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La ABA (VIII): Estado salvaje (I)
Como el lejano y salvaje Oeste, así se ha llegado a describir a la ABA por parte de quienes la conocieron bien. Y es que para sobrevivir en esta liga rebelde había que ser especialmente duro, pues la intimidación era un elemento más del juego. En aquellas pistas se daba cita mucho temperamento y cualquier chispa podía desencadenar una verdadera batalla campal. Era la otra cara de la ABA, un aspecto al que dedicaremos también algunas entregas de esta peculiar serie


Los botiquines en la ABA fueron parte integrante del juego

Hemos venido subrayando en las entregas anteriores las excentricidades casi obligadas de quienes tenían en sus manos la supervivencia de la competición, pero 'qué ocurría con sus protagonistas? 'quiénes poblaban la ABA y qué les distinguía de sus vecinos de la liga rica? Sin entrar aún en cuestiones técnicas, 'cómo era en definitiva el desarrollo interno de aquella liga? 'Y por qué razón continuamos ahora la serie bajo el atrevido epígrafe de "Estado salvaje"?

Suele considerarse la década de los setenta en la NBA como un período de oscuridades varias, desde la gestión organizativa por arriba a la moral relajada de algunos perfiles humanos por abajo, pasando por todo ello factura general con el nacer de la década siguiente. Si bien hay algo de cierto en todo esto, conviene recordar que aquellos defectos corporativos en la NBA, de carácter transitorio, fueron estructurales y permanentes en su hermana pobre. Al verse en la necesidad de colmar una demanda deportiva que engullía como primer plato la NBA, la ABA tuvo que acoger en su seno toda la fauna periférica imaginable, convirtiéndola de inmediato en materia de mercado y multiplicando con ello la posibilidad de convertir situaciones concretas en verdaderos polvorines hoy día inconcebibles.

Tendremos ocasión de comprobar cómo el nivel real de jugadores en la ABA llegó incluso a superar al de la NBA, pero al distar muchísimo las condiciones de una y de otra liga, muchos jugadores de nuestra competición intuyeron en ella el trampolín necesario hacia los dólares de la liga rica, y por ello la competitividad allí resultó por momentos salvaje. Como la NBA parecía tan sólo prestar atención a los victoriosos de la liga pobre, no es difícil entender cómo se las tuvieron que gastar los cuadros técnicos de la ABA por salir a flote. Si el fin era el éxito legal, el medio podía gravitar sobre una escandalosa ilegalidad' deportiva. 'Todos aquellos que protagonizaron la ABA -señala el editor deportivo Larry Donald- tenían la misma sensación que los confederados en la Guerra Civil: subían a las colinas a matarse con el enemigo y morían en el intento' dejándose allí alma, corazón y vida.

Por mera cuestión de demanda, la ABA sacó de la chistera un singular draft que cubría así las necesidades organizadas de elección para las franquicias. E incluso aquí hubo también picaresca para sacar tajada porque en aquellas interminables rondas, se presentaba todo el mundo que avistase futuro en el deporte de los aros, desde los correctos universitarios y adolescentes de instituto a desterrados de la NBA y sobre todo, fauna profunda de la calle. 'Siempre había donde elegir y muy bueno de veras -cuenta Al Bianchi-. Si veías que ya tenías la plantilla completa podías coger a cualquiera del equipo y volver a colgarlo de nuevo en el draft. Donde yo estaba, en Virginia, no elegimos mal del todo porque atrapamos a Erving y Gervin nada menos. Como vimos que por aquellos drafts nuestros se acercaban ojeadores de la NBA dado que jugando no lo hacíamos nada mal, inflamos mucho aquellas listas con gente de todo tipo y cuando uno de aquellos desconocidos que habíamos colgado a posta se lo llevaban ellos, nos reíamos mucho'. Y en ese río revuelto, aprovechaban ellos para hacer así ganancia de pescadores.

Esto no impedía que la ABA estuviese plagada de peces de aguas profundas que poco o más bien nada sabían de disciplina, pero igualmente sin ellos la ABA no hubiese sido la ABA. Bob Costas, jovencísimo reportero allí, tiene muy claro que 'la ABA era como el lejano y salvaje Oeste. Eso fue esta liga a nuestro deporte'. No en vano, cierto sector poderoso de la prensa nacional, con el menosprecio habitual, llegó a considerarla como 'la liga de los renegados', aun a sabiendas de que mucho despojo de aquella fábrica iba a parar por sobrados méritos a la NBA.

