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Mirza Begic: El coloso desterrado
Abandonó su Bijeljina natal por los disparos de la guerra, fue refugiado, exiliado y hasta quiso ser Karate Kid antes de besar la bandera eslovena y abrazar el basket. Habla 6 lenguas, se ha recorrido media Europa y ahora sueña con triunfar en el Real Madrid. Repasa su emocionante vida con Daniel Barranquero

”¡Que viene Arkan, que viene Arkan!”

Han pasado ya justo veinte años de aquel grito que rompió el silencio en Bijeljina en esa noche del 31 de marzo de 1992. La situación estratégica de la ciudad bosnia, a 6 kilómetros de la región serbia y a 40 de la zona croata, era una trampa mortal. Imposible escapar del conflicto. Su nombre irá siempre de la mano de la Guerra de los Balcanes, al producirse esa noche uno de los primeros casos de limpieza étnica en Bosnia, en esa locura de sangre y odios que seguiría sacudiendo, durante los siguientes años, a la antigua Yugoslavia.

Los bosnios huían atemorizados por la llegada del implacable Zeljko Raznjatovic, más conocido como Arkan, y su milicia de paramilitares, los “Tigers”. Las bombas en el antiguo Café Estambul de aquella noche fueron el anuncio de lo inevitable. La guerra había llegado a la ciudad.

Dicen que en la guerra no hay reglas y casos como el de Bijelnija demuestran hasta qué punto el ser humano puede perder la cabeza. Desde el 1 de abril, los hombres de Arkan robaron, golpearon, violaron y asesinaron a aquellas personas que se cruzaron por su camino. 48, de forma oficial. 1040, según denuncian hoy los que dos décadas después anhelan justicia.

Niños, mujeres, hombres, ancianos, ¿qué más daba? La matanza indiscriminada de civiles, inmortalizada por el premiado fotógrafo Ron Haviv en unas imágenes con tanto valor histórico como susceptibles de herir sensibilidades, abrió los ojos de un mundo que contemplaba sin hacer nada lo que fue solo el inicio de una sinrazón entre bandos que duró demasiado tiempo. La Guerra de Bosnia había comenzado y la familia de Mirza Begic abrazaba el exilio. Marcharse de Bijeljina era menos duro que morir.

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El exilio del gigante

El “pequeño” Mirza, que ya era el más alto de sus amigos, no entendía nada a sus 6 años de edad. ¿Por qué dejar su casa? ¿Por qué abandonar su tierra, que pisaba con paso alegre desde que nació un 9 de julio del 85? Su familia, musulmana y bosnia, lo tuvieron claro cuando los “Tigers” entraron en la mezquita de su ciudad. Había que irse ya.

“Tengo muy malos recuerdos de la guerra. Vivía donde empezó todo y mi familia y yo tuvimos que huir y vivir en un campo de refugiados en Croacia”, declaró Begic en la revista Media Cancha. La situación mejoró cuando los suyos pudieron huir de la zona de conflicto y llegar a Austria, paso previo a una etapa que recuerda mucho mejor, la alemana. Duraría otros dos años.

En territorio germano, Mirza crecía y crecía, alternando sus tiros a canasta con las artes marciales. La tele, su aliada. “Quería ser como Karate Kid, sí… ¿qué niño no deseaba serlo?”, confiesa entre carcajadas.

El karate podía esperar y, cuando regresó a su país, se decantó por el baloncesto. La altura le invitaba a ello. Lo hizo en Tuzla, la que él considera su ciudad, ya que su corta edad cuando estalló el conflicto y lo sufrido entonces han provocado que no se acuerde mucho de su Bijeljina natal.

De un colegio de Tuzla a formar parte del Sloboda Dita, donde Mirza siguió creciendo, tanto en centímetros como en dimensión de jugador, convirtiéndose pronto en una de las grandes promesas del país, llegando a debutar en el primer equipo en la campaña 2001-02. El amor duró poco. “Al principio todo fue bien pero tuve una serie de lesiones y ellos no se preocuparon por mi estado. En ese momento, mi agente buscó lo mejor para mí y consideró que lo mejor era ir a Eslovenia, abandonar ese club y firmar por el Olimpija”.

