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En tierra de gigantes: Nate Robinson (... y II)
Con un impacto deportivo y mediático impensable, la carrera de Nate Robinson ha vivido desde su comienzo en la NBA una completa montaña rusa, con picos y valles emocionales. Ahora, en plena madurez deportiva, prentende ser recordado por algo más que el pequeño ganador de concursos de mates

(Foto EFE)

Redacción, 18 ago. 2013.- Como si el destino los quisiera unir, New York Knicks y Nate Robinson cruzaron sus caminos. La ciudad que nunca duerme, aquella que acuna rascacielos y ciega con las luces de neón de Times Square, recibía con los brazos abiertos a un menudo jugador convertido en artista de una función todavía por estrenar. Un showman más propio de Broadway que del Madison recogía el testigo de la saga de pequeños que desafiaron las leyes de la física jugando entre gigantes. Tyrone Bogues, Anthony Webb y Earl Boykins tenían un digno sucesor que ampliaba el abanico de personalidades de este selecto grupo. Y es que en Nate se atisba a un jugador del Siglo XXI, con una carga mediática y una vena extradeportiva muy lejana a la sobriedad de sus antecesores en esta familia de ‘bajitos’.

Nate, the Great, hacia honor al apodo que le pusieron sus compañeros de instituto y tuvo un impacto súbito en la liga. Su extrovertido carácter congenió con el siempre exigente público los Knicks y las fotos de sus mates comenzaron a adornar carpetas y habitaciones de adolescentes. Nueva York, tan ávida de crear estrellas, veía nacer un nuevo ícono entre sus calles.

La publicidad y la fama elevó al base a la categoría de famoso, pero éste tuvo la virtud de no sentir el mareo propio de quien se asoma a una altura de la que no tiene la seguridad de no caer. Para ello tenía sus recursos internos (ejemplificados en un hermano fallecido e hijos que educar) pero también la figura de un estricto entrenador como Larry Brown.

La historia más reciente hablaría de una relación tirante, a veces no exenta de discusiones, pero con casi una década en la liga, hoy se puede asegurar que los entrenadores que más rendimiento han sacado al anárquico y temperamental jugador han sido dos técnicos de vertiente defensiva y rostro serio como son el propio Brown y Tom Thibodeau. Bajo la dirección del veterano Larry Brown, Nate promediaría en su año de novato 9,3 puntos, dos asistencias y 2,3 rebotes por encuentro, logrando actuaciones individuales memorables como la noche en la que endosó 34 puntos a los Sixers (era la mejor marca de la franquicia en un partido de un novato en los últimos 20 años).

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Impacto súbito

Tener una fuerte personalidad te hace ser duro e imponer tu carácter cuando pisas tierra poco estable, terreno propio de un rookie en la NBA. Sin embargo, Nate Robinson parecía no serlo, o cuanto menos lo disimulaba muy bien bajo el abrigo de los aplausos y los flashes que provocaban sus espectaculares mates o lejanos triples.

La curiosidad de ver al pequeño matador le perseguiría como dulce condena en los meses iniciales de competición hasta llegar a su primer gran día en la NBA, el 18 de febrero de 2006. Ese día se celebró el concurso de mates del All Star y, aunque no fuera su deseo inicial ser famoso por ello, siempre tuvo claro que era el escaparate ideal para alcanzar el status de estrella global. Para ganarlo, Nate contaba a su favor con la baza de su estatura y el carisma para conectar con la afición. Tenía medio camino recorrido y cuando saltó sobre Spud Webb en uno de sus mates recorrió el otro medio. Tocar la sensibilidad del aficionado uniendo en un mate a los dos grandes voladores bajitos fue definitivo para que ganara y su fama se disparara.

Su triunfo no estuvo exento de polémica ya que necesitó 14 intentos para culminar su concurso y muchos puristas creyeron que el verdadero ganado debía haber sido Andre Iguodala. “Acabé con mal sabor de boca”, recordaría Iguodala años más tarde. La verdad es que el valor emocional del acto y la sensibilidad que despertaba su físico le valió a Nate ganar un concurso que volvió a ganar en 2009, año en el que popularizo el apodo de KryptoNate en aquella batalla de matadores que protagonizó con Superman Howard, y 2010. Con tres títulos, Nate Robinson es el jugador con más trofeos de campeón de la historia del concurso y, como los grandes de la historia, su paso también modificó las reglas del juego. Es cierto que no lo hizo parar mejorarlas como sucedió con el gigante George Mikan (impulsor de la regla de la zona en la NBA), sino más bien en una vertiente más negativa. Las continuas repeticiones por fallos provocó que la liga limitara el número de intentos para no eternizar y degradar más un espectáculo al que Nate Robinson ayudó a revitalizar con sus participaciones.



