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Romain Sato: El sendero del Ubangui
ManoRoms es la sonrisa de un país que llora. El niño que jugaba en canchas de tierra se acostumbró a los títulos para enarbolar bien alto la bandera de la República Centroafricana, donde es una divinidad. El hombre de los siete idiomas, el de las dos familias. El superviviente. Es Romain Sato. Esta es su historia

”Enfants de Centrafrique, sauvons notre pays!
(Niños centroafricanos, ¡salvemos nuestro país!”

Sonia Bafounga, poetisa


Redacción, 14 Nov. 2013.- Un niño se despierta en mitad de la noche. El silencio, lo único que poseía, también se lo han robado. Huele raro, algo se está quemando. Sale de casa, apresurado, y al ver el parpadeo de las llamas, vuelve a entrar corriendo para avisar a su familia. Tienen que huir. Debería ser demasiado pequeño para entender lo que ocurre, mas el peligro siempre anticipó la madurez para acelerar el crecimiento.

En su carrera, ve cadáveres por la calle. Su familia no mira, solo corre por esa maldita paradoja que obliga a los valientes a huir de los más cobardes. Varias casas próximas ya arden, ni rastro de los vecinos. Se escuchan ráfagas de disparos, gritos amenazantes. Una mujer llora. Su marido se queda petrificado, sin poder correr como los padres del niño, como aceptando su destino, ese estúpido destino que solo la sinrazón y el odio asumen con orgullo.

Hay unos 7 kilómetros del centro de Bangui al pequeño aeropuerto M’Poko, el de la ciudad, el lugar más seguro, con 400 gendarmes franceses vigilando. Después de esquivar el peligro, la caminata se hace larga hasta el destino final. Durante el recorrido, la duda de cómo estarán las cosas al regresar a casa al día siguiente y la eterna pregunta, el porqué de todo esto, que jamás llegó y quizá nunca llegue. Antes de entrar allí, a pasar la noche, una mirada al cartel gigante que hay aún hoy, en pleno 2013, junto al aeropuerto. Aquel cálido mensaje que leía el turista nada más pisar la capital centroafricana.

“Bienvenidos a Bangui, la coqueta, la ciudad florida”.

Ha sido una noche demasiado oscura incluso para sonreír.



La arena del Koudoukou

2 de marzo de 1981. Mientras en España el secuestro de Quini protagonistaba todas las portadas, en el corazón de África nacía un niño dispuesto a cambiar su propio futuro ya escrito con un balón de baloncesto. Aquel pequeño que huye hoy del peligro por el fuego se llamó, 32 años antes, Romain Guessagba-Sato-Lebel.

Bimbo, un gigante suburbio al sur del país condenado a ser centro, a 15 kilómetros de la capital de la República Centroafricana, Bangui. Allá donde el río Ubangui divide naciones –la ciudad que le mira atenta a solo unos pocos metros de distancia, Zongo, ya es congoleña-, el pequeño Romain y sus 3 hermanos, Honore, Prisca y Rachelle, tuvieron que hacerse adultos muy pronto, viviendo en una minúscula casa, con el techo fabricado con latas, de la que ni siquiera podían salir muchas veces por culpa del peligro que acechaba fuera.

A los 6 meses de nacer, ya había un golpe de estado que vaporizó cualquier libertad en el país. Los conflictos, si es que alguna vez se habían ido, llegaron de su mano con más fuerza que nunca. Josephine Yekia tenía que multiplicarse. “Mi padre era policía, aunque no crecí a su lado. Mi mamá vendía aceite y productos de casa. Hacía lo que podía para darnos una vida digna y ella me enseñó muchas cosas, como que debía trabajar duro para sobrevivir y que nada sería fácil”. Cada día, una victoria, algo para celebrar. “Simplemente le decíamos gracias a Dios por permitirnos levantarnos cada mañana y por estar vivos, era una bendición poder salir de eso. Un día normal allí resultaba un día duro. Deseabas despertarte y que todo estuviera bien, pero no lo estaba. Recuerdo que todos los años había guerra civil. No fue una infancia normal allí ni era algo bonito crecer en ese lugar, aunque es donde yo nací”.



Cuando, con once años, las elecciones se habían anulado por irregularidades, él llevaba ya un tiempo dándole patadas a un balón. “Crecí jugando al fútbol, pero la mayoría de mis amigos prefería el baloncesto así que, después de cada partidillo de fútbol, echaba unos tiros y empecé a enamorarme de este deporte”. A cinco minutos de casa, detrás del mercado, en la destartalada pista al aire libre que el Red Star Dongo Club compartía con otros 2 conjuntos, Romain empezó a teñir sus sueños de naranja. El club, el más popular de la zona, vistió por primera vez, con el 9 a la espalda, al jugador de verde. Un color que le acompañaría durante toda su vida.

Bajo el sol centroafricano, Sato se pasaba horas tirando y tirando pisando el polvo de aquella cancha llamada Koudoukou, en la arteria principal del KM5, el barrio del desfile eterno, donde siempre hay bullicio. “Estaba bien, era solo un pequeño club local en el que empezar, nada especial. El equipo que estaba más cerca de casa y en el que crecimos. Una buena experiencia que me abrió los ojos y me ayudó a desarrollar mi juego”. Con 1,90 y unas condiciones inmensas para este deporte, el club se le quedaba pequeño y el contexto social seguía sin ayudar, como tras el motín del 96, por las protestas a causa de los sueldos no pagados en la capital. Por desgracia para los suyos, por desgracia para su país, para que Sato pudiese explotar su potencial se veía obligado a emigrar. Pero… ¿cómo diablos hacerlo?

Aprender con etiquetas

La oportunidad que tantos compatriotas anhelan llegó gracias al baloncesto. El presidente de la federación, Eugene Pehoua, se valió de sus contactos en América y, con la ayuda de una fundación llamada “Amigos de África”, Romain pudo realizar el viaje. “No fue sencillo. Resultó complicado entrar en el programa de intercambio de estudiantes extranjeros. Salió finalmente todo bien, el plan funcionó y pude coger un avión con destino a Estados Unidos”.

