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Y Batista se subió a aquel bus

Tras tres experiencias en España fallidas, llegó su debut en ACB. ¡Y vaya debut! 31 de valoración ante Unicaja y Jugador de la Jornada 1. Descubre la historia del nómada Batista, una trayectoria llena de contrastes que comenzó en un autobús...

El pívot del Ayuda en acción, un lujo para la ACB
© ACB
  

Redacción, 12 Oct. 2009.- Hay autobuses que tan sólo pasan una vez en la vida. Sí, autobuses, que los trenes cargan con la fama y los autocares, pesados ellos, también tienen mucho que decir. Estaban Batista cogió el suyo. En ocasiones, un viaje te lo puede cambiar todo. Dejarte seducir por una ciudad, por un trabajo o por una persona y empezar todo de cero. El uruguayo no cayó hipnotizado por ninguna de las tres opciones anteriores en aquel trayecto. Simplemente, la casualidad y las circunstancias se encapricharon de Esteban.

Él, que tanto había intentado ser un portero de fútbol de prestigio, hasta que un entrenador le deseó educadamente suerte antes de despedirle del Nacional a sus 15 años. Él, que tan alto era, que tanto llamaba la atención por sus dimensiones y que tan poco se había interesado por el baloncesto hasta ese momento. Aquel viaje en bus a su lugar de residencia, Playa Pascual, le dio un giro a su vida: “Dio la casualidad de que me encontré con un conocido en el autobús y allí salió el tema. Él precisamente tenía un allegado en el Welcome y me metió la idea en la cabeza. A la semana, pasó por mi casa y me dijo que el equipo quería que probara con ellos por mi altura y mi edad”.

La decisión no fue fácil. “Yo llevaba unos días practicando en un equipo de tercera, muy modesto y amateur, jugando con aros de madera y piso de bitumen y practicando dos veces por semana. Era sólo por estar con mis amigos y hacer deportes. Cuando el conocido del bus me lo comentó le dije que no me interesaba porque estaba con mis amigos bien, aunque insistió tanto que al final me convenció para ir a entrenar una vez. El Welcome era en ese momento el mejor equipo del país, con grandes entrenadores y el mejor lugar posible para aprender”.

Del fútbol al baloncesto en tiempo récord. La adaptación resultaba complicada pero Batista cambió el chip y no tardó en dar pasos de gigante en su nuevo hobby, que pronto derivó en profesión: “Por suerte me echaron del Nacional de fútbol tras decirme que no servía como portero. Por ser joven y para practicar algún deporte, empecé a jugar al baloncesto por mis dos mejores amigos, a los que yo antes simplemente iba a verles. Sin embargo, estuve muy poco tiempo con ellos, pasando a las dos semanas a Welcome, donde jugué como cadete de segundo año. Allí aprendí a botar la pelota, algo que no sabía hacer ni con casi 16 años. Medía dos metros y tampoco sabía hacer reversos, moverme y mucho menos tirar. Pero los entrenadores me dieron importancia, me prestaron mucha atención y yo pude tener una evolución muy buena”.

Batista llegó muy joven a la Selección Uruguaya (Foto EFE)
© Batista llegó muy joven a la Selección Uruguaya (Foto EFE)
Una progresión meteórica

En 2001, logra arañar minutos en el conjunto uruguayo y promediar 2,1 puntos por partido en esa temporada. Cifras modestas pero meritorias para un chico de 18 años que poco antes ni podía controlar el bote de la pelota. Al año siguiente, logra hacerse un hueco en el equipo y sus números suben hasta los 6,2 puntos y 4,5 rebotes de promedio en 22 partidos. Los ojeadores empiezan a fijarse en sus cualidades y en su físico y la puerta de Europa se le abre gracias a la ‘Penya’, que le ofrece una oportunidad en el verano de 2002, llegando incluso a participar con los badaloneses en el Torneo de Alcoi. “Llegué con Panchi Barrera al Joventut pero como no tenía pasaporte me volví a Uruguay en un par de meses”.

Su condición de extracomunitario lastraba su valor y condicionaba su trayectoria, por lo que regresó a la competición uruguaya, esta vez en las filas del Salto Uruguay. Para salto, el suyo. En 2003, elevó sus prestaciones hasta alcanzar los 16,4 puntos de media. Su nombre ya figuraba en las agendas de muchos clubes importantes del otro lado del charco, aunque fue el Real Madrid el que más ágil estuvo, para poder adelantarse y fichar a la perla uruguaya con un contrato de larga duración. “Tras esta temporada en Uruguay tuve la suerte de jugar en la Selección y de que el Real Madrid me fichara por cinco años. Aunque, como era extracomunitario, me cedieron al Pozuelo. Para mí, simplemente poder entrenar con el equipo blanco fue algo muy ilusionante. Era la gloria”.

