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Instinto Brizuela
Más allá de la conciencia, por encima de la lógica solo queda el instinto. Un impulso de fuerza mayor por el que Darío Brizuela reniega de cualquier capitulación deportiva. Inasequible al desaliento, el instinto ganador es la seña distintiva del escolta de Unicaja
  

El jugador de baloncesto ¿nace o se hace? Difícil disyuntiva. Lo políticamente correcto sería responder a la cuestión hablando de la convivencia de ambas situaciones, aunque no habrá quienes prioricen la condición física como punto de partida y otros que renieguen de ello y apuesten por la necesaria formación técnica y táctica como elemento diferencial.

Sin embargo, por encima de todo ello, hay un elemento incuestionable en la constatación del gran jugador de baloncesto: el instinto. Cualidad que se halla en la raíz de las personas y, sencillamente, se tiene o no se tiene, pero jamás puede construir. Fundamenta esta interpretación la segunda acepción que tiene la Real Academia Española de la lengua al definir el instinto como un “móvil atribuido a un acto, sentimiento, etc., que obedece a una razón profunda, sin que se percate de ello quien lo realiza o siente”.

El instinto está guardado en el cerebro y se enciende automáticamente al percibir señales o estímulos externos. Trasladado al baloncesto podemos distinguir el instinto reboteador, el defensivo… aunque el más reconocible y con el que más empatiza el aficionado suele ser el instinto anotador. Todos ellos, empero confluyen en el más determinante: el instinto ganador.

Decía el mítico narrador de baloncesto, Ramón Trecet, que los minutos finales de partido “es el momento que separa a los hombres de los niños”. Una definición simplificadora de la complejidad de elementos psicológicos y emocionales que intervienen en la resolución de encuentros ajustados y donde la inmensidad de factores se condensa en situaciones extremas casi sin punto de retorno.

Sin ese instinto ganador, los jugadores se inhiben de responsabilidades y desaparecen en la toma de decisiones. Con él no hay felicidad en los méritos personales pues siempre hay un fin superior: ganar.

Nadie como Darío Brizuela ejemplifica este sentimiento en la actual Liga Endesa. El escolta ha crecido sobre el parqué con la tozuda negación de la derrota. Con un balón en sus manos busca respuestas automáticas que lleven a la victoria y las pulsiones anotadoras que acomete en momentos de adversidad son el reflejo externo de un sentimiento interiorizado con el que ha crecido. En él no cabe la opción de capitular sin antes no ofrecer feroz resistencia. Sencillamente, su credo baloncestístico, rechaza perder.

Habituados como estamos a actuaciones donde se mueve bajo ese impulso primario de querer ganar a cualquier costa, casi nos hemos acostumbrado a ello sin percibir y valorar el mérito que supone. Ya a finales de 2015, cuando era un recién llegado a la competición, dejó entrever lo que ha sido una prolífica carrera de pulsiones anotadoras decisivas.

Por entonces, una derrota frente a MoraBanc Andorra desató su enfado y le llevó a afirmar que “la sensación que tengo ahora es una mierda que no puedo con ella. Esto es muy duro. Te lo digo de la mejor manera. No me importan mis puntos, cambiaría no jugar nada por ganar los partidos. Estoy harto de perder, firmaría ganar 1-0 con un tiro libre aunque sea”. Ese día, Brizuela lideró a su equipo en anotación con 18 puntos (4/6 en triples), pero de sus palabras se denotaba el hastío por acumular seis derrotas consecutivas, la novena en los 10 primeros partidos de temporada.

Era el comienzo de su primera temporada completa en el primer equipo. Hasta entonces solo había disputado 10 partidos en Liga Endesa, pero con 21 años recién cumplidos evidenciaba el carácter que le ha venido acompañando desde entonces y que incluso le llevó a hacer de improvisado entrenador.

Con el paso de las temporadas, Darío fue asumiendo galones en el equipo colegial, aprendiendo lecciones deportivas y sufriendo la crueldad de la derrota. Factores que interiorizó para que el fuego de su baloncesto nunca se apagara y le hiciera dar siempre un punto más que los demás.

Intenso fue el dolor que sintió cerca de casa cuando el equipo descendió en la temporada 2015-16. No se consumó la perdida de categoría, pero eso no provocó el olvidó del recuerdo y, cuando los fantasmas del descenso llamaron a la puerta colegial tres años después, él mismo se encargó de darles un portazo. No iba a permitir que se repitiera la derrota y protagonizó un épico final de partido frente a Monbus Obradoiro donde anotó los nueve puntos finales de su equipo certificando la salvación estudiantil. "No íbamos a permitir que eso pasara", dijo Brizuela tras cumplir su objetivo.

Ese año creció varios escalones en la jerarquía de la Liga Endesa y confirmó el silencioso trabajo que emprendió mucho tiempo atrás. Siempre buscando la excelencia en el rendimiento personal para alcanzar la gloria colectiva, Darío es un ejemplo de profesional que se vuelca en el baloncesto y pone todo lo que está a su alcance para ser mejor cada día. Durante años ha sacrificado veranos para acudir al CAR de Granada y perfeccionar detalles en largas sesiones de tecnificación con entrenadores personales. Esfuerzos que hoy le convierten en un jugador absolutamente determinante.

