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Tinta y resina (De Andrés Jiménez a Jimix)

"Mi loca historia del básquet (El niño que nunca dejó de soñar)" se presentará este viernes en Madrid. Antes, el Andrés Jiménez de las siete Ligas y las cuatro Copas y el Jimix monigotero se entrelazan para viajar por el tiempo en una entrevista pausada y retrospectiva de la mano de Daniel Barranquero

Daniel Barranquero

Daniel Barranquero

Tiempo lectura: 27 minutos
De Andrés Jiménez a Jimix
© acb

William Moulton Marston, creador de la superheroína Wonder Woman, escribió en una ocasión que los cómics hablan, sin tapujos ni sutilezas, al oído más profundo del yo soñador. Y es que… ¿acaso hay alguna manera más romántica de congelar un sueño en el tiempo que dibujándolo?

Andrés Jiménez y Jimix, qué feliz dicotomía. Los anhelos del sevillano, del pincel a la pelota, de la pelota al pincel, se entrelazan sin pedir permiso. Trenes a los que subirse en marcha, golpes del destino, talento y trabajo, mucho trabajo. De la luz reflejada en las blancas casas de Carmona al mar barcelonés, con mil y un bocetos por el camino para inmortalizar lo vivido, lo sufrido y, especialmente, lo celebrado. Los Ángeles, Badalona, su 4 en lo alto del Palau. Una historia loca, un cómic para brindar por la vida. Las huellas de un legado.

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Cosecha del 62 y centímetros para dar, regalar y marcar su infancia. Tan alto era y tanto parecía el hermano mayor de los amigos de su edad que acabó haciendo la comunión a los seis añitos para no desentonar. Qué reto aquel de encontrar zapatos de su talla. El pequeño gran Andrés lo intentó de portero, aunque pronto su campo de tierra favorito sería el de baloncesto, pintando rayas a duras penas para jugar con los chicos mayores del pueblo.

Desde luego, el mundo parecía más sencillo, y mucho más mágico, cuando se colaba en el quiosco de su abuelo, leyendo con cuidado de no estropear ninguno de esos tebeos que Manuel tenía para vender. Mortadelo y Filemón entraron en su mundo sin llamar a la puerta y Jiménez, aún un adolescente de doce años, se atrevió a coger pluma y rotulador para construir otra realidad que acabaría haciendo suya. Con el gusanillo del muchacho curioso que ya hacía sus propias historietas, un buen día participó en un concurso de Cola Cao dibujando a un gimnasta con anillas. Ganó. Al otro, escribió una carta a la Federación Española tras ver un anuncio de unas de esas Operaciones Altura con las que el baloncesto patrio buscaba un mirlo blanco con el que cambiar su destino. Le llamaron.

Su 1,97, a los trece años, pasaporte directo a un campus con otros 300 chavales en Cáceres. “Este chico tiene muchas ganas, pero no sabe jugar al básquet”, escribió algún osado en su informe. Tampoco es que le faltara razón, pues su contacto con los aros había sido muy precario. Sin embargo, tras dos años jugando más por fidelidad a sus colegas (“Era el más alto del equipo y no podía dejarles tirados”) que por expectativas o ambiciones, alguien debió seguir indagando en su ficha para interesarse por su situación. Y, de repente, todo cambió para siempre.

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Me gustaría que viajes en el tiempo a ese instante concreto en el que te llega la propuesta del Cotonificio. Tenías 15 años y medías 2,03, sí, pero habían pasado ya dos años desde aquella Operación Altura sin que nadie te llamara. ¿Cómo ocurrió realmente? ¿Se presentaron en tu casa sin más?

Andrés Jiménez- Yo no sabía nada, imagino que debieron llamar antes a mis padres. Un día, llegué a casa después de entrenar y, al abrir la puerta, me encontré a dos personas que no conocía de nada. Eran dos directivos del Cotonificio de Badalona, y me aseguraban que habían venido con la intención de ficharme. Pasaba momentos bajos y había estado un par de veces a punto de dejarlo: no tenía una gran motivación, pues no veía mejora en mí. Así que cuando me llegó esa propuesta, la acepté.