Apenas un año fue suficiente para ver como la fama del pequeño base se extendía por el planeta. Todos querían conocerle, hacerse una foto con él y verle hacer un mate. Como los grandes artistas, empleó el verano para viajar por el mundo mostrando sus habilidades, se codeó con raperos y actores de cine e incluso tuvo tiempo para ser invitado y comer en la Casa Blanca con el presidente George W. Bush. “Comí con el presidente, me encontré con muchos famosos, visité la Gran Muralla. Siento que estoy bendecido”, recordaba Robinson.

Con minutos e importancia en la pista y con el cariño y reconocimiento de los fans fuera de ella, su año de novato no podía haber sido mejor... Y todo hacía presagiar que su segunda temporada incluso sería aún más brillante ya que la salida del banquillo del estricto Larry Brown y la llegada al mismo de Isiah Thomas era, a priori, la mejor noticia que podía recibir Nate Robinson.

Como directivo, Thomas había apostado un año antes por él fichándolo desde Phoenix, su filosofía de juego encajaba más con el estilo desenfrenado del base, e incluso Jacque, el padre de Nate, siempre fue un gran seguidor de Isiah Thomas (le puso su nombre a un hijo suyo, Deron Isiah Robinson, el hermano fallecido).

Todo parecía ir por el buen camino, Nata cada vez tenía más peso en el equipo, se sentía importante e incluso las bolas calientes le llegaban para ganar partidos sobre la bocina y registró marcas anotadoras de impresión como los 45 a Portland Trail Blazers en la 2007-08… pero algo comenzó a torcerse.

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El comienzo del descontrol

Uno nunca sabe cuando dejamos de andar por el camino de la felicidad, no hay un momento exacto en el que se abandona y se coge una ruta que conduce a peligrosos destinos. En la vida de Nate Robinson no hubo un antes y un después sino que fueron un cúmulo de circunstancias las que le llevaron a atenuar las luces que tanto brillo le dieron. Circunstancias diversas pero que todas ellas convergen un carácter que si bien le ayudó a ser fuerte y perseverar, también escondía el reverso de la conflictividad. Enfrentamientos con jugadores, críticas a compañeros y entrenadores fueron poco a poco minando lo bueno cosechado y ayudaron a acrecentar la idea de estar ante un jugador ciertamente díscolo.

Ya en su primer año fue enviado a la liga de verano como castigo para calmar su ímpetu y serenarle tras mantener disputas con sus compañeros de vestuarios Jerome James y Malik Rose. Eso sí nada que ver con la pelea del 16 de diciembre de 2006. Aquella noche una falta de su compañero Mardy Collins sobre JR. Smith provocó una pelea entre 10 jugadores de Knicks y Dever Nuggets. Uno de los que más activamente participó en ella fue el orgulloso Nate Robinson quien se quejó de la actitud de los jugadores de Denver al jugar con titulares y queriendo anotar cuando su victoria estaba decidida. “Es como una bofetada en la cara. Como equipo, como franquicia, no íbamos a permitirlo”, afirmaba un Robinson que aseguró que con esa falta pusieron fin a la fiesta de Denver. “Ellos sólo querían avergonzarnos”… Como si se tratase de un partido callejero el orgullo de su impulsiva personalidad le traicionó y fue sancionado con 10 partidos de castigo.

Poco a poco el desgaste de Robinson en el equipo y la ciudad fue haciéndose más grande y, pese a la previa confianza de Thomas en él, ésta nunca se plasmó en la pista. El efecto efervescente de Nate Robinson en la liga perdió fuerza y los malos resultados y la crítica al juego del equipo acabaron con el puesto de Thomas y minó la popularidad de sus estrellas. El base quedó relegado a los posters y highlights como el que protagonizó al taponar a Yao Ming, pero perdió consistencia como jugador. Ni siquiera la llegada de Mike D’Antoni revirtió la situación y su rol fue cayendo hasta el punto de verse fuera de la rotación durante 14 partidos en el tramo inicial de la temporada 2009-2010.