Con todo, el mestizaje social que comprendía la ABA, al darse en buena parte plagado de gentes pobres del suburbio, arrastró a la pista sin remedio toda la carga vital que las miserias provocaban en un país donde el racismo era cuestión latente en cualquier expresión pública, sólo que la NBA, por una mera ventaja económica, parecía poder sepultar. Toda aquella feria itinerante, esencialmente negra, compartía 'la misma visión de juego y las tensiones sociales de la época que reflejaba su dureza -como narra el periodista Jeppe Grue-, pero también representaba diferentes modelos de resistencia contra el sistema, al que desafiaron e intimidaron a través de los límites socialmente aceptados en una pista de baloncesto'. Lo que hoy, en la poderosa NBA, puede entenderse como una sofisticada mezcla de diversión, espectáculo y negocio, pasó por ser allí dentro un complicado discurrir de expresiones políticas de bajo origen social, o lo que es lo mismo, de respuesta inconsciente al duro latir suburbano.

De allí partía precisamente Julius Erving, que todavía hoy, a quién le pregunta sobre su periplo en la ABA sin compartir a las claras el carácter sagrado de todo aquello, espeta como en revancha: ¿Claro que fuimos una liga rebelde' 'y qué?'.

Las situaciones extremas, además de por la feroz competitividad, se veían también acolchadas por la ausencia de cámaras de televisión y parecía entonces que cualquier cosa que allí hicieras no la verían ni los árbitros. La violencia era así un ingrediente habitual y se convivía con ella como hoy con los mates y triples. 'Para sobrevivir en aquella liga tenías que ser muy duro -recuerda el excelente pívot Mel Daniels-. A veces sabías que si ibas a jugar 78 partidos tendrías 78 peleas, una por noche'.

Su primer partido en la liga, todavía en Minnesota, le enfrentó a los Colonels de Kentucky. Daniels sumó 19 puntos y 17 rebotes en dos cuartos. En los vestuarios, ya en el descanso, la bronca a voz en grito se la llevó su marcador, Bobby Rascoe, quien rápidamente entendió que había que parar a Daniels como fuese. La primera acción de Kentucky al reanudarse el juego, fue un tiro fallido que dio en un nuevo rebote de Daniels, pero aquel sería el último. Sin mediar palabra Rascoe cerró su mano y fue a soltar un tremendo puñetazo por detrás al pívot de los Muskies. Cuando Daniels reaccionó, toda la pista se asemejaba ya una vieja taberna del Far West en pleno fragor de alcohol y juerga. 'Siempre pareció que quienes jugamos allí luchábamos por nuestras vidas o algo así, pero es que una de las normas del juego de la ABA fue la supervivencia. Tenías que ser muy duro para ser respetado. La intimidación fue una parte importante de todo aquello, especialmente si tenías que luchar bajo los aros'.

Puede que el lector perciba como imposible que cualquier situación fuera allí posible. ¿No podía la ABA sancionar, expulsar o impedir jugar como hace la NBA hoy día con cualquier responsable de un motín? No era tan fácil. De haberse tomado medidas a rajatabla, vamos, un minucioso 'ojo por ojo', la continuidad de la competición hubiese resultado imposible. Todos aceptaban las refriegas como un doloroso mal menor con el que había que convivir. Si toda una plantilla saltaba a la pista a romperse la cara con su rival, el siguiente partido estaría lleno de lisiados en repleta parafernalia de vendajes, apósitos y remedios de barata botica, sí, pero había partido. Tenía que haberlo' porque si no era así, no había competición y la vida de la ABA estaba por encima de todo. 'Continuábamos jugando -dice el Charlie Williams de Pittsburgh-, que era a lo que íbamos todos y por lo que teníamos una tremenda ilusión' .