¿Así, sin más? ¿Te convencieron con facilidad para ir a Badalona?

AJ- Sí, me marché en octubre y hasta diciembre no regresé. El choque fue muy grande, la vida en Badalona era muy diferente a la que llevaba en Carmona con mis amigos. Estuve de inicio algo menos de dos meses, pero al regresar jugaba de una manera muy diferente. Mis compañeros alucinaban por mi transformación: manejaba las dos manos, hacía mates… claro, pasé a entrenar dos o tres veces al día, con una estructura de club y una metodología que nunca había tenido.

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Y Aíto, imagino. Tu conexión fue total con él. Aunque en ese momento no sé si fuiste consciente de la polémica que hubo en la prensa de la capital con tu fichaje. Se acusaba a García Reneses de aprovechar su puesto de seleccionador juvenil para llevarte al Cotonificio. Y él se defendía diciendo que nadie se había interesado por ti y ahora, tras el fichaje, se acordaban de tu nombre. ¿Te llegó algo de aquella polémica?

AJ- Sí, sí, absolutamente. Tengo todavía esos artículos y me hacía gracia: yo estaba allí, en Carmona, me tenía cualquiera que me hubiera querido. Y no solo surgió esa polémica. En Sevilla se quejaban por ver cómo un conjunto catalán se llevaba a su promesa. ¡Pero si yo estaba muerto de aburrimiento desde hacía dos años! Ahora ya no pasaría, pero en aquel momento era así. Suerte que vinieron del Cotonificio. Suerte que aquel informe, de alguna forma, cayó en las manos de Aíto. Y suerte también de tener yo facultades, algo clave, pues esas semanas no solo progresé por entrenar un montón, sino porque tenía una manera de ser que me hizo asimilarlo todo rápido y bien.

En Badalona pareciste caer de pie. El equipo funciona, tumbando a los más grandes, y tú debutas a los 16, progresando muy rápido. Sin embargo, a los 17, vives uno de los episodios más duros de tu vida…

AJ- Lo recuerdo muy bien todo. Hay muchos socavones por el camino y un montón cosas complicadas en la vida que cualquier persona, no solo yo, tiene que pasar. A mí y a mi familia, desgraciadamente, nos tocó vivir la muerte temprana de mi padre. Ahí se me acabó toda mi juventud.

Imagino que, además del dolor por su pérdida, todo lo que vino a continuación te puso más difícil todavía la adaptación a Badalona. Los madrugones, el trabajar por la mañana en la fábrica algodonera de Cotonificio para pagar el alquiler, entrenamientos con el júnir, con el sénior… ¿cómo aguantaste?

AJ- Pues porque cuando recibes de la vida un tortazo tan descomunal o tiras para adelante y maduras o te quedas ahí. Me convertí en un tío hecho y derecho con 17 años al tener que lidiar con toda la situación. El aspecto mental es esencial en la carrera de un deportista y, como todo, al final hasta la desgracia tiene su lado positivo. Mi parte dura, mi parte de premio: una vez que superamos esa situación, vinieron de nuevo momentos buenos.

Y tan buenos.

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El 4 que vino del futuro

Aún retumban las paredes del Sant Josep, testigo de cada milagro de un Cotonificio cómodo en su papel de matagigantes. Las diabluras de Quim Costa, el talento de Brian Jackson, el viejo sueño europeo. De la locura de la Korac a las gestas coperas, de semifinal en semifinal. Un baloncesto con raíces amateurs, inocente y puro, pero apasionadamente adictivo. Y tan familiar que, tras cada duelo como local, tocaba comilona de toda la plantilla con un menú castizo: pa amb tomaca, conejo y una buena ración de patatas fritas para olvidar las mil y una carreras por las cuestas de Montjuic.

