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G Vázquez: La ABA (VI): La rica liga pobre (II)
En la vieja ABA, aparte de espectáculo a raudales, hubo de todo. Seguimos en el capítulo de las anécdotas profundizando en las múltiples argucias a las que recurrían los propietarios con el ánimo de cambiar el curso de unos acontecimientos que ya empezaban a vislumbrar el final del sueño. Cheerleaders en paños menores, hinchas zafios y provocadores, una jockey en pista... Y es que si la ABA fue algo absolutamente diferente a lo visto y por ver, fue también, en parte, por cosas como estas


Una de las chicas Floridians, algo más que unas animadoras

Ya apuntamos en la anterior entrega más bien por encima que, debido a la marginación pública a que se vio sometida aquella liga, tuvieron los propietarios e ideólogos adjuntos que concebir campañas como a voz en grito que, más que diseños de marketing, daban por ingenio sin pudor en puras atracciones del más golfo show business.

Para mejor ilustrar con qué esperpénticos reclamos tuvo que jugárselas con toda lógica aquel circo del deporte de los aros, vamos a escoger primero a una franquicia, los Miami Floridians, residuo oficial que dejan los Muskies de Minnesota Y es que aquel fue su nombre completo durante su primera campaña, la de 1970; a partir de entonces, dejarían tan sólo el sobrenombre' por dos años más, su tiempo real de vida.

Puede que la principal atracción de aquel equipo, no parece caber la menor duda, fuesen sus vistosas animadoras, mucho más célebres que los jugadores, el técnico o cualquiera otro aspecto deportivo de aquella franquicia.

La fotografía que calza el texto muestra precisamente a una de aquellas hermosas jovencitas que rozaban el límite de lo públicamente exhibible con arreglo al oscuro marrón puritano de la cultura americana por aquel entonces. Pero en Florida, como sus playas, luminosas, pareció existir siempre una onda mental más elástica que las herméticas tierras del interior como Texas. Es decir, si Miami apeló al sexo, Dallas, como veremos, lo hizo casi sin querer a la violencia.

Como rescatando la estética nudie de los filmes softcore de Russ Meyer, los Floridians situaron en paños menores, minimalistas, a aquellas jovencitas animosas de lúcido cabello rubio, oficial reclamo en aquella cultura erotizada por las curvas, e incluso, como en las cintas de Meyer, se tiraba a las coletas muy abiertas, sugerentes por infantiles y tiernas como en los Manga de hoy día. De hecho, la joven de la instantánea parece la mismísima Britt Ekland, la tierna Mary Goodnight en Goldfinger, aquella chica Bond de la era Connery, en que la bota alta daba agresión del instinto a esa ingenua hechura adolescente.

Su papel dentro del estadio resultaba muy variado y activo con un único propósito como cabía esperar, dejarse ver muchísimo. Resueltas para moverse libremente durante los partidos, tomaban fotos de los aficionados y posaban junto a ellos, bailaban en los descansos y tiempos muertos, servían refrescos a destajo, se situaban bajo la canasta y acudían a devolver el balón a los árbitros, e incluso, esperaban a que el vivo bote del tricolor muriese para estimular los ánimos con perversas inclinaciones del cuerpo que encogían aun más aquellas minúsculas prendas que luego había que volver a estirar' con las manos. Y por qué no, si había mala racha, ocasionalmente viajaban con el equipo'

Anteriormente, en aquellos últimos sesenta, circulaban por aquellas tierras rumores en los entornos del Jai Alai de un excéntrico aficionado cuyo violento fanatismo llevó a los círculos internos de la liga a no permitirle la entrada a ningún evento relacionado con ellos de por vida, tal era el grado y número de broncas que llegó a organizar en los partidos de pelota. Los propietarios de aquel torneo decidieron prohibirle la entrada después de que hubiese numerosas pruebas de que su actitud violenta se extendiera como epidemia al resto del público, dócil y sereno por costumbre en esta disciplina. Pues bien, aquel aficionado existía, y su nombre era Bob Pearce.

Descontento con la actitud del equipo y la parsimonia del público, el propietario de aquella festiva franquicia de Miami en 1970, Bob Howard, sabedor de la existencia de ese tal Pearce, inicia una búsqueda desesperada con el fin de contratar sus 'servicios'. Por una cierta cantidad de dinero, no demasiada, Pearce acepta. Estaba loco y en realidad le daba bien igual dónde montar el número.

