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La ABA (I): Caos desde el principio
Fruto de las descabelladas ideas de Dennis Murphy, experto en proyectos utópicos condenados irremisiblemente al fracaso, nacía a finales de los años 60 la ABA (American Basketball Association). Con este artículo G Vázquez da inicio a una serie que quisiéramos se convirtiera en el coleccionable nunca editado sobre esta competición, y rendir de este modo nuestro pequeño homenaje a la versión baloncestística del movimiento hippie


Billy Knight y Dan Issel, dos de los grandes jugadores que dieron lustre a la ABA

Desde el término de la Segunda Guerra Mundial, no hay terreno mejor abonado en el mundo para la prosperidad del capital como el suelo de los Estados Unidos. En 1967 la curva gráfica seguía ascendiendo y el Deporte era una empresa fiable porque su espectro de mercado abrazaba a las masas. Ya llegaría después el célebre petróleo para hacer temblar los pilares del Gran Negocio, pero por aquel entonces, prolifera bajo los rascacielos un género de avispados hombres de negocios, ejecutivos de poca monta los más, que vienen a derrochar ideas bien dispersas entre risas y copas por lo general, en las convenciones varias a que asisten como líquido elemento, para cultivar así los contactos de interés y picar con ellos al pez gordo.

Y si alguien encarnaba de veras este perfil de gladiador en las reglas del juego, ese era el promotor de descabellos deportivos Dennis Murphy, incansable ideólogo de humos que dieron siempre en el fracaso. Murphy las había corrido de todos los colores: contribuyó en origen a fundar la World Football League para plantar cara a la NFL, la World Hockey Association, la World Team Tennis, y como amante del baloncesto que era, el sueño de una liga, por qué no, mundial, para pequeños, la 6-foot-5-under League. Su poder de convicción como relaciones públicas había sido tan intenso como sus sonados fracasos, pero Murphy era hombre de empeño' y de buena fe.

En 1966 la NBA tenía tan sólo 12 equipos y a Murphy le invadió fuerte la idea de crear otra liga, sí, convencer a cierta pléyade generosa de capitalistas de género de que el Baloncesto iba a ser el deporte del futuro, y organizar así una nueva competición que asustara por fin al monopolio de la NBA. Pero él solo no podía hacer gran cosa, así que se puso a trabajar desde Los Angeles. Aquel verano del 66 iba a ser especialmente caluroso.

En sus andanzas, Murphy se había granjeado buena relación con Bill Sharman, que lo había sido todo con los Celtics. ¿Bill, te necesito. Esta vez sí, voy a hacer algo grande'. Pero la casualidad quiso que a Sharman le tocase la ocasión de su vida. 'Lo siento, Dennis, no puedo rechazar esta oferta'. Sharman había sido el elegido para suceder a Alex Hannum en San Francisco, al que llevará al subcampeonato aquel mismo año en la poderosa NBA. La idea de Murphy era situar a Sharman como jefe de operaciones de todo el tinglado para darle en último término el cargo de comisionado. La ansiedad de Murphy era tal que parecía querer empezar el edificio por arriba. 'Eh, Dennis, 'por qué no llamas a Mikan? No le van mal las cosas en Minneapolis con su agencia de viajes, pero seguro que le pica el gusanillo para algo así. Habla con Bill Goff, es buen amigo suyo'. Goff era un amigo en común al que Murphy tenía que localizar.

Aquella no fue la última recomendación de Sharman a Murphy. Además de desearle suerte, casi le obliga al deber de incluir en esa liga la línea de tres puntos, la novedad que había presentado el último fracaso de liga profesional, la ABL de apenas veinte meses de vida al inicio de los sesenta. 'Fue lo único decente de aquella liga, Dennis; adelántate a la NBA, no te arrepentirás'.

