple quarter, solía ser la limosna más habitual. Y es aquí donde la leyenda adquiere su carácter más profundo. Que los chiquillos, escalando por los soportes, dejaran la moneda sobre el canto del tablero. Que los vítores estimularan al protagonista. Y que acto seguido, atrapando el balón en su mano izquierda para dejar libre la otra, batiera aquellos imposibles cuatro pies y medio -en torno a los 132 de vertical- para alcanzar su presa antes de machacar el balón en caída libre.

El joven Manigault, que años atrás lo viera hacer a Jackie Jackson (cap. XVI), daba a la acción un volumen mucho mayor recreándose con ambas manos a modo de tomahawk en plena caída. Y el árbol de metal quedaba temblando. Como temblaría el hierro y casi el suelo la tarde de un partido en que fue capaz de saltar sobre dos jugadores de mayor estatura (Val Reed y Vaughn Harper) desde un palmo por delante del tiro libre para rematar el balón a dos manos. “And the crowd... went crazy”. Lo que años después se conocería como '360' era llamado entonces 'Around the World', principalmente, porque Manigault era capaz de añadir medio giro más al cuerpo culminando el mate de espaldas.

A causa de una pésima alimentación y un carácter apenas formado Manigault acabó siendo pronto presa fácil de los sucedáneos que proporcionaba la calle. Y por su precio, de los peores. “Cuando abandoné el colegio me incliné a la heroína con facilidad”. En 1969 fue encarcelado por posesión de heroína. Tuvo suerte y evitó cinco años de condena. Pero en Green Haven pasó los primeros 16 meses a la sombra. Su regreso a la Rucker, entonces en el cruce de la 129 con la Séptima, fue todo un acontecimiento que agrupará cada sagrada jornada a miles de seguidores procedentes de todos los rincones de la ciudad. Era la Edad de Oro en todo su esplendor donde alternativamente se entremezclan Alcindor, Hawkins, Monroe, Archibald, Erving y un etcétera irrepetible. Manigault formará equipo en el mítico Urban League y, ocasionalmente, el quinteto formado por The Goat, Joe Lewis, Joe Hammond, Pee Wee Kirkland y Herman Knowings, fue sin duda el más genuino y bizarro de cuantos haya dado la profunda historia de la suburbia norteamericana.

Junto a ellos Manigault sería protagonista de una de sus más memorables hazañas. Arrancando el partido, una voz proveniente del público le ofreció 60 dólares si conseguía 20 mates de espaldas en pleno juego. 60 dólares era mucho dinero. 'The Goat' aceptó la apuesta y logró repetir la acción hasta 36 veces, todas ellas de manera consecutiva.

Las crónicas insisten en su erotismo por el mate sobre jugadores mucho más altos que él, a quienes gustaba de pasar literalmente por encima. El milagro de Carter en Sydney era algo que Manigault frecuentaba con misteriosa facilidad. “Podía saltar por encima de jugadores ocho pulgadas más altos que él sin tener que driblarles”, escribía Axthelm mientras Gene Williams, co-fundador junto a Holcombe Rucker del torneo más célebre en asfalto, añadía que “la capacidad de salto para un hombre de su altura era algo asombroso, increíble”. En unas acciones de pura galería, mejor cuanto más suicida, Manigault era capaz de aprovechar su salto y encaramarse a lo alto del aro hasta cubrirlo con su pecho y aguantar allí detenido. “He used his 52-plus-inch vertical to do things on the playground that no one had seen before, anywhere”. El tiempo parecía detenerse cuando 'The Goat' conquistaba sus cimas, allá donde nadie había llegado.

Pero al mismo tiempo empezó a poner igual empeño en destrozar su vida. Entrados los años setenta Manigault se convirtió en un profundo adicto a la heroína que precisaba cada día en torno a 100 dólares para calmar la sed de sus venas. Como indicaba Brian Lindstrom: “Instead of an NBA All-Star, he became a junkie and a convict”. Sin hogar ni familia reconocida (muchos de sus hermanos habían muerto) buscaba desesperadamente pernoctar en cualquier sucio nido a la buena voluntad a cambio de servicios de entrega rápida. Mientras, colegas como Kirkland o Hammond se hacían de oro sin ensuciarse demasiado las manos. Gracias a ellos Manigault conseguía con frecuencia porquería que de otro modo no podía pagar. Al tener que hacerlo empezó a robar deslizándose hacia las zonas pudientes de Manhattan donde poder birlar algún abrigo de visón. Su salud inicia entonces un deterioro imparable. En el transcurso de un partido sufre dos desmayos fulminantes, casi consecutivos, y el calor del público comienza a enfriar. Los aplausos y vítores desaparecen.