De Pozuelo a profeta en su tierra

En la LEB 2, el pívot uruguayo no pudo demostrar toda su calidad y aunque se mostró como un interior potente y consistente, su sueño blanco se desvaneció tras una temporada, en la que firmó 8,9 puntos y 7,5 rebotes en el Baloncesto Pozuelo. “Después de ese año, decidimos cortar el contrato porque yo no tenía pasaporte y tampoco deseaba estar cedido por ahí”. Su apuesta le valió un año brillante en el Trouville uruguayo (20,1 puntos y 15 rebotes por partido), siendo elegido mejor jugador de su país en 2004.

Batista vivió una experiencia exótica jugando un par de partidos en Chile, con Liceo Particular Mixto de Los Andes y, en marzo de 2005, aterrizó a final de campaña en el Aguas de Calpe, para jugar la recta final de la liga con el equipo de LEB1. Sin demasiado tiempo para la aclimatación, el uruguayo demostró que podía ser un serio candidato a la ACB, con 10,6 puntos y 5,5 rebotes de promedio en ocho partidos.

Batista, durante su etapa en Atlanta
© Batista, durante su etapa en Atlanta
Empero, el punto de inflexión de la carrera de Esteban se viviría unos meses después, en el Torneo de las Américas de aquel año. Fue el gran referente de una Selección Uruguaya que no acabó de carburar. Se destapó en anotación (18 puntos por choque) y, especialmente, se coronó como rey de los rebotes del torneo, promediando una increíble cifra de 15,6. Con esas cifras, fue elegido mejor pívot de todo el torneo y su futuro estaba en aquellos momentos lejos de LEB o de Uruguay.

El Breogán de Lugo apostó por él e intentó ficharle aunque, de repente, surgió la opción NBA. Golden State Warriors y, especialmente, Atlanta Hawks, se habían interesado por su situación y el sueño de jugar en Estados Unidos se convertía en realidad. “No es por desmerecer al Breogán, pero no dudé en fichar por Atlanta. En ese momento era impensable que yo pudiera llegar allí. Era una gran satisfacción mía poder decir que fui el primero de mi país en entrar en esa liga, que es un sueño para tantos jugadores en el mundo. Agradezco haber sido uno de los privilegiados y haber podido disfrutar de la experiencia”.

Experiencia agridulce en la NBA

Era el momento más idílico y un verdadero guión de cine para el pívot, que hacía poco más de un lustro recibía consejos para botar la pelota sin perderla. El contraste era tremendo. “En los entrenamientos me ofrecían todos los refrescos que puedas imaginar, mientras que en Uruguay es agua de canilla. Entro al vestuario, tengo toalla, todas las variedades de champú, una bata con mi nombre, afeitadora en la bañera. Es como si me estuviera bañando en una farmacia. También te dan ocho pares de medias, los zapatos que quieras. Cada uno tiene su vestuario y casillero con una chapita con el nombre”, confesaba a “EL PAÍS” de Uruguay en sus primeros días como jugador de los Hawks.

La franquicia de Atlanta le recibía expectante tras la ingente cantidad de exhibiciones que había dado unos meses antes en el Torneo de las Américas: “Nos llamó mucho la atención. Es un tremendo reboteador y su estilo es muy físico bajo los tableros. Son características que nuestro equipo pide a gritos”, comentaba el general manager.

El jugador se sintió algo molesto por la frialdad con la que se acogió la noticia en su país, aunque prefería centrarse en disfrutar la experiencia que estaba viviendo: “No me llamó el presidente de la Federación Uruguaya y allí se habla más de la plata que debe cobrar Welcome que de mi llegada a la NBA. De hecho, he escuchado a gente decir que en la NBA puede jugar cualquiera, no me interesa entrar en ese baile”, confesó en esa misma entrevista al diario de su país.

Con los Hawks, Esteban Batista jugó 57 partidos en la 2005-06. Sus números no fueron asombrosos (1,8 puntos y 2,5 rebotes), pero el bagaje del más de medio centenar de encuentros en la competición estadounidense y lo vivido al otro lado de la cancha compensaban la falta de oportunidades. En aquellos meses, el jugador se entregó al máximo e incluso prefería quedarse en casa sacrificando momentos de ocio para estudiar su inglés y mejorarlo.

