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La ABA (IX): Estado salvaje (II)
La ABA fue pródiga en perfiles insólitos y Cliff Hagan, sin lugar a dudas, fue uno de los más destacados. Tras retirarse de la NBA aterrizó en los Chaparrals de Dallas como entrenador-jugador, pero la pérdida de toda capacidad de control sobre su marcado temperamento le convirtieron en un auténtico peligro. Tras protagonizar innumerables incidentes, los responsables de la franquicia se vieron obligados a prescindir de sus valiosos servicios con el fin de evitar males mayores


Cliff Hagan inspiraba miedo entre sus compañeros y rivales

Terminamos la anterior entrega invitando al lector a conocer en estas siguientes, el perfil insólito de ciertos personajes de corto que, cómo no, poblaron la rica selva de la ABA. Serán pocos, muy pocos, pero suficientes para entender que aquella liga nunca tuvo que evitar 'lo feo' para sobrevivir. La NBA actual, el colmo de imagen transparente total, hace sin embargo todo lo posible por censurar las inevitables refriegas violentas en un deporte de contactos como el baloncesto. Bueno, pues encontramos aquí un casual paralelismo con la ABA, que la violencia tampoco allí se hacía pública, aunque en este caso sería justo decir que por mero defecto de cámaras. Vamos a intentarlo ahora nosotros, como desclasificando viejos documentos prohibidos.

Los Hawks de los últimos cincuenta interpretaron formidablemente la dinámica viva del juego de ataque. Alex Hannum era un obsesionado del orden con el balón en movimiento y cinco de sus chicos interpretaron como ningún equipo a sus órdenes aquellos flujos de ofensiva rápida. Puede que su presencia en el Departamento de Medicina de la Marina Americana durante la Guerra de Corea añadiera además el peso necesario para rodearse de una férrea disciplina. Aquellos cinco soldados sin casco tenían nombre: Slater Martin, Jack McMahon, Ed Macauley, Cliff Hagan y Bob Pettit. Resultado: el campeonato de la NBA de 1958 sobre los poderosos Celtics de oro.

De aquellos cinco hombres hubo uno que el destino situó donde nosotros queremos hoy encontrarle. Cliff Hagan era un afilado alero blanco de cortos 1.95 y especial arraigo defensivo, todo él por voluntad y encono de perseguir a su marcador hasta la extenuación. Cuando Pettit recibía al poste, Hagan hacía lo posible por bloquear la defensa para el libre camino de aquel. Vamos, que defendía hasta en ataque. Diez años con aquellos Hawks dieron con su retirada al término de la campaña del 66. Un año en blanco y en la lejanía da inicio la ABA. Bob Folsom, propietario de los Chaparrals de Dallas, quería algún ario con experiencia y empuje para brindarle plaza dirigente en su banquillo. Hagan accedió bajo una sorprendente condición: también jugaría.

Y en 1967, con el arranque de la liga, Cliff Hagan, a punto de cumplir 36 años, emularía al Russell de la liga rica, dirigiendo de corto. Parece ser natural que con la edad, vaya mermando la hormonal agresividad juvenil y se gane en madurez y serenidad de conducta. Pues nos encontramos aquí con un caso de interés casi clínico, pues si bien es cierto que Hagan demostró en su carrera una férrea voluntad para ganar, convirtió esa misma voluntad en una especie de infección allá en la profunda ABA, como encontrando en aquel circo libertino la misma cálida identidad que el ultra halla en su grupo, una liberación del instinto salvaje. Sin razón aparente, el Hagan de la ABA despertó el lado oscuro que dormitó en la NBA. Veamos en unas escenas por dónde fueron los tiros para entender además, al hilo de la serie, que en aquella liga todo trastorno parecía encontrar nido.

