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Gerald Fitch: La bendición de Macon
"It's G's life", le dice Fitch a Barranquero al concluir la entrevista. De la tierra de R.E.M. a Málaga para resucitar en un Unicaja que toma como su último tren. Bendición la del niño arisco que aprendió a sonreír tras tanta tragedia gracias a un sueño y cuya cinta en el pelo es acto de fe. Engánchate a su vida

“Cuando el día es largo y la noche es solo tuya...
Cuando estás seguro de que ya has tenido suficiente en esta vida...
Aguanta, no te dejes llevar.
Todos lloran y todos sufren a veces…
No, no, no estás solo…”

"Everybody hurts", de R.E.M.


Parecía una noche más de un día cualquiera. Su entrenamiento, sus tiros, su cena, su vida, su cama. Su enfado y su melancolía, compañeras de viaje. Gerald cerró los ojos con miedo a soñar, como el que teme ser feliz con tantos y tantos motivos como para dejarse llevar por el lamento.

(Foto Rocío Quirante)


“En los sueños empiezan las responsabilidades”
titulaba Delmor Schwartz a uno de sus libros. En ese de Fitch, comenzó su vida. Su hermano, su añorado hermano George, aquel que había muerto en julio del 98 por un maldito disparo, apareció para cambiar los pasos de un Gerald que miraba a su alrededor con rabia y desdén.

“No podía ser más cercano. Para mí había sido un padre… un hermano y un padre”,
repetía en su lamento inicial para enterrar el recuerdo de su muerte para siempre. No lo habló jamás con su familia, como le confesó en una entrevista a Quique Peinado. Se tragó la pena él solo, sin querer ni siquiera saber más detalles o motivos de la tragedia que marcó su adolescencia. Hasta aquel sueño.

George le habló de ángeles, de motivos para luchar y excusas para sonreír. Y Gerald escuchó con los ojos cerrados, para convertirse en otra persona diferente cuando volvió a abrirlos. “Habían sido muy duros esos primeros años hasta que tuve aquel sueño tan loco y extraño. George me pidió que fuese más positivo, que tratase de no estar hundido todo el tiempo y enfadado con el mundo porque ya no se podía cambiar nada. Para mí, madurar o crecer suponía apartar a un lado todo lo negativo de mi vida y quedarme con lo positivo. Estar enfadado no servía de nada. Cambiar el chip me dio muchas cosas fantásticas”.

Aún hoy, cuando sufre, tras un problema personal o un mal partido, cuando la confianza le abandona, Gerald Fitch se detiene para observar el tatuaje del bíceps de su brazo izquierdo, una tumba con el nombre de George, y vuelve a suspirar. Aquel, uno de los dos que tiene en honor a su hermano –el otro es por su madre- es el que más le inspira. Recuerda, vuela, olvida, sonríe y vuelve a mirar al frente, sintiéndose nuevo… sintiéndose mejor.

Del rosa al naranja

Suena el “Everybody hurts” de R.E.M. ¿Cómo diablos no iba a sonar si nació en Macon? Corazón de Georgia, un lugar en el que el cemento desnudo y los bloques vacíos gritan que allí hubo quiebra económica, que se perdió mucho por el camino. Una de las 20 ciudades más inseguras de Estados Unidos, sí, pero igualmente un lugar con encanto pintado con notas musicales.

Little Richard, The Allman Brothers, Ray Charles
… todos se inspiraron a la orilla del río Ocmulgee. También R.E.M. nació allí, cuando el nativo Bill Berry y Mike Mills se unieron para regalarle al mundo, años más tarde con Peter Buck y la voz de Michael Stipe, temas como "Losing my religion", "Man on the moon" o el "Everybody Hurts" inicial.

(Foto Rocío Quirante)


La Macon que se tiñe de rosa cuando llega el festival de música era naranja para un Gerald que solo pensaba en el baloncesto. Hijo de Ruby, que tuvo que multiplicarse en su papel de madre soltera, el hoy jugador de Unicaja creció feliz con sus hermanas Valencia y April y su hermano George. Un día cogió un balón y jamás ya lo volvió a soltar.