Hasta él habían llegado los devaneos de Hammond y Kirkland con equipos de la NBA como Lakers y Bulls. Manigault no podía decir lo mismo. Pero la publicación en aquel entonces de un libro emblemático, The City Game, de Pete Axthelm, impresiona sobremanera a un hombre, el propietario de los Utah Stars de la ABA Bill Daniels, que busca confirmar a través de un testigo, Peter Vecsey, si todo aquello que leía de Manigault era cierto. Lo era. Y Daniels ofrece una prueba a 'The Goat' al salir de la cárcel. Juega con ellos la mitad de la pretemporada. Y en vísperas de un partido de exhibición ante los Bucks le dicen adiós. Para entonces Daniels tenía cumplida información sobre aquel hombre, a sus ojos, un negro más de la calle, con su lastre inagotable de problemas. Fueron unos pocos días en Utah. Suficientes para que los Globetrotters, que habían tardado demasiado en hacerlo, ofrezcan a Earl la oportunidad de unirse a ellos. Pero a él, entonces, le había caído encima la depresión y los rechaza.


Earl "The Goat" Manigault

Así regresa otra vez al nido, donde malvive pero aguanta a través del baloncesto en 'Goat Park', entre la 98 y Amsterdam. Renace. Pero el paso de los años y una vida miserable le inclinan nuevamente al lado oscuro. La heroína llama una vez más a su puerta. Y cree ser un hombre indestructible porque el baloncesto se lo dice. Así hasta que en 1977 funda su propio torneo, 'The Goat Tournament Basketball Competition', que enloquece los alrededores de la 98. Pero la primera jornada ni llega a jugarse. La noche anterior Manigault se verá envuelto en el intento de robo a mano armada de 6 millones de dólares. La policía detiene en el Bronx aquella chapuza y Manigault vuelve a despedirse de la libertad. Dos años más entre barrotes en la prisión neoyorquina de Ossining, donde se juró no volver a probar nunca más droga alguna. Tal vez era ya demasiado tarde.

Muy devaluado físicamente después de años de adicción (haciendo honor a su sobrenombre su rostro había envejecido como una Cabra Negra) huye de Harlem, de la infernal tentación donde tantas veces había caído con sus dos hijos pequeños. Y lo hace a Charleston, Carolina del Sur. No tenía esposa reconocida. “Yo no quería que mis hijos fuesen lo que estaba siendo su padre”. En aquel estado sureño busca remontar su vida. Conoce por primera vez lo que es el trabajo honrado, duro. Levanta casas, pinta fachadas, sega céspedes. Lo que los señoritos blancos dispensaran. Sin embargo, por una irresistible añoranza y hasta la culpa de haber abandonado su torneo, no tarda en regresar a Nueva York, al sucio hogar de las calles, donde jamás volverá a ser lo que fue. Manigault se sumerge de nuevo en la indigencia, agravada por graves problemas de corazón.

Sólo que para entonces, había aprendido lo bastante de la vida para decidir enseñar a los demás cómo no destrozar la esperanza. Así comienza a entregar su tiempo a programas de rehabilitación para jóvenes drogadictos. Cada vez con más dificultad. Siente dolores muy fuertes en el pecho a causa de larga relación con el alcohol, la heroína, la coca y el humo. En 1987 será intervenido en una operación cardíaca a vida o muerte que cubren algunos viejos amigos. Tenía el cuerpo destrozado.

Salva la vida y se atreve a intentar su vuelta a una pista de juego. Comprueba que apenas puede moverse, que tiene dificultad para levantar los brazos y que en pocos minutos alcanza el ahogo. Para entonces era difícil entender su lenguaje. Su garganta había perdido tanta fuerza que apenas podía levantar la voz.