Comenzaba pues el particular idilio de Begic con el país esloveno. Sus padres se quedaron en Bosnia. Él prefería mirar hacia adelante y cambiar de vida. Y hasta de nacionalidad. “Me convertí en ciudadano esloveno porque tenía una situación bastante mejor que la de Bosnia. Con el pasaporte bosnio necesitaba un visado para entrar en cada país; con el esloveno, no. Eslovenia me ofrecía mejores opciones de vida”. Y de baloncesto.



Mirza, a falta de minutos con el primer equipo, se dedicaba a dar pinceladas de lo lejos que estaba su techo como jugador, con exhibiciones como las que dio en el Trofeo de El Corte Inglés de 2003. Los que acudieron a aquel evento en Barcelona aprendieron pronto su nombre. Y hasta hoy. Intimidador, capaz de rozar tiro del rival, con un gancho patentado e imparable, bastante habilidoso con las manos y ágil para su altura -2,15, y seguía creciendo-, amén de presentar un buen timing de salto y una sólida lectura de juego. El potencial, gustaba. Sus números (26 pt, 20 reb, 7 tapones contra el CSKA), más aún. Ese chico era una joya.

La oportunidad en la máxima división eslovena se la dio, en la 2003-04, el Triglav Kranj, donde Mirza firmó 7 puntos, 5 rebotes y 1,7 rebotes de media por encuentro que le valieron dar un salto mucho mayor en su trayectoria. Tras observarle en el Reebok Eurocamp de Treviso y probarle durante unas semanas, la todapoderosa Virtus de Bolonia le sedujo y él dijo sí.

El conjunto italiano apostó fuete. Contrato por 5 años y el ambicioso objetivo de construir un pívot dominante a largo plazo, en la mente. No obstante, la Virtus prefirió, para que no se estancase por la falta de minutos, cederle tras el verano de 2004. Después de cuatro días estériles en el Zadar, Mirza aterrizó en Bélgica, para seguir creciendo el Huy Basket. Sensaciones encontradas. “La etapa belga resultó positiva y dura a la vez. Me vino bien para ver cómo era el baloncesto, para ganar experiencia y para mejorar”, relata el pívot, que promedió 6,3 puntos y 4,2 rebotes en esa campaña.

Begic no dejaba de crecer. Su baloncesto, tampoco. Y su país de adopción quiso aprovecharlo. Convocado para el Europeo Sub20 de Rusia, el techo del torneo lideró a Eslovenia con actuaciones de locura, como cuando encadenó 22 tapones en tres partidos seguidos. Su equipo no fue más allá del 10º puesto –la España de Suárez le arrebató la 9ª plaza-, aunque sus registros en el torneo continental, prometiendo 14,5 puntos, 8 rebotes y 5,5 tapones en cada cita, hacían presagiar su explosión inminente. ¿Quién iba a imaginar en ese momento que la élite europea tardaría tanto tiempo en conocerle?

Una explosión en tres pasos

La ocasión parecía idónea, con una Virtus emocionada por lo que había visto en el torneo ruso semanas antes. ¿Sería capaz de encontrar un hueco en aquel equipo de estrellas? Drejer, Milic, Bluthental, Lang, Di Bella… y hasta un Rodilla que daba los últimos coletazos en su carrera. Sin embargo, una inoportuna lesiones en la rodilla trastocó sus planes y cambió un feliz guion que parecía ya escrito.

La explosión se retrasaba, sí. La temporada 2005-06 se iba al garete, también. La rodilla le dolía, por supuesto. Pero lo que más le fastidió a Mirza fue que esa lesión le hiciese salir por la puerta de atrás del histórico club italiano. “Tras el campeonato europeo me lesioné la rodilla. Eran 6 meses en el dique seco pero no me puse de acuerdo con el club en el tratamiento de la lesión y decidimos romper el contrato”.

Liubliana, su destino, aunque no para formar parte del Olimpija, sino del modesto Geoplin Slovan. Un trampolín perfecto. “Durante casi medio año estuve con ellos simplemente para recuperarme de las rodillas, para poder hacerlas más fuertes”.