“Empecé con cinco o seis años. Mi hermana mayor jugaba al basket y me enseñó. Nos íbamos a un patio, con una rueda de bicicleta haciendo de aro en lo alto de un árbol. ¡No necesitábamos más! Mi padre estaba fuera siempre aunque fueron años felices. De mi infancia solo recuerdo eso, el baloncesto. Los míos cerca, siempre cerca mientras crecía, pero con un balón en la mano constantemente”,
recuerda.

“G”,
como le llamaba su hermano, se evadía del mundo y de los problemas yendo a jugar a las canchas. Ni un brazo roto fruto de un atropello –que a la postre le enseñó a tirar con la izquierda- le alejó del cemento. No había más tentación que la de volver a anotar. “La vida en Macon es un poco dura, en todos los lugares puede serlo. Pero si te centras, te concentras y sigues las reglas de tu madre puedes triunfar en cualquier parte. Por eso yo me dediqué más al basket que a las cosas malas que veía en las calles”.

De ahí, al instituto, donde se descubrió a sí mismo. “En el instituto entendí por fin qué clase de jugador era. Me sentía muy bien y sentía que cada vez que tiraba el balón iba a entrar. Anoté muchísimo”. En Westside High School no tardó en hacerse un nombre y ni siquiera la muerte de George o de su abuela, otra segunda madre para el jugador, frenó su motivación. El siguiente partido tras su fallecimiento fue su tope anotador, de 26 puntos contra un combinado Nike de estrellas de su edad. Cogió confianza y ya nadie le pudo parar, con 19,4 puntos de promedio que se dispararon hasta los 26,4 puntos en su último año de instituto, aderezados con 6,8 rebotes, 4,4 robos y 3,4 asistencias por encuentro, partidos de hasta 50 puntos –como en el que se merendó a Dublin- y una superioridad que le situaba en el radar de las principales universidades del país.

Clemson y Floridad State le tentaban por su manejo de balón, tiro y facilidad para rebote, pero él eligió Kentucky por una razón que habla por sí sola de su ambición: “Todos me prometían minutos y liderazgo y el entrenador Smith fue el único que me dijo que el entrenamiento determinaría mi rol en el equipo”. Acertó.

(ACB Photo)


Un tipo especial

Gerald
no era un tipo común. Ni en la forma de pensar, ni en la de jugar, ni siquiera en su manera de ser. Temeroso a volar en avión o a dormir con la luz apagada y con la tristeza por la muerte de George aprisionada en su cuerpo –un día en una reunión de lectura de la biblia de su equipo se desahogó contando su historia-, era capaz de transformar su rabia en hambre y valentía, para jugar sin complejos en un equipo en el que coincidió, de 2000 a 2004, conhombres de la talla de Keith Bogans, Erik Daniels, Tayshaun Prince, Chuck Hayes, Kelenna Azubuike o Antwain Barbour.

“Está en todas partes, no sé cómo lo hace”,
exclamaba la estrella Bogans. Titular en los últimos partidos de su temporada rookie, y con un rol progresivo que le llevó pasar de los 8,9 puntos de su segundo año hasta los 12,3 del tercero y los 16,2 en su despedida. La USC de Trepagnier, Bluthenthal y Scalabrine, la campeona Maryland de los Blake, Wilcox, Baxter, Nicholas y Dixon, la Marquette de Wade en aquella temporada en la que eran el número 1 en Estados Unidos llegando a acumular 26 victorias seguidas, o la gran sorpresa de Alabama-Birmingham en su último año, le apearon del sueño del campeonato, pero Gerald se hizo grande en Kentucky.

Tenía algo especial. Un día anotaba 25 puntos y salía en rueda de prensa mostrando su cabreo por su “terrible defensa”. Al otro le marcaba un triple de película para tumbar a North Carolina y sacaba pecho diciendo que llegarían triples más grandes que ese. “Simplemente siento que estoy destinado a anotar El Gran Tiro”. Así, en mayúsculas.