Murphy localiza a Goff gracias a Sharman y Goff se muestra tremendamente generoso. ¿'El viejo Mikan? Déjamelo a mí, seguro que le interesa'. Cuando Bill Goff llama de nuevo a Murphy, tan sólo le indica que tiene vía libre para hablar con Mikan, a quien Murphy llama seguidamente. Pero la conversación dura apenas una cruda negativa. ''Una nueva liga? Perfecto, cuando tengáis el dinero suficiente decidiré si hablar con vosotros. Es lo mismo que le acabo de decir a un tal Connie Seredin de Nueva York. Hace unos minutos que me ha llamado y si sois ambos de la misma ralea, mejor será que me dejéis en paz'. No hablaba en vano el viejo George. Connie Seredin era el no va más de los tiburones y, casualidades de la vida, el destino quiso que dos promotores tuvieran la misma idea al mismo tiempo desde los dos extremos del país. Uno desde Los Angeles, desafortunado pero noble, y el otro desde Nueva York, bien insano y sinverguenza.

Murphy, que era hombre social y buen conocedor del medio, consigue finalmente contactar con Seredin, a quien tenía la desgracia de conocer por la célebre promoción de la liga para pequeños. Murphy plantea la mejor de las opciones desde una óptica honrada. ¿Seredin, 'por qué no nos asociamos de nuevo?'. Tras los titubeos de rigor de quien sabiendo la respuesta se hace de rogar, Connie Seredin cita a Murphy en Nueva York y menciona por teléfono a un buen número de corbatas de peso que, según él, ya estaban convencidas del todo.

La higiene moral de Murphy y sus tremendas ganas ni siquiera plantean un punto medio para la reunión sino que acepta rápido viajar a Nueva York no sin antes persuadir a unos socios de confianza. Llegada la fecha, Seredin desnuda toda su malicia y pone mil pretextos para salvar la cara por la pobre compañía que trae consigo. De todos aquellos grandes nombres no acude ninguno, salvo tres amigos de poca monta dispuestos a poner el cazo. Es Murphy quien se ha dejado el alma para convencer a los presentes por su parte, gente de negocios y amigos del deporte, como Gary Davidson, quien había naufragado con él en la World Fooball League, o Art Kim, dueño de los Washington Generals, el eterno 'sparring' de los Globetrotters. Acuden también otros promotores como Roland Speth, Larry Shields, Don Regan y el colmo de la fauna, Johnny McShane, un amigo íntimo de Murphy que hacía las labores de DJ en una radio local neoyorquina. La reunión, como era de esperar, termina en fracaso. Todo son ideas al aire en grito y nadie se atreve a llegar al fondo de la cuestión, el maldito dinero encima de la mesa.

Murphy prueba el compromiso de Seredin preparando otra reunión, esta vez en California. Y la cosa va en serio. Ahora habrá dinero, al menos por una parte. La camarilla solicita recepción en una alta estancia del hotel Beverly Wilshire de Los Angeles. Pero esta vez el comité es mucho menor y únicamente acuden cuatro personas, dos por cada grupo. Murphy acude con McShane, y Seredin, en gesto de fuerza, lleva a Gabe Rubin, el antiguo propietario de los Pipers de la ABL, a quien había convencido con picardía. Esta vez, la pareja del oeste no deja lugar al protocolo. 'Aquí está el dinero. John y yo ponemos diez mil dólares cada uno'. Seredin se pone nervioso ' ''Diez mil dólares?' - y solicita unos minutos a solas con Rubin. Es el colmo, Seredin no tiene un pavo pero convence a duras penas a su nuevo socio de que ahora es el momento. 'Bien, este es nuestro adelanto, tres mil dólares'. Murphy acepta finalmente la broma pero a partir de ese momento ambos grupos están rotos por la mutua desconfianza.

Dennis está decidido a todo y alquila una pequeña oficina en Fall Street, en el Orange County de Los Angeles para utilizarla como centro de operaciones, y pide para ello ayuda a su hombre de confianza, el abogado Gary Davidson. Cuando Seredin se entera del movimiento, pone el grito en el cielo indicando que la sede deberá estar situada forzosamente en Nueva York. Lo primero que Davidson añade a Murphy, una vez conoce a Seredin, es elocuente: 'Olvídate de ese tipo, no me gusta nada'. Pero Murphy sólo quiere empezar su sueño como sea. De hecho, su ansiedad le lleva a llamar de nuevo a Mikan, al que considera la piedra angular del negocio. Pero el mito es testarudo y alude otra vez a su reputación, que parece tener un precio muy alto. 'Te lo dije una vez y no te lo repetiré más. Cuando tengáis el dinero suficiente hablaremos, y ya veremos qué es lo que decido entonces'.