Su esfuerzo dio frutos. La confianza del club esloveno, también, con Begic recobrando sensaciones perdidas en la 2006-07, en la que firmó 9,7 puntos, 5,7 rebotes y 1,7 tapones por encuentro en la Liga Adriática, y 11,3 puntos, 6,6 rebotes y 1,6 tapones en la Liga Eslovena, en la que llegó incluso al All Star. “Fue una gran temporada que me sirvió para regresar al Olimpija”.

Su antiguo equipo, que le había sufrido en liga regular -20 puntos les endosó el angelito-, decidió darle otra oportunidad. El técnico Memi Becirovic creía ciegamente en él. “Quiero convertirle en el futuro en uno de los pívots referentes de Europa”, diría de un pívot que se quedó sin draftear en aquel verano de 2007. Corría bien la pista, intimidaba, recordaba a Shawn Bradley y olía a segunda ronda, mas su fragilidad física le alejó de la NBA.

No importó. Mirza Begic, tímido en su primer año (3,6 pt, 2,8 reb), creció exponencialmente en su segunda temporada (11,1 pt, 6,1 reb en Euroliga), con partidos de locura como el realizado en el torneo continental frente al Fenerbahce Ulker (23 puntos, 13 rebotes, 34 valoración), el que aún considera mejor partido de su vida. Un doblete en cada año, con Liga y Copa, y a oír ofertas. “Destaqué especialmente en la segunda campaña, ya que me salió un año muy bueno en Europa. Me encantó. Muchos equipos me observaron a partir de ahí”.

Los problemas económicos le abrieron en 2009 las puertas del club y el Zalgiris de Marcus Brown y su futuro compañero en el Real Madrid Martynas Pocius fue el más listo de la clase. Su romance duraría únicamente año y medio, pero antes de su abrupta ruptura, tuvo a tiempo a ser campeón de la Liga Báltica, subcampeón de Liga y Copa en Lituania y de regalar una segunda campaña muy por encima de su primera (7,4 pt, 9 val), en la que se mostró algo irregular.

“En Kaunas hacía mucho frío”, responde como primera valoración de su paso por el Zalgiris. “Más allá del frío también hubo cosas buenas. La razón es que a los lituanos les encanta el baloncesto, es el primer deporte nacional y así es mucho más fácil. Me encantó la experiencia”. Sin embargo, después de una primera fase en Euroliga más que prometedora -9,7 puntos, 4,8 rebotes y 2,3 tapones de media-, el divorcio con su club fue inmediato.

“Hubo un problema entre mi agente y la directiva del Zalgiris. No querían pagarle lo establecido y decidimos romper el contrato”. El órdago fue a lo grande. Declarado en rebeldía, Begic se convirtió en el rey de las redes sociales por desafiar al intocable presidente Vladimir Romanov. En enero de 2011, por sorpresa, Mirza Begic se convertía en uno de las mayores tentaciones del mercado.

Foto Euroleague/Getty


Si no puedes con el enemigo, únete a él

El destino parecía escrito. En la Euroliga 2008-09, 17 puntos y 26 de valoración contra el Joventut y 15 puntos, 7 rebotes y 19 de valoración en 19 minutos frente al Baskonia. Al año siguiente, 16 de valoración en 19 minutos contra Unicaja y 20 puntos, 7 rebotes y 23 de valoración contra el Barça. Sus 18 puntos, 6 rebotes y 28 de valoración en solo 23 minutos de esa campaña 2010-11 contra Caja Laboral, otra vez ellos, eran la gran confirmación. Por algún extraño motivo, Mirza Begic elevaba su nivel frente a los rivales de la Liga Endesa. Y si no puedes con el enemigo, únete a él.

El Real Madrid lo tuvo claro. El culebrón fue menos sencillo, aunque tras el permiso de la FIBA, el 18 de enero el conjunto blanco abonaba los 600.000 euros que pedía el Zalgiris por vender a la que se había convertido en su estrella. Mirza, obsesionado por cristalizar su fichaje por el cuadro español, incluso costeó parte del montante económico final. “Eso no importaba. Cuando surgió la opción de firmar, no lo dudé”.