Crecía el club y crecía Andrés, excelso en la posición de 4. Sus bailes en la zona, su tiro de media distancia, su facilidad para lanzar el contraataque, cual exterior. Un jugador imprevisible, una bendición para Aíto y un nuevo hombre de moda en el panorama nacional. Con veinte años recién cumplidos, y la sensación general de que su club estaba obligado a venderle para cuadrar sus números, la prensa una mañana le colocaba en el Real Madrid, a la siguiente en la Penya -ahora, entrenada por García Reneses- y al tercero se le daba cerrado por el Barça, pues contaba con un derecho preferencial que, en ese instante, fue un verdadero dolor de cabeza para el jugador.

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Leyendo la prensa de ese verano del 83 me sorprende que lo tuvieras tan claro, especialmente por aparcar el tema económico a esa edad. Te negaste a ir al Barça, afirmando que tenías un camino por recorrer subiendo peldaños poco a poco, y hasta llegaste a publicar una carta abierta en el periódico denunciando la situación con tu club y reivindicando más derechos para los jugadores con tal de que nadie pasara lo que experimentaste aquellos meses. ¿Qué recuerdas de esos días?

AJ- Yo sabía que no estaba preparado para asumir el reto de un club grande. Podía haber fichado por el Barça y llevarme el dinero, pero el baloncesto no es únicamente los dos o tres años de un buen acuerdo, pues si lo sigues haciendo bien tu carrera puede ser mucho más larga. Tomé esa apuesta con mucho riesgo, porque podría haberme lesionado gravemente y se hubiera acabado todo ahí. Incluso estuvo a punto de irme a una universidad americana** (a la Saint John’s de Lou Carnesecca), aunque finalmente todo se solucionó para poder fichar por la Penya.

Y no le sentó precisamente mal el cambio de indumentaria. Los Margall, Villacampa, Jofresa y Montero se quedaron impresionados por la actitud de un joven de 21 años que, rodeado de leyendas, encontró su hueco (¡17,6 puntos y 7,2 rebotes en su temporada de estreno!) para guiar al Joventut a la final de Copa y de Liga en su primera temporada. “Es el tercer americano de la Penya”, relataban los cronistas, entusiasmados por su versatilidad como ala-pívot.

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En aquel plantel, Aíto hacía jugar al mismo tiempo a tres hombres altos -Schultz, Kazanowski y el propio Jiménez-, con los dos últimos abriéndose para hacer de tres. El inicio de un viejo debate: ninguna pregunta se ha repetido más en sus entrevistas que la de si era realmente un 3 o un 4. Él se cansó de decir que un 4, recordando que llegaría a ser considerado en dos años el mejor del Viejo Continente en su posición. Sin embargo, en aquellos tiempos pocos, más allá del clarividente García Reneses, supieron ver que estaba naciendo en sus manos la figura del ala-pívot moderno. Un adelantado a su tiempo que pareció sacado directamente del futuro ("Es el hombre que marcó la diferencia en el baloncesto español", sentenciaría Andrés Montes) y una semilla que germinaría de blaugrana, su siguiente destino, en el 86. Un traspaso por quince millones de pesetas y un jugoso contrato para convencer al andaluz.

Ahora sí, tres años después de negarte con firmeza, das el paso y fichas por el Barça, de donde ya nadie te movería. Y desde que llegaste, como declaraste por aquel entonces, ‘le disteis la vuelta al calcetín’ y cambiasteis una dinámica perdedora en los años previos por una de las más ganadoras jamás vistas en la acb

AJ- Sí. Tomé esa decisión y, cuando ya me sentí totalmente preparado, di el salto al Barça, que apostó por mí para ganar. Me tocó pensar de esa manera y he tratado de ser sensato y racional durante toda la vida. Quizá por eso me venga tan bien mi lado de Jimix, por algún sitio tenía que salir. Esa versión más loca y divertida se complementaba muy bien con la del Andrés Jiménez jugador. Y el tiempo me dio la razón: en mi primera campaña el club ganó todos los títulos… ¡por primera vez en su historia!