Seguido de cerca por Tom Izzo, se perdió jugar con la absoluta de Estados Unidos el Panamericano de 2003 por lesión y con su equipo tocaba el cielo y el infierno según el día. Una pelea con su compañero Cory Sears en un avión, una polémica por incumplir el toque de queda, rumores de haber sido pillado con Erik Daniels entrando en un pub con carné falso. La prensa hablaba y él respondía en pista, con la confianza de su entrenador, dispuesto a perdonarle todo al que tantos obstáculos ya había tenido en la vida. El último, el de la muerte de su abuela. Ella, jugadora en su día, era la causa por la que Fitch llevara –y lleva hoy en Málaga- el dorsal 4. Tras su entierro, le pidió como favor a Smith poder jugar. Hizo su partido del año. “Ya habrá tiempo para lamentarse, ya tendré mis días tristes”.

Maldito triple 200 que nunca llegó. Tras 199 a sus espaldas, falló el decisivo para eliminar a la modesta Alabama-Birmingham. Sería su último lanzamiento como universitario, el más amargo, que no evitó un sabor de boca dulce e intenso por cuatro años “grandes". "Kentucky tiene un gran progama de basket y me desarrollé mucho allí. Ganamos muchos partidos, compartí equipo con jugadores NBA, resultó una experiencia maravillosa que me convirtió en lo que soy ahora”. Tocaba volar como profesional.

La obsesión del hombre en la luna

Gerald
era el ejemplo perfecto del “undersized”. Demasiado pequeño como para jugar de escolta y explotar su talento anotador y demasiado tirador y poco director como para confiarle el puesto de base. En el Torneo de Portsmouth, antes del draft, destacó y sus años en Kentucky eran su más firme aval, pero una inoportuna lesión le dejó sin escuchar su nombre en una noche que tampoco le hundió. “No fue una decepción porque estaba lesionado y sabía que no me iban a escoger en ningún sitio de ese draft”. Fitch apuró su sueño NBA con los Washington Wizards, con los que jugó durante pretemporada, aunque fue cortado antes de comenzar la liga. Europa sería su destino.

(Foto Euroleague)


Como aquel “Hombre en la luna” del que habla R.E.M., Fitch aterrizó en Europa en el otoño de 2004, sin saber bien que se encontraría al otro lado del charco. Perdido, con dudas, sin demasiadas ganas y poco conocedor de un basket muy diferente, no duraría mucho en su primer equipo, la Cibona, que le cortó tras 7 partidos a pesar de que el jugador promediaba 14 puntos en Euroliga.

“Es individualista y no puede cambiar su carácter”,
razonaba el técnico Drazen Anzulovic. La "simpatía" era mutua. “A mí tampoco me gustaba el entrenador. En realidad, no me gustaba nada. Lo que menos, el baloncesto europeo, que no entendía. Suponía mi primer año lejos de Estados Unidos, hacía frío, estaba solo, no entendía a nadie y tenía muchas ganas de irme”.

En el poco conocido Khimik Yuzhny sus números se dispararon hasta los 21 puntos, si bien su cabeza estaba muy lejos de Ucrania. “Fue una experiencia diferente a la de la Cibona pero tampoco me gustó. Mira, yo solo pensaba en la NBA, estaba obsesionado. No quería estar en Europa, que no me gustaba nada. Tenía presión por no estar en la NBA y no apreciaba lo que estaba viviendo. El basket europeo es una bendición, me di cuenta luego, aunque entonces no lo valoraba. Solo quería ser NBA y me daba igual el resto”.

Volvió a probar fortuna en el verano de 2005, otra vez con los Wizards, y no pudo hacerlo mejor, con casi 14 puntos de media. Su nivel le abrió el hueco de los Heat, donde entró como tercer base tras “Chocolate Blanco” Williams y “El Guante” Gary Payton. Casi nada. “Eran jugadores míticos, fue increíble, lo más impresionante de mi carrera”.