Tras Mulaomerovic y, especialmente, de otro Mirza inolvidable, Delibasic, Begic se convertía en el tercer bosnio en vestirse del Real Madrid. No cabía en sí de gozo. “Es un sueño de niño que se ha hecho realidad. Desde que empecé en el baloncesto quería venir aquí. Ahora soy el hombre más feliz del mundo”.

Pese a que el Real Madrid prescindió de Garbajosa para darle hueco, Messina le presentó como un fichaje de futuro y con ese rol de promesa se quedó en su temporada de estreno. Inédito en la Copa del Rey, el pívot solo disputó 78 minutos en toda la temporada, repartidos entre 13 partidos. Siempre al acecho –en el único partido en el que jugó más de 7 minutos, 12 contra el Lucentum, sumó 12 puntos- Mirza acusó la falta de actividad por sus semanas de parón en Lituania y vivió una especie de segunda pretemporada que le dejó sin oportunidades. Habría que esperar a la siguiente temporada.

Empero, antes tocaba el Eurobasket. Ausente por lesión en 2009, Eslovenia volvió a convocarle y él tuvo que mojarse al fin. ¿Traición a Bosnia? ¿Cuernos eslovenos? La respuesta era más sencilla: “Me siento bosnio, que es donde nací. Mi corazón siempre será de allí. Por eso pedí que el Real Madrid me presentara como jugador de Bosnia. Todo el mundo quiere jugar en el país donde nació, pero allí no se han mejorado aún las condiciones para explotar el talento. Eslovenia, además, me ayudó mucho cuando yo no era nadie y es justo devolverle esto jugando para su selección”, confesó en una entrevista en su país.

Foto FIBA Europe Castoria-De Massis


Los aficionados eslovenos le acogían de buen grado. Ídolo en tierra ajena e incluso gancho publicitario, Mirza no solo se ganó un puesto con el combinado esloveno, sino que convenció a Maljkovic y fue ganándose minutos con el paso de los partidos en el Eurobasket, yendo claramente de menos a más. 14 puntos, 7 rebotes y 20 de valoración contra Ucrania; 14 de valoración en 17 minutos ante Bélgica; 8 puntos, 12 rebotes y 18 de valoración frente a Grecia… y otros 10 puntos en su duelo contra España, para completar unos números más que dignos de 7,7 puntos, 6,5 rebotes y 1,9 tapones por partido. Coronado como “rey de los pinchos” en el torneo, por delante de Kaman y el propio Pau Gasol, Begic parecía a punto para su verdadero salto. El Real Madrid esperaba.

La felicidad paciente

Pablo Laso habló con Begic al comienzo de la temporada. “No desesperes, tendrás minutos”. Llegarían poco a poco, arañados como auténticos trofeos de guerra. La competencia, feroz. Las oportunidades no se regalan. Debut ilusionante, destape en la cuarta jornada vuelta a un rol más oscuro para volver a repuntar en el arranque de la segunda vuelta y, muy especialmente, en la Copa del Rey.

Llull encontró la gloria, Carroll remató la faena pero, probablemente, sin Begic, la historia de la final en Sant Jordi hubiera sido diferente. Gigante como nunca en su club y quién sabe si en su carrera, Mirza escondió complejos para lucir 220 centímetros de intimidación y solidez que noquearon al Barça Regal. Dos tapones en una misma jugada, con la guinda del mate, impulsaron a su equipo en el segundo cuarto. Otro mate de concurso le dio simbolismo a la final. El golpe en la mesa fue total. El peso ganado en Barcelona, inmenso.

Y es que al final, todo parecía una cuestión de paciencia. “Desde el principio de temporada Laso confió mucho más en mí que nadie antes en el club. Intenté esforzarme al máximo en los entrenamientos para ir ganando más minutos”. Partidos como el de hace dos semanas frente al Unicaja (14 puntos, 7 rebotes, 25 de valoración), ayudan para un jugador cuyo sino parece ir ligado más a los intangibles –pero de los que casi se tocan, no los del topicazo- que a cifras de escándalo. A pesar de eso, su crecimiento le vale para ser el rey en porcentaje de 2 de la Liga Endesa con un 64,2 % que solo el ya ausente Ayón mejora y el tercero en tapones, con 1,57 por partido, además de prometer 5,9 puntos, 4,3 rebotes y 9 de valoración, superando a Tomic, pese a contar con menos tiempo en pista. En Euroliga (2º en tapones, 5º en rebotes ofensivos, 10º en totales), este registro se disparó hasta los 11,5 de media en el Top16.