Terminando la campaña del 68, Dallas visitaba el pequeño Auditorium de Denver, donde jugadores y técnicos acostumbraban a sentir de modo distinto el fogoso aliento del público, muy apiñado y vencido todo él al parqué. Los aficionados de Colorado, contra lo que parece dictar la franquicia en las tres últimas décadas, amaban el juego físico y defensivo de su equipo, y este tipo de juego era el que más peligrosamente estimulaba la vena de Hagan. Llegado el momento más tenso, prendió la chispa entre los jugadores y se inició una pelea generalizada. El polvorín cogió a Hagan en el centro de la banda, adonde enseguida acudieron los árbitros por la cercanía de la mesa. Y por ese motivo, Bob Bass, técnico local, saltó del banquillo hacia ellos con el grito en el cielo. Como un resorte, Hagan ocupó entonces terreno enemigo hasta plantarse delante de Bass. En ese preciso instante el locutor texano Terry Stembridge recogió allí mismo la amenaza de Hagan, una cabeza por encima de aquel: 'Lárgate de aquí, enano, antes de que te rompa la cara'. Bass era un tipo duro pero allí todos sabían cómo se las gastaba aquel loco de Kentucky y corrió asustado al rincón de su banquillo mientras el partido volvió a reanudarse y finalizar no sin antes ser detenido tantas veces por acciones violentas que el columnista angelino Jim Murray mencionó sin tapujos en la crónica que 'casi tenías que presentar los rayos X para conseguir un tiro libre'.

Hagan era uno de esos raros casos de deportistas que se transforman radicalmente al vestirse de corto. 'Fuera de la cancha 'cuenta Stembridge- Cliff era todo un caballero. De verdad que era elegante y amable, pero algo extraño le ocurría al ponerse el uniforme. Era el jugador más duro que he visto nunca. Simplemente carecía de término medio'. Aquel mismo año Dallas visitaba a media temporada al mejor equipo de entonces, los Pipers de Connie Hawkins. Pittsburgh sumaba hasta aquella noche nada menos que quince victorias consecutivas. Quizá fuera este el motivo por el que Hagan decidió aquella vez jugar los minutos de peso saltando además como titular a pista. Y no sólo eso. Como queriendo dejar claro que él llevaría la batuta se emparejó con Art Heyman en el salto inicial. Esto pareció molestar a Heyman, que inexplicablemente con el balón al aire, propinó un terrible codazo a Hagan en plena cara. Sólo faltaba eso. Cliff llevó como loco su mano atrás para mayor inercia y soltó un derechazo directo al pómulo de Heyman que dio con este en el suelo humillado. 'Yo no había visto nunca nada parecido'. Como el partido aún no había empezado, los árbitros decidieron un temeroso perdón en medio de un extraño silencio y volvió a repetirse el salto ya entonces con normalidad, salvo la gravísima hinchazón de la cara de Heyman. Lo curioso del caso, que viene a subrayar el temor generalizado a Hagan, fue que Heyman quedaría tan marcado 'que se pasó el resto de la noche tratando de dar la mano a Hagan 'prosigue Stembridge- jugada tras jugada aun sabiendo que la peor parte de largo se la había llevado él'. Los llamados intangibles hablarían aquí de intimidación, pero a efectos prácticos cabe destacar que Hagan recibía así muy poquitas faltas.

Max Williams era el mánager general de aquella franquicia de Dallas, un orondo hombre de paz y negocios que ocupaba además el cargo de vicepresidente. A petición de Hagan, solían echar partidillos entre ambos terminando los veranos, cuando el equipo aun no había empezado la pretemporada. Cuenta Williams que en más de una ocasión, Cliff le hacía esta arriesgada propuesta: 'Venga, juguemos este a muerte o por lo menos, hasta que corra la sangre'. El manager confiaba entonces en que se trataba de una bravuconada más pero tanto insistía Hagan que finalmente Max accedía al menos a jugar una pachanguita. 'Claro, yo no le hacía mucho caso pero casi empezando el partido recibí en un rebote un golpe brutal. Me dejó KO y el suelo se llenó de sangre'. Hagan continuó jugando como si nada pero al ver que Williams no se levantaba le preguntó si se encontraba bien a lo que este respondió sin apenas lucidez que sí. Sin embargo, a Hagan le debió molestar tanto que no se levantara que cogió el balón y se marchó de allí dejando al pobre Williams, de unos cincuenta años y muchos más kilos, sangrando en el suelo sin poder levantarse siquiera. 'Tuve que acudir aquella noche varias veces al hospital porque el ojo se complicaba muy seriamente una y otra vez'. Pero nada explica mejor la intrincada psicología de aquel violento loco que las últimas palabras de Williams: 'El caso es que yo' era su jefe'.