19 de enero de 1999. Aún no había cumplido los 18 años cuando Sato se montó en aquel avión. Llegó al Aeropuerto Internacional Kennedy y tenía que apresurarse hasta el de La Guardia para el vuelo de conexión hasta Atlanta. ¡Cuánto le costó hacer que el taxista le entendiera! El conductor, aprovechándose del chico, tan perdido, dio unas cuantas vueltas de más para llegar hasta el destino, aunque se le quitaron las ganas de reírse de él cuando el recién llegado pagó con el precio justo, ignorando ese invento tan occidental de la propina. Y de Atlanta a Dayton. El viaje caótico concluyó con él perdido en ese aeropuerto, incapaz de entender los signos para salir de allí.

Tom y Tiffany serían sus padres de acogida y desde el primer momento, le cambiaron su vida. Quizá Romain nunca hubiese podido entender por qué los periódicos hablaban esos meses del bombardeo de la OTAN contra Milosevic y no –tampoco ahora, salvo excepciones- de los conflictos de su tierra, mas lo que sí lograron Tom y Tiffany es que el joven, sin perder la inocencia, sí que se integrase perfectamente en un mundo totalmente nuevo para él. “Lámpara”. “Mesa”. “Grifo”. La casa de los Thompson se llenó de post-it, con cada etiqueta explicándole a él cómo se decían las cosas más básicas. El siguiente impulso ya lo dio él.



En Moraine, Ohio, los días pasaban tranquilos. Y él disfrutaba. “La vida era fantástica allí. Para mí fue complicado aprender inglés, aunque ellos se portaron como anfitriones y como padres, son grandes personas y siguen siendo hoy por hoy mi familia. Me siento un privilegiado por haber podido entrar entonces en su casa y por haber recibido tanta ayuda”. Él no probó una pizza en cuatro años pero se quitó la mitad de su inacabable nombre para ponérselo más fácil al resto. Del Romain Guessagba-Sato-Lebel, con los apellidos de sus abuelos, al Romain Sato, que pronto se convirtió en grito de guerra en la cancha.

Su baloncesto no tardó en hacer ruido. 26,4 puntos, 15,6 rebotes y 5,3 asistencias en su estreno en el instituto Dayton Christian (1999-00), lo cual tenía mérito para alguien capaz de hacer jornadas de estudio de hasta 14 horas para poder conseguir la calificación universitaria para asistir a la Universidad. Incluso su selección le llamó para disputar la fase clasificatoria para los Juegos Olímpicos, pero Tiffany, que trasnochaba para ayudar al que empezaba a considerar su hijo, se negó para que se centrase en el estudio. Meses más tarde, cuando le llamó Xavier, ambos sintieron que había merecido la pena. No sin polémica por el camino, ya que un diario denunció la ilegalidad del centro a la hora de reclutar jugadores, algo que le afectaba de lleno al Mister Ohio de esta temporada. Tom, que trabajaba en el club, renunció por lo que había visto y, algún medio incluso denunció que técnicamente Sato no era elegible para la Universidad, un problema que pudo esquivar finalmente.

Xavier, que le descubrió por casualidad, parecía la opción más tentadora para un jugador que valoró más los estudios (buscaba clases pequeñas, con seguimiento individualizado) que el propio baloncesto a esas alturas, ignorando que su talento con el balón acabaría marcando sus pasos.

La gratitud del políglota

“Se lo había prometido a mi mamá y lo voy a cumplir. Voy a licenciarme”, decía entonces un Romain Sato que se sentía en deuda con su pasado, agradecido y melancólico por no ver a los suyos. La situación se antojaba compleja. Si él volvía a casa, tal vez no pudiera regresar a Estados Unidos. Y su familia, directamente, no tenía la opción, ni por dinero ni por los dichosos papeles, de visitarle. Una tarjeta de 20 dólares se gastaba a los 15 minutos de llamada y los e-mails acabaron por ser su desahogo y su esperanza.

En la cancha sonreía más. En realidad, al amable centroafricano, era lo que mejor se le daba. Su entrenador Thad Matta relataba años más tarde entre carcajadas la anécdota de su primer día con Romain. El alero tiraba y su técnico le volvía a pasar el balón tras recogerlo debajo de canasta. Después de cada pase, un “gracias”.

- Chico, te voy a pasar el balón otras 100 veces, no puedes decir 100 veces gracias. Hazlo solo una vez, al final.
- Ok… gracias.

Por agradecer, agradecía hasta las broncas. Su humildad contagió a sus compañeros, que le acogieron encantados. Su baloncesto tardó un poco más en despegar. Tenía envergadura, un salto vertical enorme y una resistencia más propia de un mediofondista, pero parecía aún plano en el juego, abusando del triple y carente de regularidad y de templanza, quizás acusando el pasar demasiado rápido de la pista de tierra a un pabellón con más de 10.000 personas en cada partido. No tardó en pulir sus defectos y por febrero ya emergía como una de las estrellas del equipo junto a David West y Lionel Chalmers, alcanzando los 10,7 puntos y 5,4 rebotes por encuentro en ese primer año.



Aún así, seguía llamando más la atención por su comportamiento fuera de la cancha ese chico capaz de estar hasta las 3 de la mañana despierto por los estudios de filología francesa sin dejar de madrugar para ir a clase. “Ya dormiré cuando esté muerto”, replicaba. Romain Sato se hizo muy popular por su capacidad para los idiomas. Dominaba el francés, hablaba 4 lenguas nativas –ghadiri, sango, suajili y yakima- y empezó a soltarse en inglés. Por ello, le hicieron una web para ponerle de ejemplo (StarInAnyLanguage.com, “estrella en cualquier lengua”) e incluso fue protagonista de una curiosísima campaña para publicitar su historia que incluía la fabricación de 1.500 muñecos, con él disfrazado de matrioska rusa. Salía primero vestido de jugador, dentro había un Sato licenciándose y uno más pequeño en plan autóctono.