Era una situación inusitada para él y provocó que primero él hablase protestando de su situación (su queja le costó una multa de 25.000 euros), y luego su representante pidiera su traspaso en diciembre. Robinson se había cansado de las constantes críticas a su juego, las malas caras y los aspavientos del técnico a cada error suyo. La gota que colmó el vaso de la paciencia de ambos fue una discusión que ambos protagonizaron en Sacramento antes del All Star de 2010. Después de cuatro temporadas y media con sus claros y oscuros, Nate logró forzar un traspaso que cerraba su etapa neoyorkina. En el recuerdo quedará su impacto en la liga como rookie, pero también el haber sido incapaz de alcanzar los playoffs en todo este tiempo.

Casualidades de la vida, el destino le iba a deparar una de las antítesis como equipo que tienen los Knicks y Nate Robinson era traspasado a Boston Celtics. Un equipo con una gran tradición, alejado del glamur de la Gran Manzana con entrenadores rigurosos como Doc Rivers y Tom Tibodeau pero, sobre todo, con la gran esperanza de competir por lo más grande: el anillo de la NBA.

La promesa de un nuevo y brillante destino se abría en el horizonte de un jugador que se ilusionaba viéndose junto a Ray Allen, Kevin Garnett y Paul Pierce y que confiaba en las promesas que destilaban las palabras de Danny Ainge, Presidente de Operaciones, al ser presentado. “Nate es uno de los grandes atletas de la liga y aportará anotación al equipo. Estábamos buscando un segundo anotador con habilidad para crear sus canastas y penetrar entre las defensas, y creemos que él nos lo puede aportar. Nos encanta la habilidad de Nate para presionar el balón en defensa y creemos que él puede ayudar a mejorar nuestra defensa”, decía.

Como suele suceder, las palabras se las llevaron el viento y se disolvieron con el paso de los partidos, y lo que comenzó siendo una atractiva apuesta deportiva acabó siendo un fracaso que no llegó a durar ni una temporada entera. En concreto fueron 81 partidos de liga regular los que Nate Robinson disputó demostrando todo lo bueno y lo malo de su juego. Evidenció que podía ser un microondas que revolucionara partidos, demostró que podía ser una fuente alternativa de anotación y manifestó su capacidad para conectar con el público con su defensa de “chispazos”, sobre todo en unos playoffs donde ayudó a Boston a alcanzar las finales frente a Los Angeles Lakers. Lo malo es que el descontrol y la irregularidad de su juego quedó muy patente con el devenir de los meses y los partidos y resulta frustrante pensar que lo que queda de su paso por los Celtics fue la graciosa parodia que protagonizó con Glenn Davis autoproclamándose la versión baloncestística de Shrek y burro. “Somos Shrek y Burro, no nos puedes separar”, vitoreaba en rueda de prensa un pletórico Nate Robinson en plena carrera por el anillo. Dado su peculiar físico, la estampa de ver al base subido a lomos del pívot, recorrió todos los periódicos y telediarios, y ambos quedaron caricaturizados como personajes de dibujos animados.

Sin embargo, una vez superado el hit periodístico del momento, la carrera de Nate Robinson se estancó y Boston pensó que no tenía cabida su personalidad y juego al lado de Rajon Rondo, base que definitivamente había cogido las riendas del equipo. Esta vez no hubo un forzado traspaso, todo fue más natural pero tampoco el cambio de aires ayudó. En Oklahoma City Thunder perpetuó su rol de secundario, pero con el agravante de ver que ya no era ni la segunda, ni la tercera, ni la cuarta opción ofensiva. La emergencia de los jóvenes Kevin Durant, James Harden y Russell Westbrook le cerraron el paso. Con minutos en retroceso, el lock out de la NBA le colocó en una situación dentro del mercado.

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Entre la NBA y la NFL

La amenaza de cierre patronal le llevó a meditar seriamente la opción de probar fortuna con el fútbol americano y los rumores de su fichaje por Seattle Seahawks crecieron con un tweet del propio jugador. El mensaje pedía una oportunidad al técnico Pete Carroll (el mismo que quiso reclutarle en su etapa universitaria) y la rápida respuesta que obtuvo de éste (“Te veo en el entrenamiento de las 13.30, tráete tus tacos”, contestó) convirtió el rumor en noticia.

Aunque pudiera sonar a broma, la NFL siempre estuvo ahí en la mente de Nate Robinson. “Siempre ha sido uno de mis sueños jugar en la NFL y, ahora mismo, la oportunidad se presenta, así que creo que es una señal de Dios”, afirmó. El tiempo pondría sentido común a la situación y ni Robinson probó con los Seahawks, ni la NBA se quedó sin disputarse. Con el año nuevo, Nate volvería al baloncesto firmando por Golden State Warriors.