Con la Liga, la Copa del Rey y la Korac en el bolsillo, su idilio blaugrana no había hecho más que empezar. Sus primeras cuatro temporadas terminaron con Jiménez besando el trofeo liguero, convertido en referente sin disimulo de una plantilla que vio pasar en aquella época a mitos de la talla de Epi, Sibilio, Solozábal, De la Cruz, Ortiz, Trumbo, Bryant o Ferran Martinez. Y si había que jugar de alero se jugaba, claro que sí, aunque eso significara rebajar sus cifras, pues su rol atípico llegaba incluso a condicionar los fichajes del máximo rival blanco, que buscó en los Spriggs, Rogers, Alexis o Frederik un antídoto para frenar al todoterreno hispalense.

La Liga conquistada el año de Petrovic, la condición de capitán desde el 95, la acb del 97 ganada en la pista del Real Madrid con él brillando como sexto hombre, ya con un rol de veterano. La miel de Europa en los labios (6 presencias en la Final Four sin premio, cayendo hasta en 4 finales) y el tapón de Vrankovic como espina clavada para la posteridad: “Fue canasta, pero la FIBA eligió otro campeón”.

Siete Ligas, cuatro Copas. Una Supercopa de España, otra de Europa, la guinda de la Korac. Y una retirada a la altura en el Barça, después de llegar a plantearse probar con la NBA a través de Mike Fratello -una huelga de jugadores frenó el fugaz coqueteo- y tras rechazar en los últimos años de su carrera propuestas de Caja San Fernando, Manresa y Baskonia con tal de acabar en lo más alto. Tras la de Epi, la segunda camiseta que el club catalán retiró en toda su historia fue la del jugador de Carmona.

Tu pueblo le puso tu nombre al pabellón en 1984 y, catorce años después, el Barcelona colgó tu camiseta en lo alto del Palau. No te voy a pedir que compares ambas distinciones, pero sí me gustaría saber qué supuso en tu propia vida ese doble homenaje.

AJ- Es un honor, la verdad, y he de decir que en ninguno de los dos casos lo busqué, sino que algo que me entregaron. Lo de mi pueblo es algo que no me esperaba, ¿qué puedo decir? ¡Aún recuerdo inaugurando la cancha ante el Caja de Ronda! Y respecto a lo del Barça… es increíble, una distinción que me hizo emocionarme. Tal vez podría haber seguido jugando un par de temporadas más en equipos de media tabla, aunque preferí retirarme en el club porque sentía que había contribuido a que la sección fuese un poco más importante. Solamente tenía ese anhelo, y tuvieron a bien obsequiarme con ese privilegio.

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De orgullo, sueños y cartas

No todo el mundo puede relatar, con toda la honra del mundo, que en menos de un lustro pasó de jugar con los amigos en el pueblo a ser uno de los estandartes de su selección nacional en toda una Copa del Mundo. El andaluz, casi sin darse cuenta, pasó de aquellos días de concentración en Pamplona con la selección juvenil liderada por Fernando Martín -el otro gran exponente de la cosecha del 62- a preparar la cita mundialista de Cali, allá por el 82, con 20 años recién cumplidos.

Ya por aquel entonces, con el mismo entusiasmo del niño que dibujaba inspirados por los tebeos del quiosco de su abuelo, llevaba consigo láminas con la que ilustrar una especie de diario que resumía sus vivencias con la selección española. A medio camino entre la insolencia y la candidez, además de juventud y talento, lo que Andrés Jiménez y el propio Martín aportaron al combinado nacional desde su estreno fue una renovada forma de encarar cada campeonato. Aires frescos, sin mochilas en la espalda, sin estar anclados al lamento, a la sugestión o a maldiciones previas que poco tenían que ver con ellos. Llegaron dispuestos a romper cualquier techo previo en el baloncesto español y lo lograron desde el primer torneo, con una 4ª plaza mundial en su estreno que supo a mucho más tras la primera victoria histórica ante Estados Unidos, inmortalizada en la poética crónica de Martín Tello: “Ustedes dormían, nosotros soñábamos”.