Con esa ética de trabajo, con esa ética de la vida, a nadie le extrañó que, horas después de caer en primera ronda del March Madness frente a Notre Dame, le preguntase a su técnico a qué hora entrenarían al día siguiente. “Lanzaré 20.000 triples la semana próxima”. Y lo cumplió. Vaya si lo cumplió…

Xavier, más alto que nunca

El Afrobasket de 2001 tuvo para Romain una carga mucho más simbólica que baloncestística. Jugar con su selección resultaba un honor, sí, pero estar en Marruecos y no poder visitar a su familia por el fastidio de la burocracia era desolador. En aquel viaje, además, el alero se dio cuenta de que echaba de menos también su casa de Moraine. Su segunda familia había nacido en ese momento.

A su vuelta, cada vez más cómodo, más todoterreno en su juego, el centroafricano se erigió en la perfecta pareja de West –vista como una de las mejores de la NCAA-, elevó sus números (16,1 pt, 6,6 reb) y llevó a su escuadra una ronda más lejos, hasta la segunda, donde cayeron pese a sus 28 puntos. Casi nada. Y más que vendría, porque en la 2002-03, su tercer año, tras varios meses de trabajo específico en su tiro, bote y movimientos bajo el aro, volvió a crecer en números (18,1 pt, 7,1 reb, 2,3 asis) y sensaciones. Solo la Maryland de Blake, Nicholas y Caner-Medley detuvo a sus Musketeers de Xavier. ¡Otra vez en segunda ronda!

En la 2003-04 él ya lideraba sin disimulo (16,3 pt, 8 reb, 2,3 asis) a un conjunto en el que empezaba a destacar “un tal” Justin Doellman, compañero una década después en Valencia. Sin embargo, seguía siendo el mismo joven humilde que años antes daba las gracias tras cada gesto ajeno. Ya empezaba a pensar en inglés, escuchaba rap y hasta bebía refrescos con gas, lo que costó, pero seguía muy presente ese Sato que jugaba al fútbol a cada oportunidad que tenía, que era un ejemplo por su esfuerzo en la universidad y que ni en su ropa, ni en sus actitudes denotaba un mínimo de prepotencia o de haber perdido la perspectiva por su ascenso.

La vida había sido su su mejor profesora… y quizá, también, la peor. Cuando el viento soplaba a favor, más malas noticias desde su país. A finales de 2003 volvía a estallar otra guerra civil en República Centroafricana. Solo él sabe la angustia que sentía en cada llamada a casa que ni siquiera encontraba tono. Las líneas estaban cortadas. Cuando por fin recibía noticia de los suyos, suspiraba de alivio. Y se sentía invencible.

Su fuerza llegó muy lejos. “La cuestión es que es su mejor jugador en ataque, su mejor reboteador y su mejor jugador en defensa”, avisaba visionario Pitino. Su Louisville se llevó 24 puntos en primera ronda. En la segunda, por fin, Xavier venció a Mississippi State. Su gesta llegó al siguiente partido, cuando le endosó 27 puntos a Texas para poner a sus Musketeers más altos que nunca. Para el recuerdo Sato, con los brazos cruzados y elevados, celebrando el primer pase histórico de los suyos al Elite Eight, a un solo peldaño de la Final Four. Solo la Duke de Redick, Deng y Duhon despertó del sueño al que se había convertido en el cuadro de moda de todo un país.



Romain se despidió rompiendo el tope de titularidades (130 partidos), además de marcharse como 3º máximo anotador de todos los tiempos en esa universidad y 8º mejor reboteador. Lo vivido superaba cualquier dato. “La universidad fue divertida y tuve una gran explosión allí. Me dieron la oportunidad de jugar con gente muy buena y para entrenadores muy buenos. No podía haber pedido nada mejor y vivimos temporadas con éxito. En mis 4 años, cada curso fue a mejor. Plantillas vivas, sabias, baloncesto inteligente y siempre creciendo. Yo también mejoré. Significó una experiencia bonita y siempre le agradeceré a la familia de Xavier por darme esa oportunidad en su Universidad”.

El africano se sentía radiante y orgulloso por lo logrado en la pista pero, tanto en su primer día como en el último en Xavier, si hubiera podido elegir, su mayor anhelo hubiese sido otro: graduarse… con su madre presente. Llevaba ya un lustro sin verla, la situación no se desbloqueaba y que la embajada estadounidense en su país cerrase no ayudó en nada. Su último sueño, juntar a sus dos familias en su graduación, jamás pudo hacerse realidad: “Fue duro porque durante ese tiempo yo estaba en la universidad y la situación en África estaba siempre peligrosa, y mi madre pensaba que no era ni inteligente ni seguro visitarles. Es duro no ver a mi familia, pero mi objetivo cuando fui a Estados Unidos era conseguir una educación. En ese verano, tras mi graduación, por fin pude volver a mi casa a verles. Estaban felices por mí y pude pasar un par de meses con ellos”. Ese encuentro cerró una etapa de su vida. El viaje de vuelta abrió una muy diferente… la profesional.

De los Spurs a la segunda italiana

Antes de viajar a República Centroafricana, Romain había dejado cerrado su futuro. O eso creía entonces. El 24 de junio, la noche del draft se encargaría de elegir su camino. Él, considerado el todoterreno perfecto por su habilidad para defender y rebotear desde su puesto de escolta. Él, que tan arriba había sonado en el draft en meses anteriores. Él, que tuvo que escuchar como 51 jugadores, algunos de ellos inferiores, salieron por delante suya en el draft. Destino San Antonio. Poca broma, por otro lado. De aquellos Spurs, por encima de cualquier estrella, le marcó la figura de Popovich como formador de jugadores. La franquicia volaba en cuanto a resultados y él no encontraba su sitio, limitándose a entrenar y a viajar con los Parker, Ginobili, Duncan, Bowen, Horry y compañía.