Con la temporada iniciada, era la mejor opción para no perder más cache y, si cabe, relanzar su carrera… o eso al menos pensaba él. Un equipo joven, en reconstrucción y sin un líder claro podía necesitar de sus puntos y carácter, pero Nate no supo encajar en el esquema de juego que estaba naciendo en Oakland y sólo los recuerdos puntuales de victorias y actuaciones personales salvaron una nueva temporada sin rumbo fijo ni perspectiva de mejora.

Y así llegó a una situación límite, con un protagonismo cada vez menor y muchas dudas sobre su capacidad como jugador, el verano de 2012 llegó sin contrato y con pocos pretendientes llamando a su puerta. Entre ellos Chicago Bulls, una franquicia que tuvo la necesidad de apostar por él ante la baja de Derrick Rose pero que se mostraba receloso de su contratación. Quizá por el resultado dado en sus últimos equipos o, simplemente, impulsados por el deseo de ver a Rose más pronto de lo que resultó ser, pero Chicago sólo le ofreció un contrato temporal por 1,15 millones de dólares. Era eso o nada y, aunque ser el relevo de Kirk Hinrich o jugar bajo los esquemas defensivos de Tom Thibodeau no era lo ideal para su juego, la oferta tenía el atractivo de jugar en la ciudad y el equipo de Michael Jordan, el gran ídolo de su infancia.

Como todos los de su generación, Nate Robinson siempre ha sentido admiración por Jordan. En su caso tanta que desde bien jovencito se convirtió en un coleccionista de su modelo de zapatillas, las “Air Jordan”. “Michael jordan fue mi Hércules, Zeus y Napoleón, cuando tenia 7 años mi padre me compró mis primeras Air Jordan, las VIIs y lloré en el mismo centro comercial. Tengo más de 150”, señala un jugador para el que sus zapatillas son algo más que un objeto de colección. “Uno de mis peores días en mi vida fue cuando mi hermano, Anthony Stewart entró en mi armario y se llevó unas IV”. El susto de no verlas aquel día fue tal que reconoce que “ahora tengo una regla: puedes conducir mi coche, dormir en mi cama o usar mi cepillo de dientes, pero no toques el armario de mis Jordan o tendremos problemas”.

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El regresar de Nate The Great

Lo contrario a un problema fue lo que Nate Robinson y Chicago Bulls encontraron en su unión. La plaga de lesiones que asoló al equipo a lo largo de la temporada le permitió volver a jugar y sentirse importante. Por su parte, Chicago no sólo encontró una solución de emergencia, sino que halló a un revolucionario de partidos, al microondas de Nueva York y al anotador y jugador creativo que colaboró con sus compañeros en la primera etapa en Boston.

Para un jugador tan eléctrico e inestable como él, el reto de Chicago era encajar como esa segunda unidad capaz de suplir las bajas a la par que asumir con serenidad la disciplina y dedicación defensiva que exigía el técnico Thibodeau. En su caso, la línea que separa la genialidad y la locura es tan fina que a veces se confunden, por más que Nate se empeñara en mostrar con palabras un cambio y una mayor madurez. “Ayudando a Kirk, y con D-Rose fuera, he tenido que coger más responsabilidad y tratar de llevar a los chicos al mayor número de victorias posibles. Para mí, sin embargo, ser titular o salir desde el banquillo no cambia nada. Mi juego se basa en la energía, siempre la aporto, no importa el rol que yo tenga”.

Pocas personas hubieran apostado por que la química entre equipo y Nate fuera la correcta, pero resultó ser mucho mejor de lo imaginado y no sólo consiguió convencer con números y actitud para extender su contrato hasta el final del año, sino que su rendimiento le impulsó a tener un papel crucial en la clasificación del equipo para Playoffs. Ya allí, se convertiría en una de las estrellas de la postemporada para mayor satisfacción de un técnico que veía premiada con triunfos la apuesta personal que realizó en verano. “En Nate hay muchas más cosas buenas que malas y él normalmente responde bien si se produce un error durante el camino. Tiene carácter pero es el catalizador del buen momento del equipo. Él hace que las cosas sucedan”, señalaba Thibodeau.