En los entrenamientos, Hagan era el colmo de la dureza y las malas formas. Podía quedarse casi solo después de torturar y expulsar a los miembros de aquel equipo, que no era otra cosa que el suyo propio aunque parezca mentira. Esta actitud era similar en los partidos. 'Dejaba sordos a todos 'contaba el que fuera su entrenador en St Louis, el legendario Alex Hannum- con sus malditos gritos en el vestuario antes, durante y después de cada partido'. Williams fue testigo en una ocasión de un entreno especialmente cruel por parte del técnico-jugador, y al término se le acercó para preguntarle cómo era posible que él fuera la misma persona que los domingos acudía a cantar serenamente a la Iglesia Baptista. 'Mira, Max, he tenido ocho entrenadores atrás 'replicó Hagan-. Seis me caían bien y a los otros dos les odiaba con todas mis fuerzas. 'Pero sabes con quién gané algo? Con los dos que odiaba a muerte'. Hagan pretendía así despertar el más feroz odio de sus jugadores para tratar de ese modo de lograr un título. Pero sus jugadores eran igualmente sus compañeros, así que más que odio, Hagan despertaba verdadero miedo.

Puede que el caso más grave protagonizado por Hagan tuviese lugar una preciosa tarde de domingo de 1968, declarado entonces 'Día de los Niños' en la ciudad de Denver. Por ese motivo, el pequeño Moody Coliseum estaba abarrotado entonces de críos por los que sus padres no habrían de pagar aquella tarde. Llegaban además desde Minnesota los poderosos Muskies de Freeman, Hunter y Daniels. Se preveía un bonito partido, disputado como todos pero a la presencia de tanto niño, un tanto más limitado de mutuo acuerdo. Pues bien, nada más lejos de aquella ingenua intención.

El salto inicial lo ganaron los Muskies y su primer ataque se saldó con una sucesión de apretados palmeos en zona que dieron, contra todo pronóstico, con un visible codazo de Hunter a la mejilla de Hagan. Cliff entendía igualmente el juego duro, y quizá por ese motivo, cruzó sin más unas ásperas palabras con Hunter como aviso para la siguiente. Lo increíble del caso en que a la siguiente jugada, de nuevo Les Hunter, un grueso 2.01 cuajado en Loyola, soltó esta vez otro codazo con tal fuerza sobre Hagan que ya no había nada que hacer. Así lo cuenta Stembridge: 'De verdad que fue espeluznante. Sin mediar palabra' bam, bam, bam' una increíble sucesión de derecha-izquierda, derecha-izquierda' a la cara de Hunter'. Su compañero Mel Daniels, un fornido 2.07 de largos brazos a lo Marvin Webster, corrió loco de ira hacia aquel maldito blanco y fue el acabóse. 'Dios, todavía puedo ver 'recuerda Stembridge- el sanguinario puñetazo sobre la cara de Hagan'. Daniels tenía además una uña especialmente larga y no le importó en absoluto partirla entera a tajo limpio en la dañada mejilla de Hagan. Los árbitros empezaron a pitar como locos para detener aquello, pero la refriega adquirió entonces verdaderos tintes dramáticos. Imaginemos la escena en palabras de Max Williams: 'Lo peor fueron sin duda los eternos treinta segundos en que Hunter quedó sin conocimiento en el suelo, sin moverse en medio de aquel infierno ante el asombro de miles de niños a quienes sus padres habían regalado aquel día el poder ver un partido de la ABA'. La pista se convirtió de inmediato en un feroz campo de batalla sin que nada ni nadie pudiera hacer nada por detener aquello. El partido no se reanudaría jamás.