El 2 de febrero de 2005 le cortaban de forma definitiva sin haber llegado a debutar en la NBA. Oficialmente, por lesión. Él niega con la cabeza. “No sufrí ninguna lesión. Me draftearon en segunda ronda, disputé la liga de verano y me quedé en el equipo, pero cuando la temporada ha arrancado solo puedes poner a 12 jugadores y a los otros los ponen en lista de reservas o lesionados. Teníamos un montón de estrellas y ninguna se lesionaba. Sin embargo, supuso una experiencia enorme. Jugué con Duncan, Horry o Parker. Era joven, estaba emocionado y preparado para aprender de ellos y del gran entrenador. En la NBA, esa es otra parte del juego. Me gustó, aprendí y me abrió los ojos… para mirar a Europa”. Esa escuadra acabó campeona. ¿Te llevaste al menos el anillo, Romain? “Yo siempre soy un campeón en mi corazón”. Pues eso.



El alero se probó en las ligas de verano de Chicago y Minnesota, aunque acabó aceptando una propuesta del viejo continente. ¿La ACB tal vez? No. ¿Grecia? ¿Rusia? Frío, frío. ¡Italia! Pero nada de LEGA. Su destino, el modestísimo Sicc BPA Jesi de la LEGA B. Empezar desde abajo sonaba incluso a eufemismo. “Por culpa de no disputar minutos en la NBA, muchos en Europa se preguntaron si estaba o no lesionado. Debía demostrarme cosas a mí mismo y fui a jugar a un pequeño club de la segunda italiana. Mi vida ha sido siempre de esa forma, trabajar duro, probarme a mí mismo y luchar para tener éxito”. Acababa de tomar la que, según reconoció años más tarde, había sido una de las mejores decisiones de su vida.

La 2005-06 supuso un antes y un después en su trayectoria. También lo fue para la competición, que pareció encontrarse con un nuevo Ford o un nuevo Myers por su forma compulsiva de anotar y de sumar por todos lados. En su último partido, 43 puntos, 19 rebotes, 51 de valoración… ¡en pleno Playoff! Y es que en las eliminatorias subió sus 25,6 puntos y 7,6 rebotes por encuentro de la liga hasta los 35 y 14,6 de media, con 43 de valoración por encuentro. Un escándalo, un puñetero escándalo. Se tomó en serio lo de probar su valía: “Nadie me había visto en un año y nadie había querido darme una oportunidad. Muchos pensaban que no tenía experiencia para jugar en Europa, por lo que le dije a mi agente que iría a cualquier lugar donde tuviera la opción de jugar y demostrar lo que podía hacer”.

En solo unos meses, Europa entera le conocía. Y más de un coco le deseaba. El Barça fue el que pujó más fuerte, firmándole, una vez eliminado en Italia, para el Playoff ACB. Pese a llegar pletórico por aterrizar en un grande continental, con el cuadro blaugrana, eso de los minutos infinitos se acabó pronto. En realidad, no existió nunca. Un par de chispazos contra Baskonia, 5 partidos de Playoff con 3 puntos y 2 rebotes en 8 minutos por encuentro antes de caer en semifinales. Demasiado poco como para sonreír. Demasiado poco como para hablar desde fuera de fracaso. “Fue muy cortita esa etapa y no jugué mucho, pero me pareció una experiencia interesante. Pude comprobar la fortaleza un equipo de la élite. Además, entrenar con Navarro y otros compañeros me ayudó para dar un paso hacia el siguiente nivel”. Y qué nivel. El verde más puro de su carrera. El más esperanzador. Y el más feliz. Ya tocaba.



Sato, símbolo de distinción

La puerta de la NBA seguía entreabierta y su nombre sonó para Suns y sus queridos Spurs. Sin embargo, prefirió asegurar la opción de los minutos y decidió volver a Italia, en esta ocasión para vestir la camiseta de uno de los grandes, Montepaschi Siena, rechazando la propuesta de la Benetton.

Aquel niño que tan superior parecía jugando con sus compañeros en la vieja Koudoukou. Aquel chico tímido que arrasaba sonriendo en el instituto. La estrella agradecida de los Musketeers. Ese todoterreno que todos habían visto, porque todos habían visto por más que el burlón guion le llevase a la segunda italiana. Evocando los mejores recuerdos, añadiendo la mejor realidad, Sato encontró su sitio en Siena, siendo una de las piezas claves de un equipo de leyenda en Italia, que dominó la competición en cada una de las temporadas en las que él defendió la elástica del club. La dinastía continúa hasta hoy.

Los McIntyre, Kaukenas, Stonerook, Eze encontraron muy pronto socios de calidad. De los Ilievski y Thornton a los Zisis o Hawkins, pasando por Domercant, K.Lavrinovic, Carraretto o Finley. Y, entre tanto ilustre, entre tanta estrella, un pegamento perfecto, un 4x4 fiable, capaz de ganar un partido en defensa o aparecer por sorpresa en ataque. Otra vez el Sato temido por Pitino, el que aportaba rebote, posteo en la zona y regularidad anotadora.

La ‘Sato-manía’ se desató en la primera temporada (13,3 pt, 6,5 reb, 16 val), con la segunda liga de la historia del club y presencia en la Final Four, donde sumó 17 puntos y 11 rebotes contra Maccabi. Como el que ve cine independiente iraní o el hipster que solo busca caras B, si te gustaba el baloncesto te tenía que gustar Sato. Es más, si te gustaba Sato más que ningún otro, más entendías de basket. Puro signo de distinción el de la estrella oscura, que no necesitaba actuaciones descollantes en ataque o gestitos chulescos tras decidir partidos para ser un líder y un antihéroe perfecto. Sencillamente, todos querían un Sato en su equipo. Pero solo uno podía tenerlo.