Tanto escándalo no podía no trascender en los pequeños círculos ejecutivos y la historia llega a oídos de Dick Tinham, joven abogado de prestigio, y sus buenos amigos, los hermanos DeVoe, John y Chuck, todos ellos de Indianápolis. John había jugado para Princeton y como amantes del juego, llevaban tiempo tratando de colar un equipo de Indiana en la NBA, pero ni remotamente alcanzaban al millón y medio de dólares que la liga solicitaba como canon de entrada. Sólo que Tinham, al enterarse de lo que se estaba tramando, comete el error de tirar al lado equivocado y como conocía a Seredin de su etapa de promotor de la liga 6-foot-5, contacta con él. A Seredin se le hace ahora la boca agua al concentrar más poder en sus manos y convence al grupo provinciano de Indiana de que por cinco de los grandes, están dentro ya con él.

Tinkham consigue incluso atraer como socio a Mike Storen, quien formaba parte del gabinete de negocios de los Royals en la NBA, y a través de Seredin, sabe de la existencia de Murphy y este de Tinkham. A la primera llamada entre ambos, Murphy, que ya está lanzado al ver tanta gente dispuesta, pide a Tinhkam veinticinco mil dólares y cuando este está a punto de colgar el teléfono, Murphy rebaja la cifra a cinco mil. Al término, hay acuerdo.

El revuelo ya es tal que Carl Scheer, responsable de la oficina de la NBA, pone en conocimiento de Walter Kennedy, el comisionado, todo lo que se estaba fraguando. 'No te preocupes, Carl, esto está abocado al fracaso como ocurrió con la ABL. Hace falta mucho tiempo y dinero para llegar adonde hemos llegado nosotros'. Las vueltas que da la vida querrían después que el mismo Scheer, siendo entonces el brazo derecho más visible de Kennedy, sería más tarde el ejecutivo más brillante de toda la nueva liga en dos eras distintas en Carolina y Denver.

Con todo esto, llegamos a la gran reunión, cómo no, en Nueva York. Seredin había ganado el pulso y con toda lógica, el primer golpe de efecto sería alumbrar una nueva sede en la capital del mundo. La cámara de aquel 17 de enero de 1967 tiene ya visos de cierto peso y allí mismo son presentados a modo de representantes la siguiente lista de nombres:

Art Kim, de Anaheim.
Gary Rubin, de Pittsburgh.
T.C. Morrow, de Houston.
Joe Gregory, de Kentucky.
Kenny Davidson, de Oakland.
Charlie Smither, de Nueva Orleans.
Bob Folsom, de Dallas.
La familia DeVoe, de Indiana.
Larry Shields, de Minnesota.

Y la gran estrella de la noche, el gran golpe del malévolo Seredin, Arthur Brown, de Nueva York, accionista de la ABC, convencido para soltar un suculento crédito de cincuenta mil dólares.

Todo comienza con las quejas de los hermanos DeVoe, y sobre todo, de Tinham, haciendo saber a la mesa que durante todo aquel proceso se habían sentido olvidados como hombres de provincia. Pero rápidamente Seredin aplasta de un plumazo las críticas inútiles y pasa de inmediato al recuento de capitales, lo único que importa. Murphy se ve entonces claramente superado por la notoria habilidad de su rival y Seredin conduce todas las cuestiones de peso. La principal, el balón, que a diferencia de la NBA, sería de tres colores, los de la bandera americana. En fechas recientes, el primer relaciones públicas de la liga, Lee Meade, declararía que de todo lo acordado, el mayor y más brillante golpe de marketing del nuevo campeonato fue sin duda el balón. En cuestiones más técnicas se acuerda entre otras la posesión de los 30 segundos y, acordándose Murphy entonces del buen consejo de su amigo Sharman, convence a los presentes de la necesidad de resucitar la idea del triple. Todos aplauden la idea y Seredin sucumbe a regañadientes.