No es que hubiera cambiado su desenfrenado estilo de juego o serenado su temperamento, simplemente quizá las malas experiencias del pasado le habían hecho ver el lado bueno de las cosas y aprendió a cuidar mejor el balón, elegir mejores decisiones cuando actuaba como base y focalizar su ánimo en el colectivo. El cambio fue tan evidente que hasta sus primeros entrenadores reconocían la mejora producida. “Nunca le vi jugar de base como ahora”, comentaba Lorenzo Romar, su técnico en la universidad. Contenido por la precaria situación colectiva, la temporada de Nate Robinson transcurrió controlando sus chispazos en el juego.

Por suerte, en las ocasiones en las que la locura de Nate Robinson se desató encontró la fortuna de la victoria, como en la histórica serie a siete partidos donde los Bulls superaron a Brooklyn Nets. Una eliminatoria que tuvo la épica de las lesiones de Chicago Bulls (Luol Deng y Kirk Hinrich se perdieron varios partidos y varios jugadores, entre ellos, Nate, sufrieron vómitos en un encuentro) y un cuarto partido maravilloso donde Chicago venció 142 a 134 después de tres prórrogas. Aquella noche Robinson anotó 34 puntos, 23 de ellos en un cuarto (12 en los últimos tres minutos). Fue en el último, el de una remontada heroica (Chicago remontó 14 puntos en los tres minutos finales) y le sirvió para quedarse a un punto de del récord histórico que tiene Michael Jordan. “Siempre pienso que estoy on fire. Siempre juego con mucha confianza, lo cual me permite sentir que no voy a fallar”, comentó tras el partido.

Una filosofía de vida que convirtió al pequeño Nate en un gigante en los Playoffs. Seguramente el período deportivo que más ha disfrutado el base desde que está en la NBA y eso que durante las eliminatorias frente a Nets y Miami Heat, además de tener vómitos, fue pisoteado y pasado por encima por Gerald Wallace y LeBron James en varios lances del juego. En ocasiones el dolor y el sufrimiento puede resultar satisfactorio o eso al menos pensaría un Nate Robinson que después de mucho tiempo se sintió grande y, sobre todo, partícipe de un equipo donde ejercía de líder emocional. “Siento como si hubiéramos estado jugado juntos 10 años”, asentía un base muy orgulloso de lo que el equipo logró “Había jugado en algunos equipos duros, pero éste tiene algo especial”.

Sólo el cansancio acumulado y la definitiva baja de Rose frenó a un equipo que llegó plantar cara al campeón Miami Heat. Un hecho que no restó valor a lo logrado, confirmando a Chicago como uno de los ganadores de la temporada y a Nate Robinson como una de las estrellas de los Playoffs. “Nate ha crecido y creo que aprendió de las experiencias. Espero que siga aprendiendo. Creo que puede seguir creciendo”, ratificaba Thibodeau.

Con la carrera reconducida, Nate Robinson fue en el verano del 2013 uno de los agentes más deseados, esta vez sí podía donde elegir y, tras valorar la opción de quedarse en Chicago, acabó firmando por Denver Nuggets (a razón de cuatro millones de dólares en dos temporadas). Con el orgullo y prestigio recuperado tras brillar en Playoffs, Nate comprendía que no tenía cabida en un equipo donde todo volvería a girar sobre Derrick Rose y por ello decidió volver a sentirse importante, pero esta vez desde el principio y sin lesiones de por medio.

Son cosas de la vida y la jerarquía que impone el juego de la NBA, eso lo sabe Nate Robinson, aunque él también es el primero en saber y agradecer que Chicago Bulls ha servido para reconducir su vida y su carera. Así lo atestiguan sus sentidas palabras de agradecimiento cuando se oficializó su marcha. “Sé que la NBA es un negocio, pero cuando construyes una amistad con los tíos del equipo es difícil decir adiós… Gracias Chitown”.

Ahora la vida vuelve a hacerle las maletas con destino a Denver pero al menos parece que Nate Robinson no olvidará meter en ella su brújula emocional. Con 29 años no quiere volver a perder el rumbo de su destino, Nate Robinson sabe lo que quiere y cómo conseguirlo. No quiere ser el pequeño jugador de la NBA, el tipo de los grandes mates, el del juego eléctrico y los cables cruzados. Nate Robinson quiere ser recordado por algo más y por ello cada noche se empeña en llevar la contraria a la realidad de los centímetros, demostrando con su entrega y energía que el límite de su juego lo marca su corazón, no su estatura.

(Foto EFE)

Álvaro Paricio
@Alvaropc23
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