El sueño fue a más, con una celebradísima plata europea en Nantes ’83 y otro triunfo legendario con el que no despertar: ni la URSS de Sabonis, campeona europea mundial y continental hasta ese momento, pudo frenar a una España que cocinaba a fuego lento algo mucho más grande que terminaría explotando en los Juegos Olímpicos del siguiente año. Hablar de Los Ángeles 84, en España, es hacerlo de la gloria de Carl Lewis o Ecaterina Szabo, del oro de Roberto Molina y Luis Doreste en vela, del bronce de José María Abascal en los 1500 y, por encima de todo en el imaginario colectivo, de la inolvidable selección de baloncesto, irreverente y eterna, que conquistó la plata más dorada que hubo en el deporte español hasta la de Pekín 2008 o Londres 2012, siempre con Estados Unidos como verdugo.

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Mucha literatura se ha escrito sobre aquellos días en el Fórum de Inglewood, aunque ni la lírica de Dire Straits o Queen, artistas favoritos del andaluz, hubiera podido resumir mejor que Los Nikis ("Mira cómo gana la selección: España está aplastando a Yugoslavia por 20 puntos arriba...") lo que se sintió de la mano de los Corbalán, Martín, Iturriaga, Epi, Jiménez y compañía en aquel verano mágico. “¿Qué hago yo aquí?”, se repetiría, con todos los ojos del planeta básquet disfrutando del camino de aquel equipo hasta la plata. Al cruzar el charco de vuelta, nada ya era igual al bajar del avión. El boom del básquet nacional había explotado sin ningún tipo de mesura.

De entre las mil y una anécdotas de aquellos Juegos Olímpicos hay una que me llama la atención, especialmente por el contraste con los tiempos modernos. Comentabas en una entrevista que, tras regresar, os trataban como estrellas de fútbol o de cine, llegando a afirmar, y cito literal, que te habían tomado por Elena Francis, pues te llegaban decenas de cartas de fans para contarte sus problemas o pedirte consejos

AJ- Cierto, cierto, era algo increíble. Llegaban muchísimas cartas e imagino que, como yo no era Villacampa ni tenía un físico espectacular, los fans no me veían como alguien inalcanzable. Y me escribían con cercanía para contarme sus cosas o explicarme sus historias. Mi madre, la pobre, decía que le sabría muy mal si no las respondía, y me dejaba las cartas ordenadas y estructuradas. La mujer se lo tomaba muy en serio y me hacía resúmenes incluso para que yo pudiera darles tres o cuatro consejos agradables. Mientras fue materialmente posible, más o menos íbamos respondiendo porque nos parecía lo correcto. Y, en el fondo, a mí me gustaba que de alguna manera mis seguidores me vieran no tanto como a un ídolo intocable, sino trasmitir esa otra parte más personal. Es un recuerdo muy bonito, la verdad.

Jiménez, olímpico
© AJ

Sé que nada se puede comparar a la medalla de Los Ángeles. Sin embargo, pese a la plata del 83 o a que fuiste nombrado mejor 4 en el Europeo del 87, creo que el otro torneo que más te gusta recordar es uno que, paradójicamente, en la memoria colectiva es sinónimo de ‘Angolazo’. Creo que eres el único que salió con buen sabor de boca de Barcelona 92, ¿me equivoco?

AJ- No, llevas toda la razón. Nunca he sido individualista en ningún momento de mi carrera, poniendo siempre por encima el bien del equipo. Pero te reconozco que yo necesitaba aquellos Juegos. Venía de pasarlo muy muy mal tras romperme el cruzado anterior de la rodilla izquierda a finales de 1990. No fueron los 14 meses sin jugar, la operación en Estados Unidos o el no saber si tendría que retirarme. Es que podría haberme quedado cojo incluso para hacer vida normal. No exagero, lo pasé fatal, con un dolor tremendo. Díaz Miguel tuvo sus dudas, pero yo deseaba acudir como fuese, tenía toda la ilusión del mundo por sentirme de jugador. Y cuando tuve mi oportunidad la aproveché. Ver mis números en Barcelona (¡23 puntos, 7 rebotes y 6 asistencias ante el mismísimo Dream Team!) me puso contentísimo. No puedo guardar más que recuerdos súper positivos porque volví a sentirme jugador, aquel partido contra Estados Unidos es uno de los que más disfruté jamás. Y es una de las cosas más importantes que me han pasado en la vida. Entiendo que la gente tenga otros recuerdos, aunque yo no puedo quedarme con lo negativo porque para mí fue un éxito. Es el único momento en el que me lo tomé de manera muy personal. Lo siento, lo pienso así: estoy muy muy orgulloso de Barcelona 92.