¿Y los árbitros entonces? Los árbitros eran pieza viva de todo aquel tinglado y pronto aprendieron que una situación difícil podía como mucho suspender momentáneamente el partido, porque enseguida los chicos caían en la cuenta de que había que seguir' como fuera. El primer partido del colegiado John Vanak tuvo lugar en Grambling, en la profunda Loussiana, ante unas 600 personas. Nueva Orleans pujaba allí su baloncesto y aquella primera noche para el juez novato, tocaban en lidia los rudos Chaparrals de Dallas. 'Señalé dieciocho faltas flagrantes y una decena de técnicas. Hubo un momento en que creí necesitar tres silbatos. Los jugadores se enzarzaban a cada jugada y era obvio que no me hacían ningún caso a pesar de expulsar ya no recuerdo a cuántos'. Sin que la violencia fuese por lo general contra ellos, había árbitros de una única noche, incapaces de soportar el susto, con lo que se daba en el colmo de la inexperiencia para jueces a los que se les requería aptitudes como de Terminator.

La siguiente noche se volvían a enfrentar los mismos equipos y parecía la pista, con tanto parche, la vetusta cubierta de un velero pirata en pleno fragor de contienda. 'Me tocó pitar de nuevo el choque. Al inicio, ambos técnicos corrieron de mutuo acuerdo hacia mí y me dijeron: Queremos que pites como el anterior partido. Necesitamos gente como tú en esta liga. Hay que limpiarla de tanta porquería'. Tanta experiencia debió acumular Vanak aquellos años que debió cogerle gustillo al asunto policía de mano limpia y terminó dejando el arbitraje para ser detective privado, su dedicación actual.

De los calores del temperamento, no se libraba en la ABA ni los entrenadores. Bob 'Slick' Leonard era célebre por sus apasionados números de banquillo en Indiana, al peor modo Bobby Knight. Al comienzo de la campaña del 73, los Pacers visitaban la pista de sus más enconados rivales, los Stars de Utah. El partido resultó todo lo apretado que cabía esperar y a los últimos minutos de dura batalla en pista, hubo que añadir la parafernalia violenta de Leonard en la banda. Cada vez que atacaba Utah tras fallo de los Pacers, los aspavientos del técnico de Indiana llegaban incluso a pisar la línea del triple. Como sus desvaríos parecían no tener límite, los árbitros, después de dos técnicas, decidieron expulsarle del partido. Al no querer marcharse y acentuar incluso sus protestas, varios aficionados bajaron a la pista llegando incluso a agredirle. Contenido entonces en un rincón por dos de sus chicos, tuvo lugar el último ataque que para colmo dio con Utah en la victoria por una cesta lograda al amparo del bocinazo.

Cómo no, Leonard entendió que aquella última canasta se había producido fuera de tiempo y logró desasirse de sus amarres, montando en cólera y corriendo a la pista con el único fin de alcanzar el balón y chutarlo con toda la fuerza de que fue capaz, haciendo del tricolor un desahogo a modo de proyectil.

Pero nada hubo que hacer. Utah se llevó el partido y Leonard fue multado y suspendido. Curiosamente, la franquicia de Salt Lake lo tomó todo con gran sentido del humor y al siguiente partido en que vinieron los Pacers, se elaboró un programa del encuentro con una litografía en la cabecera en que aparecía Leonard con una amplia sonrisa. Fue incluso entrevistado al inicio por una cadena local y en sus manos portaba entonces un regalo singular. Resulta que aquel incidente fue fotografiado y aparecía el técnico dando la célebre patada al balón. Al mánager general de los Stars, Vince Boryla, no se le había ocurrido otra cosa que ampliar la fotografía del Leonard desencajado, calzarla un bonito marco bajo cristal y hacer de ello un regalo para el temperamental técnico.

Como vemos, los dislates abrazaban en la ABA a todos y cada uno de sus protagonistas, al menos en relación a los cargos, y es que a medida que transcurre la serie, vamos abarcando a todas las jerarquías -desde los ideólogos y propietarios- hasta llegar al lugar que nos interesa, la pista. "Los jugadores, sus indumentarias y estilos de vida eran un reflejo de la época -relata Bob Costas-, desde los enormes afros a las barbas, desde los pantalones de campana a las plataformas. Recuerdo cómo al principio Larry Brown entrenaba con indumentaria de granjero mientras que su asistente Doug Moe -ambos en Oakland- llevaba unos zapatos que hacían daño a los ojos, pero eso no era lo más especial. Nunca lo fue. Lo más especial e increíble... siempre estuvo en la pista". Y por ahí desplegaron toda su infamia ciertos personajes irrepetibles que tocaremos posteriormente.

Gonzalo Vázquez
ACB.COM



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