El alero no se movió de Siena y mantuvo la regularidad durante su estancia en el club, pasando de los 12,3 puntos y 5,5 rebotes de la segunda campaña (14,8 val) a los 12,6 puntos, 5 rebotes (16,1 val y unos porcentajes de locura) de la tercera, la 2008-09. En ambas, campeón liguero, con la guinda del doblete en ese tercer curso. Era el hombre de los tres continentes. Considerado ya como elite europea y como uno de los mejores defensores exteriores de la Euroliga, América le volvía a mirar con interés y África… África estaba a sus pies, con todo un país siguiéndole –incluso se llegaron a retransmitir sus partidos con Siena allí-y entrando ya sin rubor en las listas de mejores jugadores del continente en todos los tiempos. Y más, después un Afrobasket soberbio, en el que, tras pagarse él mismo el seguro y jugando incluso como 4 y como 5 en una selección sin centímetros, acabó como máximo anotador con 21,6 puntos por partido.

Josephine podía sonreír. Josephine podía sentirse orgullosa del niño grande que había salido adelante, de aquel que le prometió, entre lágrimas el día de la despedida, que no volvería de Estados Unidos sin la graduación bajo el brazo aunque jamás imaginó que el baloncesto sería el sustento de los suyos a partir de ese momento. En uno de los países con esperanza de vida más baja del mundo (44,4 años), pensar en el mañana no tiene sentido. Empero, el ayer y el hoy hicieron que Josephine se sintiese plena y se sintiese inmensamente viva incluso el mismo día de su muerte, hace ya 4 años.

Tal vez como homenaje, Romain firmó en ese 2009-10 la mejor de sus 4 campañas en el Montepaschi, con 14,9 puntos, 4,4 rebotes y 17,8 de valoración por partido. Otra Liga, la cuarta en cuatro años. Otra Copa, la segunda, tantas como dobletes. Y el primer MVP. Esto era tuyo, Josephine. Esto es tuyo, Romain. “Siempre dije que mis años de universidad fueron los mejores que he tenido, pero en Siena fue donde mi carrera realmente empezó. Arrancamos en Eurocup, con un nuevo conjunto y un técnico de primer año. Todo lo que nos importaba era ganar. Solo queríamos trabajar duro y traer a casa un nuevo trofeo para la ciudad de Siena”. Tantos logró que retiraron su mítica camiseta del 10 para siempre en ese club. Olvidó el sabor de las derrotas, mas deseaba conocer uno diferente. El sabor de reinar Europa.



El soldado verde que conquista Europa

En ese verano de 2010, como si fuese ya algo cíclico, volvió a rumorearse con fuerza su vuelta a Estados Unidos, con los Mavs como franquicia más interesada. Pero él antepuso el deseo de jugar muchos minutos al de cumplir, en el apogeo de su carrera, el viejo anhelo de debutar en la NBA. Se quedaba. Real Madrid y Olympiacos apostaron fuerte por él, mas la seducción del verde, del eterno verde, le llevó hasta el Panathinaikos, firmando un jugoso contrato por tres temporadas.

En Grecia, en el ambicioso proyecto ateniense, volvió a encontrar su lugar. Con algo menos de presencia ofensiva (10,1 pt), si bien siendo una constante en el esquema de Obradovic, la sensación de que ese era el año fue aumentando con cada ronda superada en Euroliga. En cuartos, se convirtió en la pesadilla del vigente campeón, merendándose al Barça en el 2º partido del Palau, con 18 puntos, 4 triples, 20 de valoración y una actuación decisiva para la victoria de su Panathinaikos, que sentenció la eliminatoria en casa. A la Final Four. Guiño cruel el que le llevó a medirse a "su" Montepaschi en semis, en un partido en el que los sentimientos pesaron (6 puntos, 2/8 en el tiro) más que su juego. No importó. La final era un hecho.

Un partido que podía valer por toda una carrera, como si ya no hubiera realizado méritos suficientes como para sacar pecho por lo conquistado. Por unos días su país se paraba, olvidaba los años de conflictos para ver orgulloso, en la pequeña tele del pueblo, al mejor embajador posible de toda la República Centroafricana luchando por el cetro europeo. Y Sato respondió, con 13 puntos y 7 rebotes en aquella final que no olvidará jamás frente a Maccabi. Sonó el final. Levantó los brazos. Cogió la bandera nacional, gritó con rabia, acarició el trofeo. Acababa de ganar la Euroliga.



En Grecia, además, “el soldado verde”continuó su tradición doméstica insultantemente ganadora, llevándose la Liga de 2011 y la Copa de 2012, aunque en la segunda temporada perdió algo de peso en la rotación y se quedó con la miel en los labios de revalidar entorchado continental, cediendo en la Final Four. No importaba. Esa etapa había sido un acierto indiscutible. “Tuve opciones de irme a la NBA pero después de mi experiencia con los Spurs… sentí que Europa era la mejor opción para mí. No quería ir a Estados Unidos y tener el riesgo de ni jugar ni contribuir. Venía de formar parte de algo especial en Siena y sentí que el Panathinaikos era uno de los mejores de Europa y que podríamos luchar por ganar la Euroliga”. Dicho y hecho.

En el verano de 2012, surgió la opción de salir, pese a quedarle aún un año de contrato. A pesar del pequeño bajón, venía de ser el mejor reboteador de la plantilla y el 4º de la Euroliga desde su 1,94 y, como antaño, sus cualidades eran apreciadas por todos. El “Pon un Sato en tu equipo” seguía de moda y uno de los proyectos más ricos del nuevo curso, el del Fenerbahçe, sedujo al jugador para la nueva temporada. De la mano de Pianigiani y Batiste, el alero voló hasta Turquía.



