El árbitro ACB alcanzará este domingo una cifra simbólica en la Liga Endesa tras una trayectoria construida sin atajos, entre la vocación, la exigencia y el paso del tiempo
Hay cifras que impresionan y que obligan a parar un segundo. Los 500 partidos de Fernando Calatrava en la Liga Endesa son un ejemplo. No solo por lo que representan, sino por todo lo que hay detrás: años de aprendizaje, decisiones tomadas casi por casualidad y una constancia silenciosa que no siempre se ve.
Su historia, parecía contraria a llegar hasta aquí. En 1992, en León, dio sus primeros pasos en el arbitraje. Cuatro años en una escuela que sentaron las bases, pero que no tuvieron continuidad inmediata. En 1996 se trasladó a Valencia y dejó de arbitrar. Sin planes, sin intención de volver. Hasta que, en 1999, casi sin buscarlo, regresó. Y ahí empezó todo de verdad.
El arbitraje, como él mismo explica, “es un camino en el que nadie se salta etapas: Se avanza poco a poco, acumulando experiencia, entendiendo el juego desde dentro”. Por eso, cuando en agosto de 2010 recibió la llamada que le abría las puertas de la acb, la reacción no fue inmediata. Necesitó tiempo para asimilarlo. Estaba en su despacho, en su entorno habitual, y durante unos minutos todo se detuvo. Después llegaron los mensajes, las llamadas, la sensación de que la oportunidad había llegado y no se le podía escapar.
Su debut, unas semanas más tarde, tampoco se le ha borrado. Y es que, aunque reconoce ser malo para recordar fechas, hay algunas que son imborrables. Una mañana de domingo en octubre de 2010, en un CAI Zaragoza–Unicaja, con los nervios propios de quien sabe que está cruzando una línea importante. De aquel día, recuerda especialmente el apoyo de sus compañeros, Kiko De la Maza y Juanjo Martínez, claves para transformar la tensión en disfrute.
Ahí empezó una etapa que, sin hacer ruido, ha terminado alcanzando una cifra que ahora impone respeto incluso a él mismo. “Da un poco de vértigo”, reconoce.

Pero si algo define su trayectoria es el equilibrio. Durante años compaginó el arbitraje con su trabajo como ingeniero informático, llegando a dirigir su propia oficina. Una doble vida profesional que, lejos de ser un obstáculo, se convirtió en una herramienta. “Te ayuda a relativizar y a liberar la mente”, explica.
Más adelante, con la llegada de la internacionalidad, tuvo que reorganizarse. Hoy, trabaja como perito judicial, manteniendo ese vínculo con una segunda actividad que considera esencial.
Mientras tanto, el baloncesto ha cambiado. Es más rápido, más ofensivo, más exigente. Y eso también se nota en el arbitraje. Calatrava, lo explica con naturalidad: “Más desgaste físico, pero también decisiones más focalizadas”. Aunque, como en todo proceso evolutivo, surgen nuevos matices, nuevas jugadas difíciles de interpretar. El juego cambia, y el árbitro tiene que cambiar con él".
Si mira atrás, le cuesta elegir un solo momento: "El debut, las finales, las Copas del Rey, el Playoff… Cada etapa ha tenido el suyo. Quizá ahí está una de las claves: en que siempre hay algo más por vivir, en que el recorrido no se agota", detalla el colegiado.
No todo es positivo. Hay una parte menos visible, más silenciosa: las ausencias. Calatrava, explica que, “los fines de semana fuera, el tiempo que no se pasa en casa, los momentos que no se comparten con la familia son sin duda, el peaje más alto de la profesión”. El otro lado, el que compensa, es difícil de explicar sin caer en tópicos. Por eso él elige una palabra sencilla: “privilegio”.
“Privilegio por haber convertido una pasión en mi día a día. Privilegio por formar parte de la mejor liga de Europa. Privilegio, incluso, por haber llegado hasta aquí sin haberlo planeado del todo”, relata emocionado el colegiado.
“Los fines de semana fuera, el tiempo que no se pasa en casa, los momentos que no se comparten con la familia son sin duda, el peaje más alto de la profesión”
Ahora, con 500 partidos a la vista, no hay sensación de cierre. Ni de meta alcanzada. Más bien lo contrario. Calatrava habla de ilusión, de seguir, de afrontar lo que viene con la misma mentalidad con la que empezó. Sin atajos, sin prisas.
Y a los que vienen detrás les deja una idea clara: “Paciencia, constancia y disfrutar del camino”. Porque, como su propia historia demuestra, nunca se sabe exactamente dónde puede empezar —ni hasta dónde puede llegar— algo que, en su momento, fue casi casual.
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