Un libro para congelar el tiempo

Si improvisado fue su inicio, meditado fue su final. En septiembre del 98, mientras su mítica camiseta con el 4 a la espalda era alzado a lo más alto del Palau Blaugrana, Jiménez lloraba por lo vivido y resoplaba por lo que quedaba atrás, saturado ya del deporte. Los findes, ahora, tendrían un sabor diferente: “Vaya alivio cuando la presión desapareció, hay cosas que no echas de menos”. El exjugador estudió nutrición deportiva y montó una empresa dedicada al sector inmobiliario.

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Una vida feliz, sí, pero su alter ego tenía que salir por algún lado, como cuando pasó, en sus primeros años de juventud, de estudiar Electrónica y Electricidad en su pueblo a volcarse en Artes Aplicadas (Diseño y Publicidad) en tierras catalanas. Su talento con la pluma le llevó a diseñar carteles promocionales para la Penya y el propio Ayuntamiento de Badalona. Jimix, como le puso Fernando Martín devolviéndole el mote de ‘Conan el Bárbaro’, se había acostumbrado en sus primeros años a llevar una libreta para ilustrar su romance con la pelota naranja. Y es que si Andrés era la sobriedad en pista, siempre tan serio e introvertido, Jimix ejercía de parte divertida y alocada que complementaba su figura. Monigotero, humorista, creativo.

De las primeras caricaturas a sus compañeros en Colombia en Cali ’82 al diario de la plata olímpica del 84, que acabó coloreando las páginas de Nuevo Basket. Apasionado del cómic y de las obras de artistas de la talla de Quino, Uderzo o Ibáñez, aquel que confesó que fue el hombre más feliz en la tierra al entrar en la redacción de El Jueves necesitaba, más pronto o más tarde, plasmar en una obra todo su ingenio. Tuvo su tira semanal en El Periódico, con una viñeta cada lunes sobre todo tipo de deportes, si bien con los años se sintió algo oxidado, con pereza ante todos los preparativos necesarios para encerrarse en su habitación a crear. Un buen día, una sobrina le enseñó a dibujar desde una tablet y lo que era un hobby empezó a tomar cuerpo y forma, llegando a retomar sus caricaturas de la mano de Gigantes.

Dos años después, Andrés Jiménez debuta en las librerías con “Mi loca historia del bàsquet (El niño que nunca dejó de soñar)”, publicado por Valnera Gráfica, un libro-cómic de 150 páginas dividido en tres bloques. El primero, el más personal, es una autobiografía ilustrada que viaja por sus orígenes humildes y su difícil ascenso. El segundo es un alocado recorrido desde los orígenes de la humanidad con Jimix y el bàsquet como protagonistas. ¿Y si la historia no era como nos habían contado? ¿Acaso el Discóbolo de Mirón no fue el primer pase por la espalda visto en este deporte? ¿Y si en realidad en la Capilla Sixtina Dios le daba a Adán un balón de baloncesto? Por último, no podía faltar, el libro incluye el diario de la plata olímpica del 84. La accidentada preparación en México, apaleados y con el ojo morado; el día que casi no llegan a tiempo a jugar contra Canadá, con la conductora del autobús perdida en la capital angelina; la clase del ‘tirillas’ Jordan, su lucha contra Perkins, el tapón a Ewing. La historia, a través del pincel.

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¿Cuál es en el momento en el que se concreta todo esto en forma de libro? ¿Recuerdas el instante en el que te pones como reto publicarlo?