Como era de esperar, la reunión se prolonga hasta altas horas de la noche y cuando finalmente se alcanza el ¿quorum' económico alguien rompe el agotado silencio. 'Bueno, 'y quién va a ser el comisionado de todo esto?' . Cómo no, Seredin toma de nuevo la palabra. 'Ese testarudo de Mikan. Ahora sí que es nuestro. Ya lo tenemos todo, maldita sea'. Y a Seredin, ante la ocasión de triunfar públicamente, no se le ocurre otra cosa que hacer la llamada definitiva al mito del Baloncesto en ese país a pesar de Russell y Chamberlain, ambos aún en activo. Todos parecían tener claro que, de no ser Mikan la cabeza visible de la idea, no habría ningún peso para promoción alguna. Seredin se mostró muy seguro de sí mismo pero engañó a los presentes al manipular la conversación con Mikan. El viejo había exigido dos auténticos rotos: uno, 150 mil dólares por tres años y dos, no moverse de Minnesota. La sede debería organizarse allí, a pesar de haberse montado ya todo en oficinas de Nueva York. Finalmente, todos cedieron porque la realidad con Mikan era bien cruda: ellos le necesitaban lo que él no necesitaba en absoluto de ellos. Eso era todo, el prestigio, la necesaria credibilidad.

'Bien, señores 'concluyó Seredin-, todo está dispuesto salvo una sola cosa, la rueda de prensa. Hay que organizar un buen jaleo'.

En el Summitt Hotel de Nueva York se reunieron más tarde hasta cincuenta medios de todo el país. Con lo que no había contado el exceso de Seredin, era con los más de 35 mil dólares que costó el evento. Los propietarios, al saberlo, ya habían hecho mentalmente la resta del montante total de la caja, pero eso no fue lo peor. Lo más inquietante para todos fue que hasta diez minutos antes de encender el micrófono, George Mikan no había dado una respuesta afirmativa y los teléfonos volaban a él, quien a su vez se había puesto en contacto con alguno de los testigos presentes y al tener conocimiento de que el revuelo iba en serio, se decidió finalmente.

Por fin, la sola presencia de Mikan, la única figura de veras reconocible, salvó la imagen pública de lo que iba a nacer. Los propietarios respiraron tranquilos e incluso los medios fueron benévolos con el tono serio con que se abordó la noticia.

Al margen de Murphy, como hemos visto, en el origen mental de la ABA, no era el Baloncesto quien primaba de contenido a la idea, sino el dinero: la posibilidad de generar entidades deportivas que una vez desarrolladas multiplicaran su valor de mercado para que el monopolio, contra el que sabían no poder combatir, tuviese que desembolsar en última instancia un capital suficiente para allanar definitivamente las vidas de los ideólogos del asunto. Los ejecutivos ganarían su pedazo y los propietarios se repartirían igualmente el pastel.

Una vez convencidos los capitales, todo se hizo a partir de entonces deprisa y corriendo y el 13 de octubre de 1967, la liga daba comienzo vertebrada en 11 equipos a 78 partidos en dos divisiones. Nadie reparó siquiera que el día de apertura fuese un viernes 13, una fecha cuya maldición, se quiera o no, parecería arrastrar por siempre aquella singular competición, la ABA, la American Basketball Association.

Vamos en las dos siguientes entregas, de carácter sinóptico, a hacer un breve repaso histórico al transcurso de las nueve temporadas de vida de aquella liga. Nombres de las entidades y jugadores de peso que alternativamente dieron en cortísimos ciclos de esplendor e incertidumbre de la competición entera.

Una liga, todo hay que decirlo, que tan pronto como dio inicio huyó deportivamente de ese preludio comercial mencionado para recaer en la pureza más grande de Baloncesto alguno, cuyas diferencias técnicas más notables con los principios de la otra liga fueron tres, a saber:

-La posesión de 30 segundos.
-La línea de tres puntos.
-El balón tricolor.

Gonzalo Vázquez
ACB.COM



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