Viendo en lo que se había convertido decidió encomendarse, ya por completo, al espíritu. 'Redemption', coincidían en subrayar numerosos autores. Tal vez avistaba la cercanía de la muerte y antes de que ésta llegara pretendía dejar en vida lo que hasta entonces no pudo. Su único propósito era ayudar. Fundó varias ligas para jóvenes y tras años de batalla con autoridades del distrito, consiguió sacar adelante un proyecto subvencionado, el 'Supportive Children's Advocacy Network', que protegía a la infancia más desfavorecida. Sus logros redoblaban su fuerza para seguir adelante.

Incluso entrados los años noventa logró hacerse con un puesto en el banquillo de la Wadleigh High School con excelente resultado (“a divine unofficial coach”, firmaba el Augusta Chronicle). Brian Lindstrom, autor de un documental sobre su vida, resumía así aquel período de luz: “Earl used his status as playground basketball legend to reach Harlem youth with his pro-education and antidrug message”.

Inesperadabamente el dinero llamó a su puerta en 1991, cuando recibe unos diez mil dólares en concepto de derechos, en propiedad de una productora, la HBO, que pretendía llevar al cine su vida. El guión corre a cargo de Alan Sawyer y llevará por título 'Harlem's Angel'. Pero no será hasta 1996 cuando un incipiente director, Eriq La Salle, le rinda tributo en una película inicialmente diseñada para televisión: 'REBOUND: The Legend of Earl Manigault', protagonizada por Don Cheadle y un par de pesos pesados de la comunidad afroamericana como James Earl Jones y Forest Whitaker.

Aquel mes de noviembre del 96 Earl Manigault sería el principal invitado al estreno de una película, la de su propia vida. Era la primera vez que acudía a una sala de cine. Al término de la sesión y en compañía de miembros de la productora, acertó a pronunciar unas emocionadas palabras que por encima de todo desnudaban un corazón pobre de vida pero lleno de humana intención: “Lo siento. Defraudé a miles de personas pero no soy nada falso. Hubo un tiempo en que di a la gente lo que quería que les diera. La película está ahí para que las generaciones de jóvenes no tengan que pasar nunca por el calvario que ha sido mi vida”.

La vida, por fin, parecía sonreírle. Pero la sonrisa duró poco.

Ni año y medio después todo se truncaba. Un sábado de mayo, en torno al mediodía, el corazón de Manigault dejaba de latir. Tenía 53 años.

Poco antes de su muerte había sido objeto de una breve entrevista en el New York Times. “All this stuff you call NBA basketball and 'Showtime'? Well, we were the ones who brought in the noise and brought in the funk”. Preguntado por Michael Jordan, Manigault fue sincero una vez más: “En todo Michael Jordan hay un Manigault oculto que puede despertar si algo falla. No se puede hacer todo bien. Alguien puede caerse. Pues bien, ése fui yo”.

Escribía Pete Axthelm en 'The City Game' que Manigault “impresionaba a rivales y espectadores por igual. Fue el rey de su generación y un ídolo para las venideras”. El co-fundador de la Rucker Gene Williams añadió que “era un jugador extraordinario y gracias a los que le vimos jugar es y será siempre una leyenda para toda generación”. Algo donde coincidía Alex Williams, citado en la obra de Nelson George 'Basketball&Blackmen' y enfrentado a Manigault en varias ocasiones: “Los que éramos niños entonces mitificaremos eternamente a aquel maravilloso loco de la 98”. “LESSON FROM THE GOAT”, “A FALLEN KING”, “GOODBYE TO THE GOAT”, rezaban algunos titulares y pintadas a su muerte. El regalo más grande que el destino le tenía reservado, terminaba Russ Bengtson en SLAM, era convertirse en eterno. “The courts on 99th and Amsterdam on New York's Upper West Side were renamed Goat Park. It's the least we could have done”.

Personal: "Si existiera una máquina del tiempo y pudiera viajar una sola vez, no dudaría en eludir los lugares comunes de la gran Historia para recalar un verano en alguno de aquellos parques testigos, situarme en el mejor sitio posible entre la muchedumbre oscura y ver a Dios jugando a su deporte. Creo que después de haber contemplado a Manigault el baloncesto no podría ofrecerme nada más. Porque no puede haberlo. Descanse en paz la mayor leyenda que vieron nunca las calles. En verdad las almas vuelan".

Gonzalo Vázquez
@GVazquezNY

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