Sus límites, perdidos en el horizonte. O eso espera. “No sé dónde está mi techo. Solo intento mejorar cada día, cada partido, cada mes. A veces no puedo demostrar el fruto de los entrenamientos en la cancha pero sigo trabajando duro para tener más minutos y poder enseñarlo”. La fórmula está clara. El objetivo, más aún: “Deseo repetir en Playoff el nivel que alcancé en la final de Copa frente al Barça, por supuesto. Deseo jugar duro, aportar una gran defensa y poder repetir esa actuación”.

Más madrileño que el chotis, el bosnio-esloveno valora su presente cada mañana. “Firmar por el Real Madrid es una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. Juego en uno de los mejores equipos de Europa y la Liga Endesa es maravillosa. Estoy encantado por vivir todo esto”. Con esos ingredientes, ¿para qué mirar al futuro? “No pienso en cosas de la NBA ni similares, ya se verán. Ahora solo pienso en disputar el Playoff para ganar la ACB. Estoy contento aquí y me apetece quedarme más años”. Y punto.

Una herida cerrada

Suena la música del rapero bosnio Edoo Maajka por sus altavoces. Mirza, vista blanco o el verde esloveno, jamás olvidará sus raíces. Enganchado a la comida picante y a la kasha, un plato cocinado a base de grano triturado y adicto a Internet, el pívot es un hombre realmente tranquilo, que tiene muy claro en qué disfrutar el poco tiempo que reúne entre entrenamientos y partidos. Su mujer Nina, antigua jugadora de voleibol, y su hija Asija, son su mayor prioridad. Esta última, de dos años, es la gran protagonista de la entrevista, contagiando de risa al papá Begic.

Paseos al parque y al zoo para aquel cuyo mayor tesoro no está en una pista de baloncesto. “Mi familia está aquí conmigo. A cualquier parte donde voy, ellos me siguen. Mis padres siguen en Bosnia, se quedaron allí tras la guerra, pero pronto vendrán a verme. Alguna vez salgo a tomarme algo pero prefiero quedarme con mi familia. Es mi vida. Ojalá pueda tenerla muchos y estén bien siempre. Lucharé por ella”.

Begic, que responde en perfecto inglés, es capaz de hablar, además de bosnio, esloveno y croata. Para colmo, se defiende en italiano y avanza en su aprendizaje del español. “Es complicado, pero lo intento”. No es el único regalo que le aportó ser un trotamundos. De mente abierta, como sus compañeros balcánicos Nikola Mirotic, Novica Velickovic y Ante Tomic, otros hijos de la injusta guerra fuese cuál fuese su nacionalidad y origen, la situación en el vestuario blanco es de absoluta normalidad.

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No importa que el padre de Tomic combatiese en primera línea de guerra mientras los suyos huían de Dubrovnik, o las consecuencias del conflicto en cada familia. Ni enemigos, ni odio. Ni siquiera pasado. “No hablamos de ello. Fue duro pero tratamos de mirar hacia delante. Para nosotros es más fácil superarlo porque vivimos fuera de nuestro país. A nuestros padres los políticos les inyectaron el odio. Nosotros no queremos eso”, relató en el citado artículo de Media Cancha. “Nos llevamos bien y nos gusta estar juntos”, confiesa hoy.

El esloveno de Bijeljina, el bosnio vestido de verde. El refugiado que quiso ser karateca. El niño que lloraba por los disparos de Arkan cambió los llantos por carcajadas y el miedo por la ilusión. Paciente, tanto cuando esperó la explosión de su baloncesto como a la hora de esperar su paso al frente en el Real Madrid, el coloso desterrado por fin encontró su sitio. Este exilio lo dibuja él.

Daniel Barranquero
@danibarranquero
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