AJ- Siempre he ido haciendo cosas, pero no había tenido nunca una recopilación bien encuadernada, en forma de libro con sus tapas duras. Tras el COVID, con más tiempo libre, iba dándole vueltas a ese proyecto en la cabeza. La idea era reflejar mi manera de dibujar y dejar, entre comillas y muy humildemente, mi legado a modo de librito. Han sido unos dos años y medio de proyecto. Al principio no conocía el mundo editorial, y me fui dando cuenta de cómo era hasta que encontré la editorial Valnera, pequeñita, pero con una edición excelente. Gracias a ella ha salido un producto con una calidad muy buena y estamos muy satisfechos.

En una entrevista manifestaste que por el día puedes trabajar, pero que la magia sale por la noche. ¿Me hablas de cómo fue el ritual creativo en este proyecto?

AJ- No sé cómo será para otras personas, pero para mí es así. Esto es una afición y seguirá siéndola, pues siempre lo hice por gusto. Estoy especialmente orgulloso, ya que es algo peculiar y muy inusual: no muchos deportistas de élite tuvieron esa suerte de poder plasmar sus vivencias con dibujos divertidos, montando una historia que quería que se pudiera conservar. Es algo especial, que me viene saliendo. Al recordar cosas que formaron mi vida, he ido descubriendo que los orígenes venían de ahí. Cuando empecé mi carrera el presente era lo único que había, pero al pasar el tiempo y al mirar con tranquilidad, entiendes muchas cosas a las que no habías prestado atención. Me ha hecho ilusión recordarlas e ilustrarlas con viñetas divertidas o tan emocionantes para mí como dibujar el quiosco de mi abuelo. ¡Imagina el impacto emocional de eso!

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¿Es esa, para ti, la viñeta más especial del libro?

AJ- Es complicado elegir, cada bloque tiene lo suyo. Mi abuelo es el único miembro de mi familia que ilustro, así que tiene mucha importancia. También le tengo mucho cariño a una caricatura en la que equiparo a mis compañeros del Barça con superhéroes. Al fin y al cabo, me lo permite esa dualidad y esa doble personalidad que me da Jimix. El dibujo, la creatividad y el humor me ayudaron en los momentos más difíciles, porque es una manera diferente de entender la vida que se complementa muy bien con la del Andrés más serio.

Pau Gasol asegura que tu libro no solo entretiene, sino que tiene intención educativa. ¿Sientes que es la guinda al proyecto el lograr que él se encargase del prólogo?

AJ- Sí, ha sido un detallazo. Se lo pedí personalmente: habíamos coincidido en mi último año, él como júnior y yo como capitán. Y estoy de acuerdo con Pau: no me gusta dibujar una viñeta solo para provocar risa, sino debe tener un trasfondo. En el bloque biográfico no quise ensalzar mi carrera, tenía todo el derecho a hacerlo, aunque no me apetecía. Más bien sirve para recordar que este deporte no solo tiene parte folclórica ni es únicamente los triples, las fotos o el ser famoso. Hay mucho que aprender por el camino. La historia del básquet es 100% Jimix, hechos reales combinados con guiños de fantasía. Y para cerrar tocó rehacer lo publicado parcialmente en Nuevo Basket, mostrando cómo funcionábamos antes. Me hacía gracia recordar a la gente cómo viajábamos, como afrontábamos los partidos y lo distinto que era todo.

Mucha gente amante del @FCBbasket, reconocerá a todas estas leyendas, entre ellas, Xavi Pascual.

Todos ellos presentes en la gran presentación del cómic de Andrés Jiménez "Mi loca historia del básquet, el niño que nunca dejó de luchar". pic.twitter.com/r9vRJc4p7j

— José María Santiago (@jmsantiago33) April 15, 2026

Por lo que he comprobado la acogida ha sido muy buena. La primera edición se agotó muy rápido y los comentarios son positivos. No obstante, más allá de los números del libro, quiero preguntarte por lo que te ha permitido vivir desde que lo publicaste. Te he visto presentando el libro con leyendas del Barça, firmando en el Norma Comics, en el Salón del Cómic de Barcelona, entrevistado en programas muy importantes o coincidiendo en actos promocionales con artistas como Silvia Pérez Cruz o Ana Millán. ¿Te esperabas algo así?