Probablemente, el mejor recuerdo de todo el curso para Sato sea, precisamente, un partido previo a la propia temporada, aquel duelo frente a los Celtics, a los que hipnotizó con 24 puntos que le dieron la victoria a los suyos por 96-91. Otra vez el verde en su camino. Como en su mejor partido del año, contra su ex Panathinaikos: 20 puntos, 8 rebotes, 27 de valoración y MVP para el bolsillo. Poco más. Una Copa, sí, para cumplir la racha de título al año, pero una experiencia irregular (7,3 pt, 4,3 reb) y agridulce. “El anterior fue uno de los peores años de toda mi carrera. Teníamos un nuevo equipo, con muchos grandes jugadores, aunque la química no funcionó y las cosas no salieron como pensaba. Todo acabó rompiéndose. Incluso así nos trajimos a casa una Copa, pese al mal año, con muchos cambios… y un aprendizaje: a veces ocurren cosas que no puedes controlar”.

Para colmo, Sato vivió una auténtica pesadilla cuando fue detenido en Eslovenia, al llegar al aeropuerto, pasando la peor noche de su vida allí, acusado de tener un falso pasaporte. Llegó a pensar, como reconoció al volver, que fue un problema de racismo ya que solo había detenidos africanos. Incluso le dijeron que era la primera vez que habían visto un pasaporte así, que dónde diablos estaba ese lugar. Una cosa de locos. “Me enfadó mucho, me dolió mucho. Llevaba 8 años en Europa y había trabajado siempre con mi pasaporte africano a Estados Unidos y vuelta, y por todo el continente. Decían que era un pasaporte falso y me lo quitaron, era increíble. Me encerraron con llave toda la noche. Era una decepción enorme, algo terrible, y no podía hacer nada. Ojalá algún día la policía eslovena pueda devolverme el pasaporte y pueda explicarme por qué hicieron eso. Vives y aprendes, imagino…”

Su club habló de “escándalo internacional” y su afición se volcó en animarle, pero pareció una señal más de que ese no era su año… y ese no era su equipo. Por eso, pese a que Estambul le fascinaba, aceptó salir del club, justo cuando llegaba Obradovic. La ACB, esa que solo había pisado durante semanas, le daría una segunda oportunidad.



El termómetro taronja

¿Lo llegaron a hablar alguna vez? ¿Se les pasó por la cabeza? En realidad… ¿cómo iban a imaginar Sato y Doellman que, una década después de sus felices días en Xavier juntos, iban a convertirse en la pareja americana de un conjunto al otro lado del charco? El Valencia Basket completó el cuento de hadas, apostando firmemente el pasado verano por el alero de 32 años, que cerraba el juego exterior valenciano. El caviar nunca sobra.

“Ya veréis, ya”, pensaba Justin cuando supo la noticia. “Siempre desea ganar, siempre da el máximo. Y puede defender a cualquiera”. Su nuevo equipo era consciente de ello, así como Perasovic, al que se ha ganado nada más llegar. Tanto que ya es el jugador con más minutos de todo el Valencia Basket. Y él respondía con guiños nada más aterrizar: “Valencia Basket es uno de los grandes de Europa”

Sato, que repite una y otra vez que aún no perdió la rabia por ganar, desea repetir el ritual en la Ciudad del Turia. Desde la 2006-07, no sabe qué es eso de acabar una temporada sin haber levantado un título. Su deseo inicial, el de conseguir la química que le faltó en Estambul, parece cumplido. “Me siento bien y emocionado por formar parte de este club. Es una ciudad genial con un clima fantástico. Me encanta. La afición está con el equipo. Hay un gran grupo de jugadores en el vestuario e incluso el cuerpo técnico, también gigante, me ha hecho la transición mucho más sencilla”.



Y es que, en solo 5 partidos, ya ha tomado sitio. La afición le adora, por su corazón, por sus ganas y por su profesionalidad. Una vez comentó que la defensa es su esencia, pero es que el ataque le permite a veces exhibiciones como la de Málaga. Fue el único capaz de tumbar al Unicaja en Liga Endesa, con 25 puntos (5 triples), 9 rebotes y 32 de valoración. Un día más en la oficina para aquel que ya es el máximo reboteador de la plantilla (6), 7º en el +/- en toda la Liga Endesa (+13,8 para los suyos con él en pista) y tercero en porcentaje exterior, con un asombroso 69,2%, fruto del 9/13 en triples del que puede presumir.

Este miércoles, mientras su equipo caía contra el Asvel Villeurbanne, el aficionado taronja se preguntaba la dimensión que puede a medio plazo alcanzar el conjunto con un Sato tan entonado (18 pt, 9 reb, 22 val). Puro factor de diferenciación, todo un termómetro taronja. Porque ese Romain, como el de Atenas, como el de Siena, es élite europea. Y con la élite, silogismo de perogrullo, se suele llegar a la élite. A estas alturas de la película no le va a asustar la presión y las expectativas depositadas en él: “Cada año juego para ganar un título, es el porqué del trabajo duro. Tenemos un largo camino por recorrer pero también sentimos que tenemos un equipo enorme. Si la salud nos respeta… cualquier cosa puede pasar”.



ManoRoms y su llenas manos

Aquel que no probó la pizza en 4 años, aquel que anhelaba la comida condimentada de su tierra no tiene ninguna duda a la hora de decir qué es lo que más le gusta en esta nueva etapa: “La paella. La típica paella que hacen aquí. ¡Es fantástica!” ¿Quién se lo iba a decir hace unos meses, cuando veraneaba en Houston? Sus raíces americanas son demasiado fuertes.