Cuenta Terry Stembridge, presente aquella tarde de perros sin apenas poder hablar al micrófono ante lo que estaba viendo, que años después encontraría una noche a Hunter en el bar de un Hotel. Allí tomaron unas copas y obrando fino ya el alcohol, no pudo evitar recordarle aquel incidente. La respuesta de Hunter aun sorprende hoy día: 'Te juro que nunca supe quién me golpeó. No le vi venir y nadie habló nada después de todo aquello, pero te juro también que en toda mi vida he recibido un golpe tan fuerte como aquel'.

Aquello fue demasiado lejos y no es de extrañar que el propietario Bob Folsom hablase muy seriamente no con Hagan, no, sino con su pobre manager de confianza, Max Williams. Folsom le pidió que hiciera algo con aquella fiera de una vez por todas o tendría que tomar medidas drásticas. Y Williams tuvo que hablar seriamente con su pupilo. 'Cliff, lo siento pero voy a tener que despedirte. Me acabas de costar 2.500 dólares'. Pero Hagan no era ningún niño y resulta difícil poder cambiar de la noche a la mañana. 'Max, si no puedo luchar, no puedo jugar'.

Ambos hablaron largo y tendido sobre el asunto y Williams trató de convencerle, casi de suplicar, que depusiese por fin su actitud porque de no hacerlo, quedaría fuera del equipo, y en aquellas condiciones de la primera ABA, al no haber por lo general asistentes 'demasiado lujo- tendría que tomar el relevo el propio Williams, y a él le horrorizaba la idea de entrenar. Max era hombre tranquilo, demasiado blando quizá para aquel circo de guerreros.

La temporada siguiente, la de 1970, última de Hagan deportivamente, parecía que las palabras de Williams habían calado en serio. Pero como previendo la posibilidad de despido, aparecían ambos 'Hagan y Williams- como técnicos en el programa oficial de los Chaparrals' por si acaso. Hagan acudía siempre en chándal pero en el vestuario el mánager comprobaba con el rabillo del ojo si bajo el largo pantalón había prenda corta oficial con la que jugar. Y al no haberla, Max respiraba tranquilo.

El caso es que terminando la Regular, cuando nada parecía poder ocurrir y el equipo funcionaba sin pisar pista el técnico, viajaban los Chaparrals por el Oeste yendo a dar en un partido contra los Amigos de Anaheim. Parece ser que Johnny Beasley acudió entonces hacia su jefe antes del inicio. ¿Eh, Max, 'sabes que Hagan ha venido hoy de corto? '. Williams tuvo así un mal presagio porque ya no acostumbraba el técnico, de 39 años, a formar parte de la plantilla 'tan solo jugaría aquel año tres encuentros. Entrado el partido, tampoco Hagan dio la impresión de querer despojarse del chándal.

Pero el destino quiso que a falta de 40¿ el marcador estuviera empatado. De inmediato Hagan se fajó de sus pantalones y se dio entrada a sí mismo en pista. Entró. Cruzó en un rápido ataque la cancha, recibió un pase y anotó un magnífico gancho de los suyos, de aquellos limpios en carrera que tanto acostumbraba en St Louis' pero fue a caer malamente sobre un rival que pareció arrojarle por venganza al suelo. Sólo bastó eso. Hagan se incorporó como un resorte y soltó como una mala bestia uno de aquellos puñetazos definitivos. 'Dios mío, pensé, sólo lleva cinco segundos en pista y ya ha golpeado a alguien. 'Cómo puede ser posible? ', concluye un sufrido Max Williams.

Y Williams tuvo así que coger el equipo contra su expreso deseo, pero no cabía otra opción. La franquicia despidió de forma fulminante a Cliff Hagan, aduciendo indisciplina 'insólita acusación para un entrenador- y una tremenda desmoralización del equipo por recaída, como un proscrito adicto. Lástima, pues les había colado en Playoffs y al año siguiente, ya sin él, los Chaps perderían la friolera de 54 partidos, la peor marca de largo desde su origen.

Aunque parezca mentira, veremos más adelante fauna más hostil que aquel incomprensible blanco loco de Kentucky. Pero al criterio elegido por quien escribe, se resolvieron unos pocos casos que tocaran por igual a ambos colores de piel.

La ABA (VIII): Estado salvaje (I)
La ABA (X): Estado salvaje (III)

G Vázquez
ACB.COM



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