AJ- Está siendo gratamente satisfactorio. He tenido experiencias como las de vivir un Sant Jordi en Barcelona o una Feria del libro en Madrid. Imagina qué significa para mí firmar en Norma, donde fui toda mi vida a comprar cómics de mis ídolos. Y, al final, un libro no lo haces por un tema económico, pues es mucho trabajo para lo que ganas. Otra gratificación fue recuperar contactos que se habían ido apagando con el tiempo. Me retiré en el 98 y desde entonces uno está como desaparecido, como debe ser, pues salen nuevas figuras y nuevas generaciones. Y, de repente, a través del libro, notas todo el cariño de la gente. Quedé alucinando y agradecido, no solo a antiguos compañeros, sino a periodistas, entrenadores, aficionados, el mundo del básquet en general, nunca lo había visto de esta manera. Está claro que construimos algo mucho más sólido de lo que a veces pensamos. Puede sonar ñoño, pero es para que nos sintamos honrados pues nuestro deporte responde al 100% en cosas de estas. Es un orgullo formar parte de él.

El mejor legado

Este viernes 12 de junio, a las 18:30, Andrés Jiménez vivirá otro de esas experiencias únicas que solo un libro regala, con la presentación de su obra en Madrid (Casa del Libro, Gran Vía 29), en una charla con Jesús Herrán a la que acudirán los Romay, Iturriaga, Llorente, Beirán y demás leyendas con las que compartió esa plata olímpica del 84. “Me hace mucha ilusión presentarlo en Madrid con mis compañeros de allí. Será algo divertido”, asegura.

Este viernes, presentación
© AJ

"Están siendo semanas muy movidas, algo que agradezco, pero mi vida normal es más rutinaria y tranquila", aclara, explicando que, a sus 64 años recién cumplidos, su idilio con el básquet ya solo puede continuar como espectador. Otro deporte llamó a su puerta. "Me gusta mantenerme en forma, pero ya hace años que no puedo jugar al baloncesto porque las rodillas tienen muchas lesiones. Tampoco puedo hacer pruebas como medias maratones así que como me pedaleando me va bien, quiero coger más la bici". La Titan Desert, una de las carreras de bicicleta de montaña más exigentes y agónicas, le pudo ver hace años entre sus participantes. "El ciclismo me gusta tanto especialmente por el sufrimiento que conlleva", explica, con una masoquista sonrisa cargada de orgullo.

Sus dos perros adoptados, sus innumerables amigos, sus emociones desbordadas por el libro. ¿Y después de la presentación de este viernes en Madrid qué? "Ya no miro al futuro a muchos años vista, sino que pienso en los dos o tres siguientes. Desgraciadamente, para bien o para mal, soy un culo de mal asiento y siempre voy haciendo cosas. Pasaré una temporada relajado y en nada me vendrá un arrebato para complicarme la vida sin necesidad".

"Tengo en la cabeza cositas", avisa, ahora con acento a Jimix. "Me gusta el tipo de cómic de Quino, no el de Mafalda, sino un humor más mental. Aunque sea a través de una pequeña revistita, a lo mejor saco algo con tal de seguir teniendo una excusa para dibujar". Mientras tanto, ¿por qué no fantasear con más historietas de baloncesto? "Me encantaría dibujar la medalla de oro olímpica, que va a llegar. La ganaremos, no me cabe duda de que la ganaremos. Y si ocurre, aunque sea para mí, por supuesto que haré un dibujito de eso".

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Sostenía Joe Sacco, autor de "Notas al pie de Gaza", que todo el mundo tiene una historia que merece ser contada en viñetas y que cada una de ellas son una decisión moral. Las de Andrés y su alter ego Jimix han conseguido lo más difícil: cuando ya no queden voces que puedan contar una gesta, ahí estarán sus dibujos para viajar en el tiempo a través de ellos. Incluso, hasta donde el vídeo no llegue, con tal de respirar ese baloncesto ochentero y noventero, de gastados parqués de resina y zapatillas clásicas, a través de la tinta de un rotulador que, con los años, se vistió de digital. Y es que los mejores legados no solo se construyen con trofeos.

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