El 10 de febrero de 1971 Bob Pearce acude por primera vez a presenciar un partido en el Miami Beach Convention Center. Para el evento, aquel pintoresco cincuentón blanco se atiborra de pancartas contra todo lo ajeno que se moviera por allí y pide además ayuda a gritos al aforo congregado en el pabellón. Los aficionados, al enterarse de su presencia 'era de sobra conocido por la ciudad- arroparon sus gritos desde el principio e incluso hubo una movilización de varias decenas para concentrarse en torno a su ubicación, que para colmo era con toda la mala idea justo detrás del banquillo rival. Aquella célebre noche tocó en desgracia la cosa a los Virginia Squires de Al Bianchi. Cómo no, las rubias Floridians, casi desnudas, se unieron al circo posando apretadas junto a Pearce. Como era de esperar, el follón organizado provocó por momentos el difícil desarrollo del encuentro hasta el punto de que los mismos árbitros tuvieron que detenerlo varias veces. Pero como el reglamento oficial no contaba con este tipo de situaciones anexas, el juego se reanudaba una y otra vez y el infierno para los Squires continuaba ardiendo.

Y como Miami no era gran cosa y en aquella liga, por muy descabellados que fueran sus ropajes nunca pudieron estos imponerse al mismo Baloncesto, Virginia consiguió a duras penas mantener la concentración hasta la bocina y se llevaron estos finalmente el encuentro. Al pitido final, cabe imaginar la reacción de los Squires, y es que toda la expedición rival corrió como loca a la zona salvaje para recriminar en el regodeo de la vendetta, la actitud de Pearce y los suyos' y hubo de intervenir la seguridad porque Pearce nunca cedió un ápice de paz.

Lejos de amilanarse, el propietario, gustoso por la taquilla creciente, montó una grada especial con abono igualmente particular y más gravoso que el general para la zona colindante con el banquillo rival y la llamó sin pudor alguno 'Bob Pearce Cheering and Booing Section'. Para colmo y con una presencia ya del todo inconcebible, el programa oficial de los Floridians reflejaba el sobrenombre granjeado por aquel protagonista principal: 'Super Fan Boo Bird Bob Pearce', con fotografía y todo para él, distribuida además a los medios de prensa.

Para colmo, las chicas Floridians habían recibido la orden de coquetear con Pearce hasta el límite preciso de lo estrictamente legal en público y parecía este disponer por momentos de todo un lujoso harén de picantes rubias de moral relajada. Como era de esperar, la prensa no tardó demasiado en reclamarle para ser preguntado por la escandalosa celebridad que había llegado a alcanzar. 'La verdad es que hay mucha gente a la que le encantaría abuchear 'señalaba el fanático-. Así que sólo les hacía falta alguien como yo. No había visto un partido de baloncesto en mi vida hasta hace poco pero tengo que decir que me encanta, bueno, me encanta chillar al otro equipo porque no hay mejor manera que esa de animar al tuyo propio'.

Tampoco pasó demasiado antes de que Pearce desapareciese con la entera franquicia y nunca más se supiese de él ni en vida ni por supuesto en un pabellón de baloncesto.

Dallas había probado igualmente cierta incursión femenina como cebo para el taquillaje habitual, esencialmente machista en el estado de Texas. En la campaña de 1970, probaron los Chaparrals una parodia de WABA que venía a dar a los descansos en un enfrentamiento de féminas aficionadas. La indumentaria era de obligado corte de sugestión viril, con minifaldas por encima de la rodilla y corpiños de talla infame; quien vestía patrocinaba, y el colmo eran los peluquones de cháchara acartonada, que como cabe imaginar, calzaban sponsors del sector en la ciudad. No hacía falta saber botar o pasar o anotar; era necesario que la cubierta no sufriese el suficiente daño para no terminar de creer que la sobredosis de laca exhibida pudiera venirse abajo en una noche de fiesta.

Y en estas que andamos, de obligado rescate para todos es sin duda uno de los gestos más hermosos que el Deporte, siquiera marginal, haya revelado nunca.

Al término de los sesenta, una escuálida jovencita generó una fuerte controversia por haber obtenido la primera licencia femenina para disputar carreras de caballos con hombres en la conservadora área de Louisville. Su nombre era Penny Ann Early. Si ya fue abofeteada desde diversos puntos internos del circuito y de la prensa pública, los jockeys de la Churchill Downs boicotearon para colmo las tres carreras en que la chica iba a participar.