Siempre dice que tiene un hermano, dos hermanas y cuatro hermanos adoptivos, recordando su familia de acogida. “Será siempre mi familia, les veo cada verano todo lo que puedo. Mi hermano pequeño se casará este verano en Ohio y allí estaremos. Mis padres también tienen que venir a visitarme en Europa”. Y es que allí encontró a Chrristina, con la que se casó en agosto de 2005. “Nos conocimos en San Antonio y ya vamos para los 9 años casados”. La pareja tiene ya tres hijos. Los veranos están ocupados. “Tengo un hijo de 5 años, otro 3 y una niña, que tiene uno. ¡Mis manos están llenas! Es divertido así. Además, tenemos una casa en Texas cerca de la familia donde pasamos el tiempo en verano. Me siento afortunado por rodeadarme de ellos, les quiero y me hacen feliz cada día, que es lo que importa”.

Siendo padre, los días se parecen, esté en Estambul, Valencia o Pekín. “Llevo a los niños al colegio si estoy en la ciudad, juego con ellos cuando llego a casa. Soy un tipo relajado, tranquilo, al que le gusta descansar. Pocas locuras, la verdad. Simplemente me gusta pasármelo bien con los míos, me encanta bromear. Siempre he sido el mismo Romain, nunca cambié. En la pista hago mi trabajo y soy serio, pero disfruto sonriendo, riendo y pasándomelo bien. Hace que mis compañeros de equipo se suelten más”.



Además de sus 4 idiomas nativos, del francés, del inglés y del italiano, Sato chapurrea griego y turco y ya tiene un nuevo reto. “Hablo 7 idiomas y espero aprender más de español este año. Para mí es un objetivo. Mis niños están aprendiendo más y más cada día y mi mujer también lo habla, por lo que necesito pillarles”.

Fan del góspel y de otras músicas cristianas, el centroafricano lee el Evangelio y siempre atribuye a Dios el mérito de su carrera. Tan creyente como risueño, se confiesa seguidor de Jackie Chan en la gran pantalla, se siente inspirado por Stonerook en la pista y reconoce que tiene más de un mote. “Algunos de mi familia me llaman “Ro” o “Sat”, pero el único que yo uso es el de ManoRoms, o más abreviado, Roms. Es solo un mote que mis amigos me pusieron”. Pues habrá que usarlo más, ¿no?

La alegría de un pueblo que llora

" C’est l’heure des mois des champs
c’est l’heure des mois des pêcheurs
c’est l’heure des mois des artisans
c’est l’heure des mois de paix
des marchandes de fruits
c’est l’heure de la nourriture
le Centrafrique a moins mal aux reins
de l’Existence des fils des champs”


Bamboté Makombo


Si se le pregunta a cualquier centroafricano por su día más feliz, la respuesta será unánime: el 13 de agosto de 1960, el día de la independencia. Si se le cuestiona por el segundo, probablemente muchos recuerden ese en el que Sato, tras ganar la Euroliga, enarboló la bandera nacional con orgullo, llevando a un estado del que muchos solo conocen su situación geográfica –y porque el “centro” ya va incluido en el nombre- hasta lo más alto.



“Es un Dios allí”, indicó el entrenador vallisoletano Paco García, que se atrevió a asumir las riendas de la selección centroafricana, para enamorarse de su gente y descubrir una realidad muy diferente de la que pintan los medios. “No tienen nada pero son felices”, aseguraba en una entrevista con Valladolid Deporte. Un lugar donde el balocesto, con sus canchas de arena o en viejas naves con gradas, con su marcador manual y sus tableros de hace 40 años, es el deporte rey. “Ponían precio para los entrenamientos y se llenaba. La gente dejaba de comer para ir allí”.

Y si el basket es religión, Romain debe ser profeta, el heredero de Anicet Lavodrama, otro hijo de Bangui. “La gente tiene tanta hambre de información que preparamos 7 u 8 artículos al día”, comentaba el periodista Cyrille Ngario a la web de la Euroliga en la previa de su segunda Final Four con el Panathinaikos. “Le tratan como si fuese el presidente cada vez que viene. Alfombra roja, seguridad, todo”. Él asume ese rol. Está obligado a asumirlo. “Sienta bien ser el embajador de mi propio país. No es fácil para los chicos que juegan al baloncesto pensar que algún día pueden triunfar. Ojalá las cosas mejoren allí. Tuve la opción de jugar con mi selección en 2009. Este año, hubo muchos problemas allí y nos impidió ir a bastantes seleccionados. Es complicado pensar en la selección con un golpe de estado en marcha. Siento que he ayudado durante muchos años. Nunca pudimos hacer nada especial aunque estábamos mejorando. Pero ahora, con la nación así, es complicado que los niños piensen en baloncesto”.

“Todavía hay problemas allí. Nada ha cambiado, la gente sufre para sobrevivir”, relata con lamento. Cuando era niño, Romain se consolaba cada vez que había que cerrar las puertas y quedarse en casa por el peligro. Algún día, pensaba, eso tendría que cambiar. Alguien dijo que no hay mal que dure cien años. Jamás pasó por República Centroafricana. La nación de los ríos, de los valles y de las granjas. La nación de la desgracia cíclica. Un país de 4,4 millones de personas, más grande en extensión que España, casi similar a Francia, que debería ser potencia mundial por sus reservas de diamantes, oro y piedras preciosas. Exportador de madera, es un crisol de culturas y creencias en pleno corazón de África (25% católigo, 25% protestante, 15% musulmán y 40% animista), a la que parte en dos. Arriba, los musulmanes. Abajo, los cristianos de la África negra.