El uruguayo volvió a recuperar la sensación de ser un referente en la pista jugando en el verano de 2006 con Uruguay el Sudamericano. En esta ocasión, sus compañeros sí respondieron y Batista pudo colgarse del cuello una ansiada plata, en la que sus 21,3 puntos y 10,8 rebotes de media tuvieron un peso muy importante.

El uruguayo destacó en Euroliga con el Maccabi (Foto Euroleague/Getty)
© El uruguayo destacó en Euroliga con el Maccabi (Foto Euroleague/Getty)
Su verano prometía un año más fructífero en la NBA que el anterior, aunque no sólo no pudo conseguirlo sino que su presencia en los Hawks 2006-07 fue testimonial, jugando sólo 13 partidos, con números muy parecidos a los de la campaña anterior. No eran los días más felices del uruguayo, que tras estar en las nubes por cumplir su sueño, bajaba a la tierra al ver que no todo era tan brillante como parecía.

“En la NBA perdí muchas cosas. No jugaba, vivía solo. Imagina lo que es levantarte e ir a practicar pensando que no jugarás y que no puedes hacer nada porque son cosas extra deportivas, porque se le ocurrió al entrenador. No me quería y punto. Solo y sin tener con quien hablar, te acabas comiendo la cabeza”, confesaría meses después en El Observador.

La montaña rusa del nómada

La terapia estival de cada año volvió a llegar con su selección, con la que logró bronce en los Juegos Panamericanos (18-11 de media) y el sexto puesto en el Torneo de las Américas, con un espectacular 21-12 de promedio. Su futuro parecía aclararse cuando recibió la llamada de los Celtics, que tuvieron que convencerle para que volviera a darle una oportunidad a la NBA. En el primer partido de pretemporada no jugó ni un minuto y enfureció y aunque al segundo jugó 20, se sintió con la necesidad de cambiar de aires, se sentía molesto para seguir allí. “Había un tal Kevin Garnett que me parecía que iba a jugar mucho”, dice entre risas. “Preferí tener continuidad, irme a Europa y disfrutar de lo que hago que es jugar al basket. Deseaba sentirme bien conmigo mismo y surgió la opción de Maccabi”.

Con el cuadro israelita funcionó desde el principio. Nunca había estado en Europa en una liga de máximo nivel pero no tardó en cambiar el chip, entrar en la dinámica de Euroliga y ser incluso uno de los pívots más entonados, llegando además a obtener un MVP tras lucirse ante el Zalgiris con 25 puntos y 13 rebotes. El jugador se sentía cómodo, se divertía en la pista, se adaptó a la ciudad, a su clima, a su equipo. Como si toda la vida hubiera vestido de amarillo. Los aficionados inventaban cánticos particulares para aclamarle y acabó firmando unos números más que aceptables (10,3 pt y 5,3 reb.) en el segundo mejor equipo de Europa. “Tuvimos un buen año, fuimos subcampeones de Europa y la experiencia fue muy linda en el primer año en el que jugaba Euroliga con un grande del continente. Lo disfruté muchísimo, la verdad”.

Su idilio con el club de Tel-Aviv se rompió el pasado diciembre. Diez meses después, Batista aún se pregunta qué ocurrió. “Sinceramente, no sé por qué se dio esa salida del Maccabi. Creo que fue una decisión técnica porque se buscaba abaratar el presupuesto del equipo. No sabían ni lo que hacer, echaron a nueve extranjeros y yo no fui ninguna excepción. No sé por qué me cortaron, lo decidieron y punto”.

El gran papel realizado en uno de los monstruos del viejo continente provocó que el Triumph ruso señalara su nombre como sustituto ideal a Krstic. El jugador llegó a un acuerdo con el equipo pero sólo unos días bastaron para convencerse de que allí no podría ser feliz. “Cinco días en Rusia me sirvieron para ver que no podía estar allí cinco meses. Ni loco. Era una ciudad muy fría, cuando llegué hacía -20 grados y no era fácil para lo que yo estaba acostumbrado. Ni el idioma, ni el clima, ni la manera en la que viven. No tuve una buena adaptación y antes de una semana decidí volverme, asevera el jugador, que se terminó de convencer de su decisión cuando vio que sus compañeros de equipo no hablaban inglés.