Ahora bien, ¿qué pinta la ABA en todo esto?

Pues que a los Kentucky Colonels se les ocurrió entonces una honrosa idea. Respondieron a aquel aplastante desprecio público firmando un contrato a la joven, de 23 años, 1.41 y 51 kilos, para jugar con ellos, aunque la chica no había ni visto ni jugado un partido de baloncesto en su vida. El técnico del equipo, Gene Rhodes, no estaba de acuerdo con la idea y así lo hizo saber a su directiva. Con todo, los propietarios no sólo decretaron la inclusión en plantilla de Penny Ann sino la orden de brindar minutos de juego a la joven en un partido real.

Aquel 28 de noviembre de 1968, año de colores subversivos, llegaron a Kentucky los luminosos Stars de Los Angeles. Early, ya en el equipo, eligió para aquella noche una tierna minifalda de pliegues y un suéter de punto fino de talla honrada; y sin apenas línea, malamente cosida sobre su pecho, las ocho letras de los Colonels. A su espalda, un pequeño dorsal con el número 3, en honor a las tres carreras boicoteadas como respuesta a su presencia. Y como Alicia en el país de' trató como pudo de hacer la rueda junto al resto del equipo y para ello, Gene Moore, Louie Dampier y Darell Carrier, apenas se separaron de ella.

Penny Ann era bonita. Como joven y desenfadada que era, apenas tuvo reparo en percibir que era una extraña invitada a la que todas la miradas se precipitaban inevitablemente, sabiendo que todos y cada uno de sus gráciles movimientos estaban siendo observados con lupa' y constante rumor. Durante el partido, tomó asiento con el resto de compañeros en el banquillo dejando entrever aquellas finas piernas de pálida media que terminaban en dos minúsculos pies cubiertos por dos zapatillas blancas de fina tela' que no llegaban a tocar el suelo.

Como por una especial cortesía ante lo ajeno, aquellos hombres rudos, como viejos marineros, abrían hueco para ella en el banquillo, tratando de proporcionar, si es que puede decirse esto, una cálida comodidad en aquellos fríos tapizados de eskai que no escondían siquiera la espuma saliente de las arrugas ajadas del banco.

Poco después de iniciado el choque, como queriendo quitarse de encima cuanto antes el problema, el técnico Rhodes acompañó con cuidado a Penny Ann allí donde parten los jugadores para entrar, al centro. Hizo saber ella misma al juez de mesa Charles Rutter, de 72 años, su entrada en pista, y su ingenuidad y buena cuna le llevaron incluso a desenvolver allí mismo una conversación con el viejo ante la sorpresa de este. Y Penny Ann entró finalmente'

Desde el primer instante de juego real la chica no supo muy bien qué hacer, ni dónde situarse, llegando incluso en aquel grácil bailoteo como a apartarse para no estorbar sin que nadie, por puro tacto, se pegara a ella y es que allí' no había nada que defender. Tan libre quedó de marcaje que Bobby Rascoe, como entregando con cariño un regalo, decidió un suave pase de pecho para ella pero' se le escapó inevitablemente y acudió a coger el balón, demasiado grande, y como si nada hubiera pasado, lo recogió fuera de pista y quiso seguir jugando con él con uno o dos botes en su carrerita al azar'

El propio Rascoe corrió entonces hacia uno de los árbitros y aunque la posesión fuese para Los Angeles, suplicó el favor de un tiempo muerto. Y así se hizo.

Penny Ann recibió de este modo una de las mayores ovaciones de la historia de la ABA y corrió de nuevo a sentarse al fondo, sin perder la sonrisa. Al término, firmó cientos de autógrafos y fue, cómo no, invitada a la ducha antes que nadie. Kentucky había ganado como no podía ser de otra manera aquella noche.

Penny Ann no volvió a ver jamás un balón de baloncesto.

Curiosamente la prensa, acostumbrada al olvido de la liga, tiró enseguida al crimen y castigo, inflamando un chorro de opinión en que se venía a crucificar a los Colonels por utilizar a la chica y recurrir de ese modo, según esta corriente para beneficio propio, a una de las más vergonzosas campañas de marketing que la historia del Deporte hubiese alumbrado nunca.

Pero Penny Ann nunca se enteró demasiado de todo aquello.

Espero que vosotros sí. La ABA era esto' y mucho más.

Gonzalo Vázquez
ACB.COM



La ABA (VII): La rica liga pobre (III)


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