La estabilidad es territorio de la utopía para las últimas generaciones, acostumbradas a oscilar entre una situación política tensa, en los momentos buenos, con el puro caos en los malos. Como cuando Sato nació. Como cuando Sato creció. Como ahora. Porque otra vez ocurre, porque otra vez ha vuelto a pasar. Del colonialismo a los golpes de estado. De ahí a los motines. Para volver a otro ataque al poder. “El estado fantasma”, que dijo aquel, ese país más definido por sus líneas en un mapa que por su control real del territorio. En diciembre del año pasado, Seleka, una coalición rebelde formada por islamistas del norte, ex combatientes de la guerra civil e incluso mercenarios de Chad y Sudán, que le reclamaba al gobierno que cumpliese los acuerdos firmados en la paz de 2007, se levantó en armas. El presidente Bozizé solo pudo controlar la situación hasta marzo, donde el segundo golpe fue definitivo. Estalló la Rebelión. Los “dos minutos del odio” que imaginó Orwell duran más en este libro. Un libro demasiado real.

Una vez tomadas Damara y Bossangoa, Bangui cayó a continuación, el pasado 23 de marzo. La coqueta Bangui, la florida Bangui. Carreteras cortadas desde hace meses, basura que se acumula. Ejecuciones en la misma calle y muertos que quedan intactos en el desnudo asfalto, sin que nadie se atreva a moverlos. Torturas y violaciones a la luz del sol, sin esconderse, personas que duermen al raso, los propios pilotos de los aviones de Cruz Roja huyendo. Menores que se compran para la milicia. Tres kalashnikov por 10 euros. Casas quemadas, sin techo. Aldeas arrasadas, vacías. Iglesias que se queman. La respuesta de los cristianos. Riesgo de genocidio, según Naciones Unidas. Crisis de malaria. 400.000 desplazados, casi un 10% del país. 60.000 refugiados en otras naciones, alerta Amnistía Internacional. Y todo en un lugar eternamente castigado. El segundo más pobre del planeta, con el 70% sin agua corriente, con una tasa del 49% de analfabetismo y el 62% por debajo del umbral de la pobreza. “El país más triste del mundo”, según un informe de la Forbes. Aquel que, como comentaba Paco García, aún no había perdido la virtud de sonreír.

El camino de la esperanza

Romain mira. Romain se emociona. “A mí no me atrae la política. Nunca me gustó nada de lo que estaba pasando allí desde que era pequeño. Para ser honesto, ojalá pudiera explicarte a ti qué ocurre. Siempre me siento mal por mi país. Ignoro cómo podrían funcionar allí las cosas, siempre hay algo terrible que ocurre. No sé cuando habrá por fin paz y, al menos, unos cuantos años sin problemas. Estoy muy decepcionado por todo”, asegura. Hace una semana, se firmaba el “Pacto Republicano”, por el cual las partes implicadas rechazaban la violencia, pedían desarme y hablaban de democratización, con las elecciones aún lejos en el horizonte. Suena a déjà vu. Los disparos siguen, el temor continúa, el odio manda. Y, puestos a soñar, de pequeño resultaba más sencillo hacerlo. “No sé cuando podrá cambiar esto, la verdad. Es que ocurre lo mismo a lo que viví de niño. Todos tienen la esperanza de que las cosas se calmen y, como mínimo, la gente pueda volver a vivir una vida normal. Que los niños puedan ir otra vez al colegio, que no tengan miedo a caminar por las calles. Mi ciudad natal de Bangui está siendo arrasada. Ya no es ni siquiera una ciudad. Todo se ha ido”.



“Solo rezaremos para que, un día, las cosas puedan ser mejores”, deseando que algún día, la letra del himno, aquel ”Reprends ton droit au respect, à la vie! Longtemps soumis, longetemps brimé par tous” (”Vuelve a coger tu derecho al respecto, ¡a la vida! Mucho tiempo sumisa, mucho tiempo vejada por todos”) deniviese en realidad y no en mero deseo. Con esa vida, con lo sufrido, extraña menos que una vez Romain afirmase que si no hubiera sido jugador de basket, hubiese intentado hacer algo para ayudar a la gente por todo el mundo. ¿Y en el futuro? “Ahora mismo lo ignoro, solo sé que me lo estoy pasando bien como jugador de baloncesto. Cuando me retire, me tomaré un par de años de descanso para ver qué puedo hacer para ayudar a la gente. Mi primer trabajo será ser papá a tiempo completo por una vez por todas para mis tres hijos”.

Gritaba aquel poema, poco conocido en el país y escrito por uno de esos poetas casi anónimos que luchan con sus palabras por el cambio, que ”ya es la hora de los meses de campo, de pescadores, de artesanos… y de meses de paz. La hora de mercados de fruta, la hora de la nutrición”. Quizá, igualmente, vaya siendo la hora de los jugadores, de esos niños que en Sato vieron y ven a un modelo para crecer, para querer comerse el mundo. La hora de las estrellas, sí, pero también la hora de los que, simplemente, quieren jugar.

Como Romain Guessabga-Sato-Lebel cada vez que corría hasta la cancha, a 5 minutos de casa, para sentirse libre, para sentir la paz, por primera vez, cuando el balón entraba en juego. ¿Qué cambió desde entonces? Todo y nada. Nada y todo. “Me siento muy diferente. Cada día, cuando me despierto, me pregunto cómo he llegado hasta aquí. Dios fue bueno. Cuando era un crío de 14 jamás hubiera imaginado una vida como la que he tenido. Cada día tengo una sonrisa y me emociona este sueño. Estoy impaciente para que mis hijos crezcan y así poder contarles cómo transcurrió mi vida en África y mi viaje por América y por Europa. Si pudiera, lo volvería a hacer otra vez. Nunca fue sencillo, pero siempre me sentí bendecido. Estoy muy orgulloso de este sueño”.

Algún día, ojalá lo vean sus hijos, ojalá lo vea él mismo, la coqueta será coqueta. La paz será paz. El pasado será pasado. Y el río Ubangui, ese que divide países con sus serpenteos, dejará de estar teñido de rojo por la sangre de los que alguna vez se atrevieron a soñar con la paz, para volver a ser un sendero entre valles, naciones, pueblos y culturas diferentes entre sí. ¿Acaso no fue ese el trayecto que tomó Romain en su vida?

Daniel Barranquero
@danibarranquero
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