Con desparpajo, "G" llegó a jugar 18 partidos, con 4,7 puntos, 1,7 rebotes y 1,8 asistencias en 13,3 minutos de media. Sueño cumplido. Lástima que durase tan poco, lo que tardaron los Heat en mandarle a Houston a cambio de Derek Anderson. “Resultó frustrante porque en los Rockets no jugué nada. Todo tan diferente… del campeón Miami a uno de los peores, ¡qué cambio más malo! La experiencia me pareció horrible. Pasé de un equipo lleno de alegría a uno en el que nadie estaba feliz. Parecía un funeral constante todo el tiempo”. Su breve paso por los Austin Toros de la NBDL -3 partidos, 11,7 puntos de media- ni le gustó, ni le ayudó a desconectar ni le sirvió para reengancharse a la NBA. El viejo continente, su enemigo más apasionado, sería su amante más fiel.

De enemiga a amante

Que sí, que lo reconoce, que no fue su primera opción “Intenté jugar otra vez en la NBA pero no lo vi claro y preferí venir a Europa donde ganaría más dinero que en la D-League”. Empero, su apuesta económica acabó regalándole mucho más que alegrías al bolsillo. Máximo anotador en Turquía con el Galatasaray (19,3 puntos de media) y por fin cómodo dentro y fuera de la pista. “Me gustaba el club y la ciudad, Estambul es muy chula. Los seguidores eran tremendos y me trataron genial. Sí, estoy muy orgulloso de esa etapa”.

Su último coqueteo con la NBA –cortado en pretemporada con los Pistons- precedió a una etapa más prolongada en Pallacanestro Cantú, donde aterrizó en diciembre de 2007 para irse año y medio después, firmando 15,2 puntos, 3,3 rebotes, 1,9 asistecias y 1,6 robos por partido. Su consolidación al máximo nivel europeo era un hecho. “Fue una buena experiencia”, comenta de forma aséptica.

(Foto Baloncesto Fuenlabrada)


Como el tren que no se detiene, sin salirse de la vía mas sin conocer su propio rumbo, la locomotora Fitch paró en la estación de Antalya, para destrozar en su segunda pasión turca todos los registros de la liga con 28,2 puntos, 6,9 rebotes y 5 asistencias por partido. Libertad total para tirar. “Era cosa de los interiores, que me daban mucho espacio”, explica con modestia para juzgar a unos números que, simplemente, no tenían explicación.

Hipnotizado por su facilidad anotadora, el Baskonia lo fichó para el Playoff 2009, aunque Pete Mickeal no pudo obtener como era previsto el pasaporte búlgaro y la lesión de Stanko Barac propició que se quedase sin ficha. “Fue decepcionante. Me puse su camiseta, entrene con ellos y tenía muchas ganas de jugar en España”. Con la miel en los labios se sufre.. pero todo sabe más dulce. En ACB su nombre ya sonaba y, tras rumorearse con su llegada al Estudiantes, acabó firmando por el Fuenlabrada, donde pronto se convirtió en ídolo.

”¿Pero de dónde ha salido este tío? ¡Qué bueno es, caramba!” El eco de las exclamaciones se escuchaba tras cada show liguero, con un arranque excelso que le hizo ser el hombre de moda. Máxime cuando llegó a anotar 41 puntos (44 de valoración) contra el Lucentum en una actuación “kobebryant-esca” llena de récords, una de las mayores exhibiciones vistas en España y en Europa en la última década.

Genio y figura, copaba titulares en prensa, polémicas extradeportivas y MVPs mensuales incluidos. Con casi 18 puntos por partido, el cambio de racha de su equipo mitigó el "boom Fitch"y una inoportuna lesión terminó por apartarle de un lugar donde, por encima de todo, fue feliz. “Me encantó Fuenlabrada. Quería a esos chicos: a mis compañeros y al técnico Luis Guil, al que siempre valoraré por lo que hizo por mí. Todo perfecto, me gustó. El problema es que por mi lesión tenía que operarme. Ellos me cortaron pero quería que me quedase, intentando ahorrar dinero. Me volví a lesionar y, después de eso, esperé un poco pero no se pudo cerrar el acuerdo y acabé regresando Turquía”, comenta con nostalgia.

(ACB Photo / F. Martínez)


De príncipe en ACB a volver a empezar de cero en un modesto turco, Aliaga Petkim, con el que sus números volvieron a florecer. A la segunda jornada (28 puntos, 9 rebotes, 7 asistencias), ya era MVP. La lesión, al infierno. “Tomé una buena decisión. Solo quería jugar y no me importaba donde. El entrenador me pidió expresamente y acepté. Quería ver cómo estaba mi rodilla, comprobar que funcionaba bien”.