El jugador destacó desde pretemporada (Foto Javier Bernal)
© El jugador destacó desde pretemporada (Foto Javier Bernal)
Después de su experiencia fallida en tierras rusas, Esteban Batista se presentaba como una de los jugadores libres de más calidad en el mercado y una auténtica tentación para varios clubes de la ACB, aunque su llegada a España se frustró, una vez más, por su condición de extracomunitario. “Tuve conversaciones con equipos españoles pero no tenía pasaporte comunitario y todos me querían como tal”.

Desanimado, regresó a su país, buscando un periodo sabático y reordenar un poco las ideas tras unos meses de tanto cambio. Hasta que se cruzó un equipo argentino, Libertad de Sunchales, en su camino. “Volví de Rusia con la cabeza saturada por muchas cosas y me había planteado dejar el baloncesto por esa temporada, limpiar la cabeza y estar tranquilo en Uruguay. No obstante, a las dos semanas me llamó Julio Lamas, al que conocía por el año en Madrid, y preferí no tirar los tres meses que faltaban por la borda sino invertirlos para jugar y estar en buena forma. Estaría cerca de mi país, hablamos y me gustó la idea”. En el conjunto argentino promedió 20 de valoración, con 14,8 puntos y 9,6 rebotes de media. La dosis perfecta para recobrar la moral perdida en el periplo de un jugador que se definió una vez como “nómada. Cuando deje de jugar podré decir que conocí diferentes culturas, idiomas y comidas. Me sirve para abrir la mente”.

El sueño de la estabilidad

En mayo, con la ACB aún buscando a su ganador final, desde Fuenlabrada se lanzaba una noticia que sorprendió e ilusionó a todos sus aficionados. Esteban Batista firmaba por el club y sería el referente interior del equipo durante las próximas tres temporadas. “Mientras trataba de tramitar el pasaporte, mi agente me comentó la posibilidad y me pareció muy buena esa oportunidad de llegar a un equipo de la ACB que lo había hecho tan bien la pasada campaña. Me hablaron genial del técnico, conocía a Mainoldi y Sandes y sabía que sería una buena opción. Mi principal deseo era jugar, no tener pocos minutos. Buscaba continuidad, seguir progresando como jugador y demostrar cosas en una liga que para mí es la mejor de Europa”, afirma el jugador, lleno de optimismo. “Era una apuesta en lo deportivo fantástica y muy tentadora, tras hacerlo bien el año pasado, sabía que continuarían con esa misma filosofía”, añade.

“Como buen uruguayo, voy a poner mucha garra”, sentenciaba el jugador en una entrevista con "El Iceberg de Madrid", ya como jugador fuenlabreño. Y bien que lo ha hecho. Otra vez llegando como un cohete del FIBA Américas (16-10), ilusionando desde pretemporada y dejando helado al Martín Carpena en su estreno liguero, con 31 puntos de valoración, lo que le ha valido ser el Jugador de la Jornada 1, todo un orgullo para el Ayuda en acción Fuenlabrada. Sus planes van por buen camino. “Mis proyectos son para hacerlos realidad en la cancha. Hacerlo bien, competir en todo momento y demostrar que puedo conseguir algo importante en una liga tan competitiva como la ACB es mi objetivo. El tiempo dirá si lo hago o no, pero mi meta hoy por hoy es hacerlo lo mejor posible para ayudar al equipo y disfrutar de esta temporada”.

Su exhibición en Málaga, un aviso (Foto ACB Photo)
© Su exhibición en Málaga, un aviso (Foto ACB Photo)
Mirando al horizonte, el jugador se plantea unos sueños aún más ambiciosos: “Me quedan muchísimas cosas por realizar, muchos títulos que no tengo. Me gustaría ser campeón de la ACB y volver a jugar una Final Four de la Euroliga sería algo muy lindo. Quiero pelear por un campeonato”.

Málaga ya le conoce, tras su golpe en la mesa para marcar terreno, para decirle a todos sus oponentes que él puede ser uno de los grandes de la competición. Al olvido la incertidumbre sobre su pasaporte, aquella que le impidió tener una oportunidad en muchos momentos de su carrera. Al diablo los días de soledad en Atlanta, estando acompañado ahora por un equipo que funciona como tal. Huyan las dudas y las mudanzas, este nómada está dispuesto a convertirse en sedentario en Fuenlabrada, a base de estabilidad y de madurez en su juego. Antaño anhelaba salir a hombros del Estadio Centenario de Montevideo por sus paradas. Ahora, tiene en su mano ser ídolo en Fuenlabrada por sus rebotes y puntos de todos los colores. Su sueño es este. Había que estar allí hace una década. Y Batista se subió a aquel bus.