ACB Photo / A. Nevado
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MENTALIDAD MAMBA

Entre la generación que creció soñando con ser como Mike y la que ahora idolatra a King James, Darío Brizuela es uno de los tantos jugadores que se ha hecho profesional teniendo como referente competitivo a la Mamba Negra.

Su apodo de la Mamba Vasca, lucir el dorsal ocho, o su Twitter no son más que reflejos externos de una profunda admiración por Kobe Bryant. De él adquirió la plasticidad de movimientos, mimetizó gestos de celebración y, sobre todo, interiorizó su carácter competitivo. “Soy muy competitivo y tremendamente exigente, hasta un nivel enfermizo”, reconocía recientemente en una entrevista al diario El País

La del exjugador de los Lakers fue una fuerte personalidad no siempre bien entendida, aunque necesaria para triunfar en el exigente mundo de la alta competición. La tiranía de Michael Jordan documentada en 10 capítulos o el afán de eternidad de LeBron James están a la altura del ego competitivo de Kobe. Se le odió durante años por ello, pero sin él no hubiera alcanzado el éxito que tuvo y por el que hoy es unánimemente admirado.

Darío persigue esa excelencia, pero lo hace bajo su propio sello. Quiere ganar con la misma pasión que lo hacían sus ídolos, pero su impulso deportivo y liderazgo es distinto. “He trabajado como un loco, también en lo psicológico”, confesaba en una entrevista donde reflejaba la importancia que tiene la psicología en su crecimiento deportivo. Su instinto ganador está depurado por el tamiz que se aplica en las canteras de nuestro baloncesto. Él es letal en la resolución de partidos, mas tiene una personalidad propia que le hace ser más empático, más cercano.

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Al inicio de la temporada 2019/20 el escolta evidenciaba sus ambiciones al declarar: “Soy muy ambicioso, quiero conseguir muchas cosas, ganar títulos”. Ese deseo unido a la situación económica de la entidad colegial propició su traspaso a Unicaja. Era la oportunidad de pelear por títulos y el primero de ellos fue la Copa del Rey. La derrota en la final pese a sus 22 puntos dolió, si bien confirmó que su decisión era correcta y que su influencia en el equipo malagueño iba a ser fundamental a partir de entonces.

Desde su llegada se ha convertido en el referente más claro del ataque de Unicaja. Lidera en puntos al equipo (13,8), se acerca a registros históricos del club y es el segundo máximo anotador nacional de la competición tras Nikola Mirotic. Brizuela, además, se ha ganado a pulso ser el hombre de los balones calientes, el jugador al que no le tiembla el pulso y decide victorias protagonizando increíbles actuaciones en los instantes finales de partido.

Para Kobe Bryant "la Mentalidad de la Mamba es que no abandonamos, no nos acobardamos. Nos hacemos fuertes y conquistamos". Darío Brizuela ha trasladado estas palabras a hechos sobre el parqué protagonizando esta temporada varias actuaciones dignas de su ídolo. La primera, durante la Copa del Rey. En un periodo de dudas en Unicaja y de excelencia blaugrana, él ha sido el único jugador capaz de hacerlo temblar hasta casi derrotarlo. Sus 33 puntos en cuartos de final forzaron la prórroga de un encuentro fantástico que evidenció su gran momento.

Posteriormente, anotó 10 puntos en el último cuarto y resultó decisivo en la victoria de España en su visita a Polonia, ratificando su creciente jerarquía en el equipo nacional. Y, finalmente, su canasta frente a Monbus Obradoiro lo volvió a situar en el centro de la noticia como el gran killer de la Liga Endesa.

Decía Friedrich Nietzsche que “detrás de la conciencia trabajan los instintos”… aunque no siempre van de la mano, en ocasiones el segundo contradice al primero. La conciencia propia, la cultura que nos rodea y los preceptos sociales pueden imponer una falsa lógica que trata de silenciar la voz que palpita contradiciendo aquello que, a priori, no puede ser contestado. Sin embargo, no se necesitan pruebas o razones cuando manda el instinto. La conciencia queda apartada y se impone una fuerza mayor.

Ese es el espíritu que lleva a Darío a dar la mejor versión de su juego cuando el baloncesto más le dice que se entregue, cuando la lógica de la derrota quiere abatirle sepultando cualquier intento contestario por voltear su realidad.

Con 26 años, el presente le pertenece. Es dueño de su destino y el único capaz de marcar límites a sus capacidades. Ha cumplido su sueño de ser profesional, pero su apetito no está saciado, quiere más y sabe que solo un título podrá saciarlo. Mientras ese momento llega, en cada partido, en cada ataque repite ritual: mece el balón en hipnótico bote distrayendo a una presa que no sabe que esos instantes de calma tensa son la antesala de su fatídica picadura. Lo ha hecho una y mil veces. Lo lleva impregnado en su ADN. Es su instinto.