No duró ni dos meses allí. Y no lo hizo porque el Unicaja, decidió darle otra oportunidad en la elite en enero. No era un tren más. No era un reto personal cualquiera. Era… y es, mucho más. Pocas veces una presentación dio tantos titulares: “Llegar al Unicaja es lo más importante que me ha pasado en mi carrera, la oportunidad de mi vida. Llamé a mi madre y le dije que había recibido un milagro. Me quedaría aquí toda la vida”. Lo sigue repitiendo.

La bendición viste de verde

“El Unicaja para mí fue una bendición”,
afirma hoy con perspectiva. “Si miras mi carrera, tantos equipos, tantos lugares diferentes… necesitaba esto. Ya pienso diferente, no estoy obsesionado con la NBA, estar en Málaga es algo muy diferente. Tras tantos cambios me ficha un equipo tan serio y tengo que entender lo que significa”.

En su primer partido como cajista, casi se carga solo al Caja Laboral (17 puntos, 9 rebotes). Tras unas semanas de adaptación, sus números crecieron como la espuma, con partidos en los rondaba los 20 puntos, ganándose del todo a la afición malagueña y la confianza de un consejo que volvió a apostar por él para esta 2011-12.

(Foto EFEDOS / Aitor Bouzo)


No comenzó mal este curso, aportando su talento en las victorias frente a Blusens Monbus o Lagun Aro, mas pronto se vino abajo, con porcentajes muy bajos, una confianza bajo mínimos y huérfano de esa sensación de seguridad que siempre daba cuando se levantaba para lanzar. 1/13 en triples en Euroliga, 5/21 en el tiro durante su bajó en La Liga Endesa y un murmullo en la grada que muy pronto ha callado. Tan fácil como regresar a sus orígenes tanto en competición nacional como continental, con la guinda de los 26 puntos frente al Asefa Estudiantes para sellar su resurrección. Ya está aquí.

¿Qué hiciste, Gerald? ¿Volviste a mirar el tatuaje de tu brazo derecho? ¿Te acordaste de las palabras de George? Psicología a un lado, el físico habla. “Para mí es solo una cuestión de estar más sano físicamente. Con las lesiones intenté jugar y no lo hice bien. No quiero que suene a excusa pero no estaba al 100 % y ahora es cuando empiezo a sentirme bien de forma, sin dolores. Y así juego mejor. Pero oye, que no me pongas lo del Estudiantes como techo, no creo que realizar un gran partido. Puedo hacerlo mucho mejor y dar muchísimo más”.

Si tras el bache y las dudas es, en el tercer clasificado de la Liga Endesa, segundo máximo anotador (11,2 puntos), tercero en valoración (10,6), segundo en triples, tercero en asistencias y quinto en rebotes… ¿qué pasará cuando lo haga? No es solo una cuestión de puntos. “Todo el mundo sabe que puedo anotar bastante, lo he hecho toda mi vida, pero en Málaga tengo ahora un rol diferente. Por supuesto que debo anotar pero me piden que ayude con mi experiencia, ya sea hablando o ayudando a otros compañeros. Aportar mi madurez para que el equipo gane, eso es lo importante, ya sea anotando, reboteando o asistiendo, lo que sea. Tenemos que ganar. Esa es mi aportación”, comenta, sintiéndose muy orgulloso de su metamorfosis del individualista de Zabreg al hombre de equipo en el que quiere acabar deviniendo en Málaga. “No se trata de anotar, se puede ayudar a ganar de maneras muy distintas. Soy mejor ahora”. Y está más feliz que nunca.

Amigo inseparable de Berni Rodríguez, Fitch bromea con sus compañeros antes de la entrevista y casi se emociona hablando del cariño que le obsequió ese vestuario. “El Unicaja es una familia, no puede haber nada mejor. No he tenido esa sensación en casi ningún equipo. Mis compañeros, mis entrenadores… y claro, mis seguidores. Ahora tengo la oportunidad de agradecerselo haciéndolo bien, me lo han puesto fácil y valoro la ayuda. He tenido un camino muy duro en mi carrera para llegar a Málaga y tengo que aprovecharla como sea”.

