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Josh Ruggles: Así se construye un récord del mundo
Cuando tenía 18 meses, sus padres le regalaron una canasta de bebés y, a partir de ahí, Josh nunca dejó de tirar. Nadie metió más triples (135) en solo 5 minutos. Descubre sus inicios, su rutina y cuántas veces intentó Josh batir el récord del mundo. Así lo logró

Redacción, 4 Oct. 2013.- Josh pisa el parqué y le lanza una mirada a la canasta del Buesa Arena, donde este sábado luchará contra 7 profesionales para proclamarse campeón del Concurso de Triples de la Supercopa Endesa, patrocinado por Plátano de Canarias.

Se para en el centro de la pista y mira a la vacía grada, la misma que gritará sus triples como su hermano lo hizo el día en el que el mundo se paró a sus pies. El día del récord. El de los 135 en 5 minutos, el de la historia, el de la fama.

Foto Familia Ruggles

Está a casi 3.000 kilómetros de su tierra, pero Ruggles repite el mismo ritual que en su garaje de Wheaton. Nunca empieza tirando desde lejos. Coge el balón, lo acaricia, se pone debajo de canasta y anota. Empieza a retroceder, cual juego de la botella. Metódico, la rutina es su secreto.

Un paso atrás, otro tiro. Canasta, siempre canasta. El balón, amaestrado, domesticado desde hace años, siempre sigue el mismo camino. Como siempre anota, como siempre lo hace de la misma forma, no necesita ni adelantarse para cogerlo tras besar la red. Siempre siempre siempre… vuelve a sus manos. Otro paso atrás. Otro acierto. Y otro. Hasta que, sin darse cuenta, llega a la línea de triple, esa frontera donde Josh deja de ser niño para convertirse en hombre letal, ese mundo paralelo donde acertar es siempre el camino más sencillo.

“Desde que tenía 18 meses empezó a tirar en su canasta de plástico para bebés”, recuerda su madre Holly. A baby hoop!, repite orgullosa. “Tiraba mejor que andaba”, confiesa entre risas.

David, su padre, asiente. “Tiraba siempre. Le di pautas para hacerlo correctamente y, a partir de cuarto o quinto grado (9-10 años) nos dimos cuenta de que se había centrado en ser jugador de baloncesto. Empezó a desarrollar una forma de tirar perfecta”.

La locura había empezado. ¿Por qué intentar pararla? Al contrario. “Construimos una casa y queríamos poner una pista en el exterior para jugar, pero en Chicago la temperatura media no llega a los 9 grados y no íbamos a poder jugar mucho fuera. Mi amigo, el que nos ayudó a construir la casa, nos comentó que mejor la canasta la pusiéramos dentro del garaje”. No pudo tener mejor idea.

A partir de ahí, el vértigo. La rueda giró muy rápido. Él la impulsaba cada día. “Tira 3.000 tiros a la semana, jamás deja de hacerlo. Cuando no tiene colegio está 4 o 5 horas lanzando triples. Desea ser lo mejor jugador posible y entrena muchísimo”. Su madre interrumpe el orgulloso relato de su padre para reforzar sus palabras: “Lo de las 5 horas es completamente suyo. Nunca hizo falta que le dijésemos nada, es algo que sale de él. El baloncesto es su vida. Le daba igual ser jugador que entrenador o comentarista, pero él quería convertirse en algo relacionado con el basket”.

En el verano de 2012, un buen día Josh se sentía imparable. Todo lo que lanzaba, entraba. Uno, diez, veinte triples. Y treinta. ¡Y cuarenta y cuatro! Todos de forma consecutiva. Se lo comentó a su hermano mayor, cuya respuesta fue tajante: “Tienes que intentar el récord”. Y llegó el reto de Nik Stauskas. El pique con Max Hooper. La aparición de Laurie Koehn. Y el récord final, el dichoso día de los 135.



“Nos preguntamos cuántos sería capaz de meter en 5 minutos. No sabía nada del récord. Y parecía imposible cuando descubrimos que una chica de la WNBA había hecho 132”, recuerda. El simple hecho de tirar y tirar durante tanto tiempo seguido, siempre contrarreloj, suponía un cansancio tan físico como mental. Josh decidió entonces reforzar su rutina diaria, con series de 500 tiros, para mejorar su condición física y no acabar tan cansado.

Aunque en el momento del récord, los instantes finales se hicieron eternos. “Cuando acabé lo primero que sentí era alivio por haber acabado por fin los 5 minutos de tiro. Ya después, me alegré por el récord”, llegó a decir a la ESPN. Solo necesitó una prueba previa antes de lograrlo.

A la segunda, fue la vencida. “En el primer intento, estuve totalmente desconectado. NO sabía ni cuántos llevaba, ni cuánto tiempo quedaba… a la siguiente, mi hermano pequeño nos echó una mano. Me contaban los triples y me cantaban cada vez que alcanzaba un minuto, dos… así sabía cuánto quedaba y podía centrarme en superarlo”. Lo logró.

135 aciertos con solo 147 intentos. Un increíble 91,8% para convertirse, en muy poco tiempo, en algo más que un buen triplista. Una revolución. Un fenómeno viral. “Mi hermano se lo envío a medios de comunicación y a gente famosa y jugadores estrella. Algunos hacían RT. Cuando vi a Phil Jackson poniéndolo me dije… ¿cómo? Después lo hicieron Dick Vitale, Dennis Rodman o Spike Lee”. Y se inició el carrusel.

Las visitas subían. El teléfono sonaba. La expectación con la figura del niño Josh Ruggles acababa de nacer. Con 16 años, su nombre se oía en todo el mundo y su vídeo se extendía como la pólvora. “Fue todo una locura. A mí me habían hecho entrevistas como cuando gané el concurso de triples del estado, pero de repente me llegaba la ESPN para hablar conmigo… ¡wow!”.

Josh Ruggles, entrenando en el Buesa Arena (ACB Photo)

Ahora son medios españoles los que preguntan por él, a pocas horas de que su nombre sea uno de los principales atractivos de una Supercopa Endesa que está jugando desde que cruzó el charco para aterrizar en Vitoria. Acompañado por su familia, pide conocer a Jacob Pullen (natural de Maywood, a apenas media hora de Wheaton, lugar de residencia de los Ruggles), al que saluda con timidez. Pronto la pierde y se suelta, como con Jaycee Carroll. Como en la pista. Como con esa pelota que pidió a la organización para tocar y tocar durante horas, de la pista al hotel, a la misma cama incluso, para acostumbrarse al tacto antes de su día más grande.


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