Sus sueños ahora lucen de verde. Su ambición, la de aquel chico de Westside que quería comerse al mundo. El equilibrio perfecto. “El objetivo para mí este año es ganar un título. Quiero la Liga Endesa, quiero ir a la Final Four. Sería especial, podemos hacer algo especial… este equipo es especial”. Redundancia poética.

(Foto Rocío Quirante)


La cinta de la vida

Gerald gira la cabeza, cabreado consigo mismo por responder en inglés cada pregunta. Se ríe y se lamenta al mismo tiempo. ¿Por qué demonios no le hizo caso a la ‘seño’ de español? “Pobre Miss Abrams. No le prestaba mucha atención, mi español no está mal pero podría ser mucho mejor ahora, ¡ojalá la hubiera escuchado!”

Afable y cercano, mucho más que lo de su frialdad en pista podría hacer imaginar, Fitch termina de desnudar su vida en la entrevista hablando de su hija de 7 años, Eihlan. “Mi único sueño en la vida es mejorar cada día como padre y tratar de que ella crezca feliz a mi lado. Me encantaría traérmela a España. Todos los días hablo con ella y con mi madre. Yo las cuido. Ellas me cuidan”. Es lo máximo que pide una persona que ahora sí sabe sonreír y exprimir el jugo de la vida. “Deseo ser cercano y majo con la gente, ayudarle. ¿Sabes? Solo soy un tipo tranquilo y relajado, al que le gusta pescar. En Málaga tengo un amigo con el que lo hago, y así desconecto”.

Amante de los videojuegos, del fútbol americano, de las patas de cangrejo, del jamón, los Lamborghini, el rock y Young Geezy, como si todo a la vez tuviera algo en común: él mismo. Capaz de rapear en un vestuario, la música le evade y le permite encontrarse al mismo tiempo. “Mi rutina es escucharla antes de jugar. Dejo volar mi mente y es todo lo que necesito”.

“Cuando me retire quiero ser policía. ¡Nadie se mete con ellos! ¿Qué mejor trabajo se puede tener?”,
apunta con la misma sonrisa con la que un buen día definió a este deporte en Fuenlabaloncesto: “Esto es basket… hay que divertirse y no tomárselo tan en serio”.

Eso sí, tiene claro que hacer antes de colgar las botas. “Si anotas y pierdes nadie se acuerda de ti. He conseguido muchos logros individuales durante mi trayectoria pero no importan nada si al lado de ellos no hay algo más grande. Quiero ser recordado por algo más serio, por algo más profundo. Necesito un título. Una Liga, una Euroliga… mi carrera no será completa si no lo hago".

(Foto Rocío Quirante)


“Muchas veces pienso que Dios tenía un plan conmigo y era hacerme pasar por esto”,
le relató en aquella entrevista a Peinado. La muerte, la vida. El éxtasis, el olvido. Extrañas parejas de baile, fronteras de límite ambiguo donde solo la fe cuenta. Para “G”, esta se traduce en el acicate de un tatuaje, de una rodillera con una frase en honor de George o de una cinta en el pelo de quita y pon, que viene y va en función de su estado de ánimo.

“La cinta va por él. Al principio de temporada estaba con salud y no creí necesitarla. Ahora la he vuelto a usar porque sentí que tenía que despertar, reaccionar, sentirme otra vez yo. Y mira, llevo cuatro partidos buenos seguidos”.
Es otro guiño del pícaro enfant terrible que siente que, esta vez sí, el destino está en sus manos. No más errores, no más casis, no más lamentos futuros. Una oportunidad, un reto, un tren que valga por toda una carrera, un recuerdo tangible para el de la tierra de la música que él pintó de naranja. Ahora sus lápices son verdes. Una bendición, otra más, para aquel cuyos sueños no cambian por la vida sino cuya vida cambió por un sueño.

Daniel Barranquero
@danibarranquero
ACB.COM

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